10 de julio de 2014

El Cencerro (3)


Son precisamente esas dos horas las que quieres que te cuente. Veinte años en dos horas. La mayoría de ellos tirado al monte, la mitad huyendo de los civiles y de mi mismo.
 
Dices haberte criado divisando a lo lejos mi sierra. Te crees por eso en el derecho de desbrozar las leyendas censuradas que escuchaste en voz baja. Veinte años en dos horas, me dices. Y me prometes no inventarte una coma, ni un suspiro que no salga de mi boca. Toma nota:
 
Me pasé media vida en la cabina de un camión, dando portes entre Granada y Jaén; y la otra media, oculto en sus sierras. Es, en realidad, la misma sierra que las une, salpicada de aldeas, cuevas, cortijos y veredas; tan mías ya como las palmas de estas manos, resinosas y negras, ásperas como el monte trasteado. 
 
Dicen que antes fui bueno y luego un demonio, pero sólo yo sé que soy el mismo. He pasado días escondido en una mata… y ni siquiera eso me ha cambiado por dentro. Una vez llegué a estar una semana entera y sólo pude arrastrarme de noche del zumaque en que estaba agazapado hasta un lentisco más espeso, sobre el que daba menos sol al mediodía.
 
Siete días y siete noches tuve a un piquete de civiles acampado en la loma de enfrente, divisando la mía y relevándose por mitades en las salidas que hacían cada mañana. Registraron cada mata de todos los cerros de los alrededores en varios kilómetros a la redonda, menos el mío por tenerlo al lado. Me buscaban con indisimulada seguridad. Lo notaba ya desde el lentisco, pero fue luego cuando supe con certeza que había sido delatado por mi más leal compañero.
 
El más leal, pero sólo hasta entonces, porque luego, con el tiempo y la brega, creció la lealtad en muchos otros. Se jugaban la vida a mi lado por salvar la mía, y en poco tiempo acababan contagiados. Tuve traidores en la sierra y en el llano, compañeros que dormían cada noche a mi lado y enlaces de los pueblos y cortijos, capaces de echarse a andar una noche entera para venir a darme un recado, sin ser vistos ni por los míos, y volverse otra noche a lo suyo. 
 
Unos y otros me demostraron mil veces esa nobleza que sólo se siente en la sierra. Y de un día para otro, se me echaban a perder. Aprendí a oler la traición, a notarla en los ojos, a ver venir que era cuestión de días que sucumbieran, incapaces de soportar las promesas de perdón y de dineros, y que acabaran bocabajo en alguna cuneta, siempre próxima a sus pueblos, fusilados por la espalda mientras se tanteaban en cada bolsillo los dos fajos de billetes recibidos.
 
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10 de junio de 2014

La Junta del sábado

 
En la Sierra Morena de Andújar, alegórica y premeditadamente, sobre el porche del cortijo que fue de don Jaime de Foxá, sito en el corazón de las Viñas de Peñallana, celebramos el pasado sábado la Junta de Monteros del Jándula; asamblea general, ordinaria y primera a la que fueron convocados todos los socios, desde el primero al último inscrito anteayer. Veintiséis en total, un quórum marcado como objetivo y cubierto en el escaso par de meses transcurridos desde la creación de esta sociedad.

Prácticamente todos nos conocíamos, era éste otro objetivo primordial junto con los demás pendientes todavía de alcanzar, más generales pero igualmente esenciales: la igualdad, la transparencia, la ausencia del más mínimo ánimo de lucro y la seguridad como obsesión.

Desde el principio, venimos notando otra obsesión preocupante, producto seguramente del pecaminoso subconsciente que todos los cazadores padecemos; y presintiéndola, quisimos dejar maniáticamente claro que Monteros del Jándula no nace frente a nadie, ni a causa de nadie, ni a favor de nadie, ni aprovechándose de nadie. Somos todos, los veintiséis, igualmente culpables de un capricho legítimo que a nadie perjudica, de un único fin perseguido, o quizás dos: la caza y la amistad, o mejor dicho la amistad y la caza.

Que todos nos conociéramos no impidió que se hiciera un detallado resumen de la rigurosa gestión realizada en tan corto como intenso período de tiempo. Y así, con la buena fe que confiamos perdure, resultó todo aprobado por unanimidad; salvo el emblema-logotipo por el que tuvimos que luchar, como si nos fuera la vida en ello, para acabar votando y, al cabo, demostrándonos a nosotros mismos la risa que nos da tanta tontería de hojalata en el sombrero.

Esta página no va a convertirse en altavoz de Monteros del Jándula. No quiere, no debe, no sabe, ni sirve. Pero qué menos que dejar hoy aquí expuesta la ilusión con que brindamos el sábado pasado. Poca cosa, pero nos basta, por ahora:

18-10-2014: El Tagarillar.
25-10-2014: Corchuelos.
8-11-2014:   Casablanca.
29-11-2014: Valdelosdoblaos.
31-01-2015: La Leñera.
1-02-2015:   Los Cuartillejos-El Raspao.

Al sexto brindis, recogimos y levantamos acta para conocimiento de quienes no pudieron asistir por comuniones y otros eventos o compromisos más serios que el nuestro.

Y sin otro ánimo que dejar aquí puestas las fechas para que parezca que se acercan, que vuelan los días y pasa la calor, extendemos hoy ésta para quienes sabemos que se alegran y que también comulgan con la difícil idea de que el orden de los factores, la amistad y la caza, sí altera el producto.

5 de junio de 2014

Conde

 
Fue a principios de julio, una mañana de conejos, cuando me hablaron de ti. Habíamos acudido a la cita ilusionados, pero desde el amanecer fuimos perdiendo el entusiasmo con los primeros conejos mixomatosos. De vez en cuando, los perros pintaban alguno sano que subía raudo por las limpias paredes del cajilón, aprovechando el desencanto que mostraban sus perseguidores en el propio latir tranquilo, seguros de que una vez iniciada la carrera se estrellaría torpemente con cualquier obstáculo.
 
La desidia fue acercando a los cazadores y las escopetas se fueron colgando al hombro, fragüándose la típica charla que siempre se inicia en queja, la nostalgia de tiempos pasados; y acaba con cierta esperanza, de contagioso artificio, proyectada hacia el próximo encuentro con el campo: la media veda.
 
Fue entonces cuando me hablaron de ti. Me lamentaba yo de que "Curra", la cachorra criada con tanta ilusión, resultara asustarse de los tiros pese a parar y mostrar aceptablemente. El defecto era genético y no había corrección posible. Un amigo que escuchaba las quejas fue quien primero habló de ti: Un braco y un pointer, encerrados en una nave, siempre de pelea. Él mismo había sido testigo de la última, a consecuencia de la cual el pointer quedó bastante maltrecho. Pese al cambio radical de la conversación, el breve comentario quedó grabado en mi mente, donde desde hacía algún tiempo se organizaba y reforzaba el sueño infantil del pointer. 
 
El azar quiso que aquel mismo día, al final de la pésima jornada de caza, apareciera tu anterior dueño. Iniciamos una conversación y una dura negociación que acabó en una permuta sin sobreprecio: mi mejor macho de perdiz por ti. Y sin conocerte, sin la más mínima descripción pero intuyéndote, cerré el trato con un apretón de manos. Sólo pude saber que llevabas dos años sin salir al campo y que, desde la última pelea con el braco, tenías la cabeza hinchada y varias heridas en el cuerpo.
 
Te trajeron aquella misma tarde. Ni siquiera recuerdo tu nombre anterior. Y a pesar del lamentable estado físico que traías, te llamé "Conde" desde el principio. Pude cuidarte y mimarte con esmero ese primer mes. Y pronto me lo agradeciste olvidando tu nombre, tu dueño y tu vida anterior. Llegó la media veda y yo también me olvidé, por ti, de mi anterior pasión por la tórtola para poderte hacerte y disfrutar en la codorniz. Mil tórtolas valió la primera. Se te notaron los dos años que llevabas sin percibir los efluvios del campo. Temblabas de emoción. Como yo, cuando te vi hierático, palpitando, buscándome de reojo. Resistimos varios minutos, quietos y en silencio, solos con la codorniz en el rastrojo, ensamblados con ella, viviendo la secuencia mil veces repetidas, y tan distinta y nueva cada vez.
 
Qué difícil explicar una pasión tan simple y primitiva, el sentimiento de ese triángulo ancestral. Y qué difícil comprender lo que quedó entre nosotros desde aquella media veda. Y sobre todo, relatar con naturalidad, sin vergüenza, que ayer mismo te subí al coche y te llevé a correr, a entrenarnos para octubre. Y que, una vez solos y cansados, en el olivar, estuvimos hablando quedamente de la perdiz, de su vuelo vigoroso, de sus querencias, de su astucia, de la agilidad para subirse al olivo a esperarnos los días de barro y fatiga. De vez en cuando, hacíamos una larga pausa para escucharlas superpuestas, sobre el lejano cantar del huidizo cuco, desordenadas y alegres, recogiéndose para la noche. Y al lubricán, estábamos aún absortos, sin verlas, pendientes del fondo de la vega, imaginándolas en su trasiego de recogida, rebasando ya la linde de la tierra calma:
 
"Notarás el rastro y me indicarás el olivo exacto, ya verás cómo sale. Un torrente de sangre nos golpeará las sienes. Y el corazón, en la boca, se nos querrá salir para volar también, sobre las copas de los olivos, escoltado, en el centro de la banda, hacia cerros imposibles...”

14 de mayo de 2014

Monteros del Jándula

 
No hace un mes que nació. Hemos estado sujetando las ganas de hacer pública la buena nueva porque no han cesado aún, ni cesarán, los dolores del parto.
 
En prueba de lo viva y despierta que viene la criatura, y de la ilusión que trae y nos cautiva, han tenido que limarse asperezas entre amigos que nos conocíamos bien como tales y no tanto seriamente, luchando cada cual a su modo por lo mismo, frente a frente, aquilatando pareceres, sentimientos, principios, vocaciones...
 
Ha nacido por su propio pie, en su propio nombre y derecho, con la recia tolerancia de la buena fe que aflora en cuanto escarbas.
 
Ha nacido sola y, por eso mismo, sin altavoces, en silencio, para no molestar, casi en secreto. Y sin embargo, muy pronto, el parto ha batido record de adhesiones. En veinte días, fuimos ya todos los que somos, los que quisimos ser nada más y no otra cosa que los primeros de una simple lista, una lista tan libre y comprometida como abierta a no excluir a nadie hecho de las mismas yerbas.
 
Ayer mismo, firmamos todos los contratos y remitió la ansiedad primera. Será ahora otra la angustia ilusionante de llevar a efecto día a día, salve a salve, mancha a mancha, tiro a tiro, la promesa de ser nosotros mismos para nosotros, sin otros trofeos que los que realmente merezcamos…
 
Porque es la vida, así, día a día, una hora tras la otra, como el agua, mirando lo justo atrás, sin más entretenimiento que el vivir, hacia adelante, sin pararse a repeinarse en remansos ni chilancos, respetando las riberas.
 
Como el Jándula, que brota, fluye, absorbe y empapa la sierra....
 
¡En el nombre sea de Dios!

 

26 de abril de 2014

Astasio


Astasio se llamaba el marido de Gloria, Anastasio Roldán Navarro en los pocos papeles que tenía. Ella nunca pronunció ese nombre, mucho menos con apellidos. Se refería a él como “mi hombre”, si no estaba presente; y, si lo estaba, con un simple “éste” o “ése”, dependiendo de lo cerca que estuviera. De hecho, nunca oyó a nadie llamarlo Anastasio, salvo una vez al mismo tiempo que un escalofrío le encrespó la trenza y le agarrotó la espalda. Será por eso que no ha querido nunca pronunciarlo. 

- ¿Eres tú la mujer de Anastasio Roldán Navarro?, le preguntó una mañana el cabo de la pareja de civiles al toparse con ellos en la misma puerta del cortijo. 

Cosa rara, no había rajeado una urraca ni un mojino de la muchedumbre que, pendiente de robar lo que podía, bullía a todas horas en los chaparros del camino. No había volado el bando de zuritas y sin embargo no quedaba una en el tejado. Y lo más extraño: tampoco había ladrado la mastina. Apareció luego a la tarde, entre los podencos, caldeando y con la cabeza gacha, como avergonzada de no haber sabido estar en su sitio y cumplir su oficio.

Los civiles se hubieran metido en el cortijo si no es porque Gloria tropezó con ellos al salir con un cántaro a la cadera. Las capas abiertas, los fusiles al hombro y los tricornios brillantes, pese al polvo del camino. El polvo rojo de la sierra que todo lo iguala y apaga, también el verde de las capas, los fúnebres destellos en las cabezas y el negro de las botas y cartucheras… pero no el agrio vozarrón del cabo, panzón y sofocado, preguntándole si era la mujer del Astasio.

Todavía no se explica la siniestra aparición, el par de bultos verdes en el mismo escalón que ya pisaban, ni cómo se las arregló para que no se le cayera el cántaro al suelo en mil pedazos. En lugar de soltarlo, le echó una mano a la boca y apretó con todas sus fuerzas, como si le fuera la vida en ello, tanto que se rebanó medio dedo en una mella del canto. No había acabado el cabo su pregunta y ya vio el hilo de sangre chorrear cántaro abajo.

- ¿Pero qué es esa sangre, mujer? Y entre tanto, mientras apoyaban los fusiles en la pared para echarle una mano, pensó que le vendría bien el percance para rumiar mejor la respuesta.

Fue entonces cuando cayó por primera vez en la cuenta de lo poco que sabía del Astasio. Conocerlo lo conocía como a sí misma, pues eran ya muchos los años uno al lado del otro. Eso sí, hablando lo justo, había días que nada. Ni los buenos días se dieron nunca. Y sin embargo, otra cosa rara, producto de la ancestral cortesía serreña, se atropellaban uno al otro en cumplidos con cualquiera que se acercara un rato al cortijo de visita y buena fe.

Astasio hacía ya muchos años que se dejó caer hasta allí desde la Sierra de Andújar. Que ella supiera, cruzó el Jándula y el Yeguas, remontó Valdelagrana y El Risquillo, y siguió andando sierra a través no se sabe cuántos días. Nunca dijo nada, pero de algo tenía que venir huyendo cuando se presentó en el tajo de los Carboneros y, sin dar los buenos días, pidió un cacho de pan, primero con los ojos mirando el canasto tapado con un saco; y luego, por caridad, con la voz torpe y bronca de quien lleva semanas sin abrirla para nada.

Sastián lo miró entero. Se detuvo en los ojos extraviados y le bastaron. Se fue al hato y le acercó un pan de a kilo, la bota de vino llena y el trozo más grande de tocino que encontró en la talega. Se volvió a la cuadrilla y dio orden de seguir cada uno a lo suyo. Cuando pararon a comer, Astasio estaba dormido como un bendito, mediada la bota y sin miga alguna de pan en la pechera, ni mancha de tocino en las manos ni en la boca, pero tenía ya la cara negra como ellos. Le dejaron dormir y reanudaron la faena en cuanto acabaron de comer. Al despertar, se acercó a la cuadrilla por detrás. Nada dijo, nada se le preguntó. Se agarró a trabajar y no paró hasta la noche.

Y allí lo tuvo Sastián más de un mes, oculto y confundido en la cuadrilla, hasta que se le pasara el susto o lo que quiera que fuera el extravío que traía en los ojos. Por fin, una noche, al remate, le dijo: tú tira detrás mía. Lo trajo al cortijo, le echó un camastro en un rincón de la cuadra, con una teja de almohada. Y en él durmió siempre, entre las albardas, cumpliendo su labor de echarle un pienso a las bestias cada tres horas y aparejarlas mucho antes de que clareara el día, para salir con los demás, todavía a oscuras, a donde quiera que ese día tuvieran la carbonera.

Cinco años después, al remate de la cena una fría noche de invierno, estando todos en silencio alrededor de la lumbre; con voz alta y destemplada, Astasio le dijo a Sastián de juntarse con Gloria. El Carbonero le echó un ojo a su hija, notó el acelero con que fregoteaba un lebrillo y fue suficiente consulta. Con medio gruñido y un gesto, le señaló a Astasio un taburete de anea y éste, por primera vez, se sentó a la chimenea.

El taburete era nuevo, nadie lo había usado hasta esa noche. Hacía sólo tres días que Gloria lo había acabado y acercado a la lumbre, el mismo tiempo que Astasio venía rumiando su solemne petición.


3 de abril de 2014

Campos de Hernán Perea


Dicen que el tiempo se detiene en cuanto entras a los Campos de Hernán Perea. No puede ser cierto, es sólo que el reloj mental coge otro ritmo. De hecho, a nosotros, desde el amanecer, nos dieron las tres sin darnos cuenta. Y hoy, haces memoria para escribir esto y sí que notas que viviste intensamente cada minuto.

Algo parecido debió ocurrir con el nombre original a lo largo de los años. Fueron los Campos de la Gran Pelea entre cartagineses y romanos, cuando corría el año 211 antes de Cristo. Y pasaron a ser los Campos de Hernán Perea, confundidos con otra gran batalla que tuvo lugar en otro sitio, entre moros y cristianos, ya en 1.431 y en la que, para mayor confusión, nada tuvo que ver el tal don Hernán Perea de Contreras, sino don Rodrigo de Perea.

En nuestro caso, nos confundimos tanto que llegamos a creer que el rifle estaba mal. La culpa la tuvo un gamo, o quizá dos. Uno y otros salieron escupíos regateando las balas. Probamos y corregimos el visor en una piedra y, después de siete o quince tiros, volvimos a descorregirlo dejándolo como estaba.

Otros tres muflones quisieron luego ponerlo a prueba. Pero no dejaron sangre alguna sobre la blanquísima nieve delatora, tan sólo las huellas de uno que quiso separarse de los otros para hacernos sospechar su malestar cuando, en realidad, debió ser porque tendría cosas que hacer en otro sitio.

Otro par de gamos quiso también probar suerte. Y bien metidos en el visor, no se notó la química y el flechazo requeridos. Menos mal, porque desde otra vaguada descubrimos luego a un par de excursionistas enamorados que contemplaban los mismos gamos con sus potentes prismáticos. Y es seguro que no hubieran podido soportar el trauma del desmayo, el revolcón o el simple trallazo del 300 en aquellas soledades.

No es cierto que el tiempo se detenga en el vasto páramo de la Gran Pelea, pero invita a sobrecogerte cuando nieva y sólo crujen tus pisadas. La niebla te entontece y acojona porque piensas que si sigue nevando pierdes el carril, las referencias y la vergüenza. Pero ves que el guarda dice de seguir y te dices: él sabrá. Y es también él quien te ambienta y acojona al contarte nevadas traicioneras que se tragan en poco tiempo un coche entero, el refugio aquél y su chimenea y todos los pinos del cerro de enfrente. Y te dices, venga…

Por si nieva, los jabalíes andan de día por los Campos de Hernán Perea, seguramente confundidos también con las horas y las hambres. Y en eso estábamos, controlando una piarilla a cargo de un par de buenos machos, cuando vimos un muflón vigía en un testero con dos buitres de testigos. Había que hacerle una dificultosa aproximación y se le hizo. Seguro que malamente; de pino en pino, de piedra en piedra, entre piornos y poco más para taparse, algún enebro y espino albar tragados por la nieve y, por fin, una cañadilla a modo de dolina evolucionada hacia uvala alargada que estaba allí puesta como para que yo me arrastrara por ella.

El muflón que no era tonto se percató sobradamente de la maniobra, e incluso también de la presencia de mi hermano y el guarda que se quedaron atrás a la sombra de un pino. Con los prismáticos, para no perderse nada, comprobaban desde lejos mi torpeza a cuatro patas. Y arrastrando el chaquetón y las ingles por la nieve, sin sombrero, empapado en sudor porque el sol apretaba al asomarse entre las nubes, llegué a la sombra del único pino, amigo y cómplice.

Desde allí pude ver que la muflona seguía pastando en la inopia, confiada en su macho. Y éste, nervioso ya, la rodeó dos veces para llevársela, un par de intentos de decirle que hay que irse. Y, como siempre ocurre, fue su perdición. Por amor, fue alcanzado al primer tiro y fallado en el segundo a la carrera. Debió estorbarle la primera bala en la barriga, se paró a ver que era aquello y cayó al tercero. Su legítima volvió y correteó a su lado, lo miró dos veces y trotó pronto tras un suplente que, al tiro, salía de otra dolina que se las pelaba.

En el páramo más extenso de España, con el cielo tan plomizo y la luz tan rara, entre cuervos solitarios, la nieve fundiéndose, el sol queriéndose asomar y las nubes tan cerca, se vive de otro modo esta tragedia.








12 de marzo de 2014

Cuando nadie me ve


Se echa la veda y se apagan los versos, cuando nadie te ve… Y en el balance, detestas las filas de venados ordenados, el montón de ciervas destripadas, las hileras de cochinos de mayor a menor; y los últimos, despatarrados, con los ojos abiertos y las bocas cerradas...

Cuando nadie te ve… odias los horribles boquetes de salida, los ojos muertos, ciegos y resecos, las astillas de los huesos dislocados, las tripas reventadas, la pelambrera roja de sangre, la sangre negra de barro, la sangre sucia encharcada...

Es como un pellizco interior que se te queda, un regusto amargo que no llega a dar la talla del torpe arrepentimiento, porque el día está echado como querías, ni más ni menos.

Cuando nadie te ve… aborreces igualmente el marujeo, los corrillos del veneno, una mano en el bolsillo y en la otra el vaso largo, de plástico empañado, con cubitos que no suenan, como la crítica sorda y gris que tampoco tintinea, chabacana invariable, torpe y sucia como los charcos de sangre pisoteados.

Se echa la veda y se apagan los versos, cuando nadie te ve… Y es como una obsesión periódica mirar a ver si has sido o no enteramente leal. Debe ser un vicio importado de este oficio que ejercemos y nos obliga a una continua manifestación de lealtad que te deforma. Vicio se te antoja esta virtud cuando notas que eres leal con independencia de la calidad de la persona que ha depositado su confianza en ti. No quieres ser más leal con quien más se lo merece. Quieres ser pura y enteramente leal sin más, no sabes ya si por deformación profesional, por el mero placer de serlo o porque no sabes ser de otro modo.

Y acabas, cuando nadie te ve, envidiando a otros tan sanos, vacunados, inmunizados contra esta tonta enfermedad. 

Sueñas que cazas sin miedos, cuando nadie te ve, con amigos, sin envidias, con ilusión, sin trofeos, con ciega esperanza en la suerte, tan bendita cuando viene sin ayudas, sin la rabia semiautomática que nos contagia y amarga....

Valga la redundancia, sueño que cazo con amigos, cuando nadie me ve.






3 de marzo de 2014

Dulcineo


Le puse ese nombre porque es del Toboso, un pollo del año pasado sin probar. Pero la otra tarde, en Los Monasterios, viendo su hondura y coraje, me dije de ponerle “Camarón”. Luego, al salir del puesto y ver, o creerme, la dulce alegría con que me recibía, decidí que el nombre estaba bien puesto.
Fue colgar y arrancarse bajito y tímido, como no queriendo romper el silencio de la sierra. Costaba escucharlo claro sobre el murmullo del regato próximo al pulpitillo, pero elevó el tono en cuanto oyó lejana una respuesta, lo justo para hacerse entender sin poderío ni estridencias. Recatado y humilde, siguió reclamando embuchados, para adentro. Y siguió, y siguió, reprimiéndose las ganas y el valor… hasta que se le escapó un piñón.
Fue como un regaño modesto y suave, suficiente para provocar un silencio largo que achaqué a la carrera de quien quiera que fuera el campo que venía con prisas. Quise imaginar que el legítimo dueño de aquella silleta venía de callada apeonando cuesta arriba. Y acerté. A tres lenticos, debió pararse para recuperar el resuello y entonar un poderoso canto de cañón. Suele ser el momento definitivo, la amenaza decisiva para que la jaula calle y tiemble, como yo mismo temblaba ya abrazado a la escopeta de mi abuelo.
Se equivocó Dulcineo en ese crucial momento. Según los cánones, debió seguir dulce y dócil para no abortar la discusión. No supo ser persuasivo, fraudulentamente cobarde. No supo mentir. Se le escapó la verdad y mostró lo que en realidad era, una fiera enjaulada.
Sin alambrear, como es seguro le pedía el cuerpo para intentar salir a campo abierto, sin aspavientos, sin mover una pluma, se fue ahuecando, como yo mismo. Llenó la jaula, como yo el puesto, y respondió con un vigor destemplado, peligrosamente desacorde y enérgico. Pero no fue suficiente su exceso y el del campo, en lugar de recular o seguir allí parado tanteando hasta dónde llegaba la mentira, se echó a correr hacia nosotros y apareció de pronto en la silleta, enmoñado, arrastrando las alas.
Es ese el momento en que tiembla la escopeta, la mueve el corazón y no aciertas ni a quitar el seguro.
Para verlo bien, le dio tres vueltas al lentisco. Por lo mismo, Dulcineo se fue girando en redondo sin mover una pluma, dando del pie, recibiendo otra vez con mansos cuchichíos hasta que se le paró de frente. Se le subió a una piedra para coger brío y falsa apariencia, mostrando enjundia y poder sobre la silleta y la sierra entera que decían de quitarle. Y conteniéndome las ganas de que aquello durara la tarde entera, sólo los dejé dos mágicos minutos discutirlo en su idioma, tan hermoso.
Ni ellos ni yo mismo escuchamos el tiro. Hago memoria y sólo recuerdo el torrente de plumas flotando bajo el pulpitillo, el responso, los piñones, la dulce borrachera de Dulcineo y la hembra que, sin revolarse, se fue alejando rajeando su soledad.
Luego, cuando salí del puesto hablando solo, le llamé “Camarón” y fui a ponerle la sayuela. Por tener ésta tres iniciales negras, me acordé de su dueño. Y en eso estaba... cuando me picoteó los dedos entre los alambres… y me titeó lo que fuera, con tal dulzura que decidí que el nombre estaba bien puesto. 
 
 

21 de febrero de 2014

La Presilla


La Sierra del Agua, claudica en Tíscar de golpe y porrazo. Sin medias tintas, la misma carretera separa Cazorla, caliza pura, del secarral. A un lado, la magia, el pino salgareño, enhiesto y despeinado; y al otro, la degeneración del tomillar, la tragedia lunar.

Pero antes, las faldas de La Presilla y La Bolera sujetan la sierra contra el espinazo del Puerto de Tíscar. Y allí fuimos nosotros el otro día a sujetar también a tres buenos amigos y a una conocida de vista: José Ignacio y Paco Ramos, Joaquín del Arco, y una tal Amaya, prima hermana y heredera universal de la extinta Egmasa, que en Gloria esté.

Poco antes de nuestra visita, los moros asentados en el Castillo de Tíscar vieron a los cristianos venir. Y por ver si dejaban de trepar aquellos cortados de vértigo, arrojaron por las almenas la imagen de la Virgen María. Cayó la Virgen hasta la Cueva del Agua, al pie de la fortaleza, pero volvió hacia arriba. La tiraron de nuevo y subió otra vez. Y tantas veces lo hizo que Mahomad Andón, enfurecido, la rompió en mil pedazos con su alfanje. Y tuvo que ser Pedro Hidalgo, un simple escudero del Maestre de Calatrava, quien escaló y ganó la Peña Negra con las uñas en carne viva. Degolló uno a uno a cada moro, arrojó los cadáveres al vacío y se echó a dormir.

Y allí mismo, el sábado, en la Cueva del Maquis, enfrente de la Peña Negra, plenamente dispuesto a cumplir mi cupo de un ciervo, dos muflones y dos gamos, sólo maté una cochina… Y si me echo a dormir me la quitan.

Antes de soltar los perros, vi el bulto negro y rojo en la maraña de pinos y se perdió. Al momento otro trasluzón y también se perdió. Y me dije, de la tercera vez que te vea no pasa. Y así fue, entre dos matas, me enseñó un ojo, la oreja y medio cuello, y allí mismo puse el punto rojo. Cinco minutos estuve mirándola, sin verle la boca, creyéndola macho, enamorándome de ella, de su rojo pelaje de invierno y del vaho que le subía por las orejas. Al tiro, se desplomó en un murallón y de él se arrancaron tres cochinos a correr. Luego en el rastreo, torpe de mi, pensé que se había ido con sus amigos y, sin sangre alguna, seguí sus huellas en la nieve. Pero no, había tomado el camino de la muerte, cuesta abajo por aquel laberinto de monte, donde más tarde la cogieron los perros. Fui a bajar creyendo que era otra que Pacho había pinchado y me encontré a un podenquero con su walkie: la cochina está ahí y poco más allá un gamo, no baje que esto está pa escoñarse. Pensé que el gamo era del puesto de al lado y me alegré porque son amigos (eran). Y luego, como no encontraron el gamo, quisieron quitarme la cochina. El caso es que yo, cuando vi que a uno de ellos se le fue poniendo cara de Mahomad Andón, se la ofrecí; pero no la quiso, te la metes en los güevos, me dijo. Y ahí andamos, de pleitos cada día, insultándonos por el watshap y perdiendo uno el poco prestigio que tenía.

No pude dormir aquella noche como durmió Pedro Hidalgo, pero de eso no tuvo la culpa la cochina ni Mahomad Andón, sino un tal Anastasio que, sin solución de continuidad, me fue invitando para que yo lo invitara; con la ayuda del Vacas, el Maquis, Peter Pan y otros cuantos que se fueron poniendo borrosos.

11 de febrero de 2014

Febrerillo el Loco



Llega este año Febrerillo haciendo honor a un sobrenombre que se pierde en la memoria. El apodo es mucho más antiguo que las causas que ahora se barajan porque Febrerillo, rebelde con causa o sin ella, está como una cabra desde siempre.

Sin embargo, el otro día, en el 3 del Carril, no era locura. Era, con toda naturalidad, una ciclogénesis explosiva, así de fácil. Y su causa, evidentemente, todo el mundo lo sabe ya, el efecto invernadero, el calentamiento global, el forzamiento radiativo o cualquier otro castigo divino de los muchos que se estudian y propagan para mantenernos lo más acojonados posible.

Y en eso estaba yo, acojonado, viendo llover tan raro, cuando decidí montar el superparaguas que no sé si compré a principios de temporada, o me regalaron, pues todavía no me han puesto la cuenta. Mi amigo Toni, me regaló el soporte, un pincho que llevaba un año en el maletero sin servicio… hasta que el otro día, empapado ya, caí en la cuenta y me dije de estrenar el sombrajo de Decathlon.

El caso es que, una vez montado, quedó tan bonito, que me fui al chaparro de al lado para verlo mejor y mojarme más. Y en esto se me presentó al galope un buen venado que se fue derecho a él. Al verlo, dio un respingo y un brinco espectacular, giró en el aire, clavó las manos en el barro refrenándose y… Me quedé embobado pensando que había merecido la pena el madrugón sólo por disfrutar el poderío y la agilidad del brutal regate… si no fuera porque a continuación, con los ojos desencajados y mirando el paraguas sin verme, se vino derechito a mi y tuve que abrazarme al chaparro para que no me desgraciara.

Otros cuatro venados me entraron luego por el mismo sitio y con parecidas reacciones de espanto frente al tenderete. Y olvidándome ya de la ciclogénesis y sus causas, concluí que había sido el mejor puesto de la temporada, si no fuera porque… desayunando se decidió no tirar venados. 

Al quitarnos, todos me decían lo mismo, lo de siempre, pero al oído: “haberlos tirado”; de lo que deduje las ganas que todos tienen de echarme del coto. Sólo entonces caí en la cuenta de la ocasión perdida. En fin, un prestigio del que no podré presumir: el orgullo de ser expulsado, evidentemente a hombros, por matar cinco venados.

Menos mal que Paco Ramos se ha preocupado por enriquecer mi curriculum venatorio y me ha llamado para decirme que tengo puesto en la Presilla para el sábado, con garantía de cinco machos, alguna nieve y, por lo menos, los cubitos del trasnoche. Y al día siguiente, para decirnos condiós, la Bolera, despedida y cierre de un año que acabamos convencidos de que el próximo será el bueno, si nos dejan. 

27 de enero de 2014

Por don Antonio

 

Don Antonio Vacas, tan discreto, tan en su sitio, tan enemigo de la primera fila, se nos murió ayer, tan sin ruido… que costó trabajo encontrarlo a oscuras, de noche ya, entre las jaras, mirando al cielo.

No hizo frío ayer hasta la noche. Llegó con los últimos rayos de sol para llevárselo sin luz, solo, sin que nadie sepa qué fue lo último que pensó y sintió.

Debió arañar instantes antes con los dedos la tierra roja de esa sierra. Tuvo que llevarse alguna entre las uñas... Y a cambio, su sangre derramada se hizo piedra, absorbida, manchada, sellada… Y lo logró sin darse cuenta, ser sierra para siempre.

Descansa en paz, don Antonio, en tu sitio, sin ruido. 

Donde quiera que llegues, darás los buenos días, bajito, mirando al suelo, deslizándote discreto hacia la lumbre, para arreglarla, un palo aquí, otro allí…

Que no se note que has llegado. Y sin embargo, que se sepa pronto que cada ascua está en su sitio.

18 de diciembre de 2013

Cerrajeros, el mejor sitio del mundo


Es la típica frase exageradamente chauvinista, con la que hoy aspiramos a provocar alguna sonrisa de buena fe. Y la carcajada, si añadimos que no lo era todavía el domingo pero lo será en unos días gracias al agua que ahora mismo está cayendo; mansamente, sobre las piedras y el pasto sediento, bebida ya toda la sangre derramada.
 
Dicen los sabios que las ideas duran poco y que hay que hacer algo con ellas. El otro día, se agolpaban demasiadas en nuestro escaso almacén mental y se iban yendo la mayoría. Llegaba una, genial, y nos erizaba el cogote, pero empujaba y desahuciaba a la anterior. Y hoy miércoles, apenas quedan un par de ellas.
 
Bajábamos emocionados por el mejor carril del mundo: la Traviesa de la Casa, camino del pantano del Jándula, entre Los Burracales y Los Escoriales, Cerro Bermejo y la Loma de los Majuelos sobre el Encinarejo de San Miguel. Y al fondo, el Jándula grande, abierto, dormido en el vaso azul de la sierra, pizarra y granito puros, espejo de Valtravieso y la Virgen soleada, al otro lado del agua embalsada. La mejor agua y la mejor sierra del mundo, insisto, en torno a la única Virgen verdadera.
 
Para que lo oyera su hijo y aprendiera lo esencial, se quejaba mi compañero porque desde el puesto número tres se perdía ya de vista el Cerro del Cabezo, y el nuestro era el cinco. No quiero entretenimientos ni despistes, le decía yo. No podemos permitirnos el éxtasis del paisaje, hay que estar atentos. Y por eso mismo, no sacamos los prismáticos de la mochila. Y el catrecillo, y esa cosa horrible que se llama trípode, se quedaron allí abiertos, adornando el puesto, para nada.
 
Las ideas duran poco y hay que hacer algo con ellas ¡Pronto, que se van! Y se iban porque no había tiempo más que para vivir intensamente el instante. Llegaban como los jabalíes: de golpe, poderosos, desbocados, con los perros detrás… y se iban cuesta abajo. Sólo uno escaló unas piedras y otro remontó un arroyo. Los demás, corrieron hacía el imán del Jándula, sabios y puros ¡Qué diferencia con los de...! ¡Qué gloria saberlos nuestros, todavía, sin los collares del lince! Fue la única mala idea que se nos quedó grabada y hoy podemos recordar, aunque también la pésima del lance que a continuación relatamos tal cual, conforme se nos ha rogado. Vaya así por delante nuestra torpeza desvelada, en compensación por las fotografías que, con tanto desvergüenza, también exhibimos.
 
Se descolgó de la solana de los Burracales con la sola música de las ladras, que ya es bastante acelero. Venía recién desencamado, sin haber oído trueno alguno todavía. El primero que escuchó fue el mío, viéndole ya la boca negra abierta y alguna leña blanquear. Por eso mismo fue fallido. El segundo también fue mío, igualmente exaltado, sin temple y erróneo, pero sirvió para que variara el trayecto y se nos presentara, rectilíneo a media cimbra, en el pecho de enfrente. Y el tercero también fue mío, bien apuntado, corrigiéndome y corriéndole la mano lo justo; y sin embargo, también se lo bebió el pasto. Al igual que el siguiente de mi compañero que, creyéndolo tocado, quiso rematármelo y facilitarme humillantemente el cobro, pero tampoco acertó.
 
Y ya perdiéndose, fue el cuarto mío el quinto que oyó y sintió por fin, a un tiempo, atravesarlo entero desde atrás… Giró roto hacia el arroyo. Y allí murió, en el agua, sin poder gruñir ni bregar siquiera con los perros, que había logrado perder y seguían dichosos la carrera con la esperanza de encontrárselo derrotado, empapado, horadadas las entrañas, muriéndose solo.
 
Y así fue. Así de simple y tontamente, pero por algo será que lo escribo. Debe ser para que no se me olvide nunca, debe ser porque las ideas duran poco y hay que hacer algo con ellas, aunque sea el tonto. Pero también, sobre todo, porque tengo un par de amigos medio enfadados que dicen, insinceros, que se han ido acostumbrando a leer estas tonterías ¡Va por ellos y sus abrazos!

3 de diciembre de 2013

Prohibido tirar a los visos, es un decir


Pasada la berrea, conforme la mancha va cogiendo su punto álgido, el venado viejo barrunta el peligro y, poco a poco, un día sí otro no, va trasladando sus encames más próximos a las lindes. Perfecciona sus estrategias, la ciencia está en los genes y no tiene otra cosa que hacer que calibrar y olisquear los trayectos de huida.

La mancha se va atestando de reses y arrecia el peligro. Le molesta tanta muchedumbre en sus rincones de siempre, siente el vigor de los nervios hervir, pasa la noche entera venteando y poniendo al alba oído, porque es a esa hora cuando el polvo del viento le trae las noticias que teme.

Esta noche, ha estudiado los cien metros del vallecillo, los quince segundos que empleará en cruzarlo al galope, la línea de chaparras que sale de él y lo tapará entero hasta el cerrete de la linde, el medio metro de cuernas que no podrá ocultar, la jara más rala de los últimos pinos y, en su caso, la cerca que habrá de saltar limpiamente sin pararse, ni alambrear como un horquillón.

Y a la noche siguiente, cambia el trayecto, los chaparros y los visos. Ya no les valen. Con el frío, una piara nueva de cochinos  se ha arregostado a encamarse en la solana y, cuando den con ellos los perros y los tiros, será el momento ideal para escurrirse en dirección contraria, cruzando el arroyo hacia la otra mancha, de la que logró escapar el año pasado con los primeros tiros de los más de doscientos que escuchó desde aquí.

A riesgo de equivocarnos suponiéndole una inteligencia que no es tal, nos ha gustado siempre imaginarlo exageradamente así, incluso con otras variaciones oníricas inconfesables, líricas, imposibles. Y sin embargo, se te hacen realidad cuando, con el rifle en las manos y sin ocasión de apuntar siquiera, lo has visto, sin verlo, correr de mata en mata y perderse para siempre.

Son muchos años ya fraguándose en los genes el riesgo de correr por un limpio, el pampaneo cuando se esturrean los cochinos, los trallazos entre las patas, el polvo y las piedras reventadas y, entre las cuernas, el terror de las balas silbando. Y, cosa rara, las carreras de las ciervas y sus silencios… y el cese de los tiros en los visos.

Hace un par de días, en Pozas Nuevas, un gamo y dos venados cogieron el mismo viso. El error del último estuvo en no husmear la lección que nos dieron los dos primeros.

Espérate, no tires, tiene que rebajarse o arrolla esos pinos. Ahora, ahora, ahora entierras completamente la bala. Y así fue, pero, partido en dos y sorprendido por la parálisis, el venado volvió al viso herido y se quedó allí, parado y en pie, mirándonos un buen rato que se nos hizo eterno. Sabía, es un decir, que no era el sitio para un tiro de remate. Sólo la pérdida de vigor y los temblores, le hicieron rebajarse lo justo a trompicones. Ahora, tiene que ser ahora.

El fallo de tanta sabiduría montuna radica, es obvio, en que el venado no sabe todavía, lo está aprendiendo, que no todos los monteros son hoy Eduardo. Está escuchando ya demasiadas balas silbar, siete o quince, al viso y a cálculo, en el mismo lance. Es un decir.

Y entre tanta bala perdida, pocos venados llegarán a viejos, por falta de tiempo de hacerse a la estúpida ansiedad del montero nuevo. Es un decir.