13 de febrero de 2012

Seguimos diciendo adiós


Porque serán muchos los días recordando éstos que se van y había que aprovecharlos, vivirlos retenidos. Porque había ganas de cazar otra vez con ese grupo, Miranda, que siempre transmite y regala algo nuevo. Por la necesidad de compartir puesto e ilusión con quien cuentas con los dedos de una mano… Seguimos diciendo adiós sin despedirnos del todo.

Por todo eso, por tan poco, fuimos el sábado a El Risquillo con quince o veinte balas viejas en el bolsillo, sin otro ánimo que gastarlas con ciervas viejas, a echar una mano en la gestión y el día entre amigos. Y salió redondo.

Era el puesto menos comprometido de la temporada, del que sólo esperas el sol, la risa, el taco, la bota y la conversación cálida, siempre grata, con quien proclama humilde su vocación de aprender e ignora cuánto enseña.

Y ese puesto teóricamente relajado, de despedida, de balance y reflexión, nos trajo aventados un manojo de nervios y emoción, de tiros y lances para siempre, regalados.

Corría el aire, glacial, por la linde de Sardina. Y sin embargo, sudábamos de alegría por la forma en que nos fueron entrando las reses y por estar donde estábamos, en El Risquillo terrenal, símbolo y emblema de la montería pura. Tanto tiempo visto a lo lejos, rematando Andalucía; El Risquillo leído, soñado, intuido, idealizado, tan fuera siempre de nuestro alcance… como Cabeza Parda ayer.

Paraísos prohibidos a nuestros pies, donde no sientes el frío y es liturgia llegar al puesto, estudiarlo, prepararte, mejorarte, poner oído, contener la respiración que te molesta, ensimismarte, suspirar, no aguantar más de un minuto sentado.

Son otros los perros que llegan y vuelven luego por sus pasos en El Risquillo. Y suenan distintas las ladras y las voces en Cabeza Parda, bajo las madroñeras, tan crecidas y apretadas. Y son otras las carreras, y la jara y los sueños que se rompen. Es todo ceremonia desde que llegas hasta que recoges y enfundas el rifle, y te cuelgas el morral, y te diriges en paseo lento hacia el coche, demorándote a conciencia, acortando el paso.

Terminar sobre las tres, seguir un rastro, marcar una res, agacharte con pose y gesto de experto, ponerte en cuclillas en aquel laberinto de coscojas para registrar unas mínimas gotas de sangre en la trama del pasto enmarañado… Rodear un lentisco impenetrable, apartar con el pecho una madroña y meterte dentro, en el centro mismo de la mata, sin prisas, donde no da el sol ni el aire. Acariciar el tronco de una encina con la mano abierta y sentirla viva. Abrazarte a una mata espesa de jara que te traba los pies… Y sin querer, caerte de rodillas sobre ella oyéndola crujir. Y sin querer, quedarte allí un buen rato, así… de rodillas, en silencio, sin querer.

Y sin querer, llegar el último, siempre el último, a comer.










8 de febrero de 2012

El Cerro y Los Engarbos


Seguramente a nadie interese saber que todavía no has aprendido a administrar tu propia ilusión. A nadie importa el desperdicio de tus días. Y sin embargo lo escribes aunque sólo sea para dejarte claro a ti mismo que sabes donde estuvo el error y que debes seguir aprendiendo.

Dice mi amigo Manolo González que lo del sábado y el domingo no fue frío siberiano ni leches, sino frío verdadero, ni más ni menos que el que tiene que hacer en estos días. Yo no tengo todavía claro si esto del cambio climático es o no un cuento más, pero debo reconocer que el sábado en el Centenillo, en el cortafuegos del Cerro, me acojoné seriamente al recibir un raro golpe de viento en el pecho, como la patada de un burro. Tuve que hacer malabarismos y, de espaldas, me agarré a las jaras, me llevé un puñado y logré por fin quedarme abrazado a un chaparrete, obviamente sin sombrero. Estaba yo subido a un montículo de esos que dejan las máquinas al recortar el cortafuegos, casi de puntillas para ver mejor… Son las ansias de ver, siempre ver cuanto más mejor, grave error que padecemos quienes llegamos al puesto y nunca nos conformamos con lo que tenemos delante, que no es ni más ni menos que lo hay que ver.

Quien ejercía ese día como collera mía fue aún más ansioso en eso de ver, y se subió a la chimenea de una antigua mina, pero tardó poco en bajarse, al borde de la congelación, aterrorizado por las patadas del viento y, obviamente, también sin sombrero. Y así, tan a vista de pájaro, este pájaro apellidado Vacas, entre golpe y golpe de viento logró ver y tirar dos venados seguidos. Se quedó con uno y, a sus tiros, se me presentó a mi otro bastante bueno cortafuegos abajo. Quise dejarlo cumplir, pero me vio y, a un tiempo, frenó y giró hacia lo sucio. Lo tiré perdiéndose y, al tiro, otro más pequeño salió del monte concediéndome el tiempo justo para descerrojar y quedarme con él, aunque tardamos luego en encontrarlo. Precisamente por la falta de visibilidad, le había quitado yo el visor al rifle, por primera vez en no sé cuántos años, y volví a ponérselo en el acto con la promesa de no quitarlo nunca más.

Y al día siguiente, en Los Engarbos, con el visor así puesto para siempre, la visibilidad era sobrada, casi excesiva. Una larga y limpia loma, como la pantalla de un cine, frente a la que se sentó Ricardo, el agente forestal que actuaba como secretario y postor, y mi collera de ese día y últimamente de casi todos, Rafalín "El Enrataíllo". Me tocaba a mi tirar primero y me quedé de pie, esperando frente a aquella pantalla gigante, en technicolor y con sensurround, el desfile del séptimo de caballería y la cabalgada de los indios, para elegir al mejor. Y así me quedé, no sin antes tirar un cochino que no me correspondía y ceder los trastos a Rafa para que dejara por fin hecho un taco a un venadete a muy buena distancia; lo que le mereció mi gruñido entre dientes y el aplauso de Ricardo, del que se había hecho muy amigo en contra mía... por fallar antes el cochino y otro venado.

El fracaso del puesto fue un caso aislado, puesto que en Los Engarbos fuimos muy pocos los desafortunados. La culpa del mío fue, ya lo he dicho, el exceso de emoción. Ninguna culpa tuvieron el viento y el frío, que luego sí notamos en la comida, sino esa tonta esperanza que se agolpa en las sienes, se aferra al pecho y a la garganta y no te deja respirar. Y es que cuando la pasión se desborda deben notarla las reses y eluden las zonas donde vuela suelta y sin amo. Hay que sujetarse, administrarse, contenerse la felicidad, pensar que no es para tanto, que no lo estás pasando tan bien, que esto de Monteros de Tradición es un fracaso más, una tontería a la que te han apuntado y de la que habrá que borrarse algún día. Sólo así, ignorando la química y la alegría que ya gozas en las migas y en la salve, engañándote, triste y fríamente, podrás matar un buen venado.

O un cochino como el que mató Juan Lillo, con el exprés, así, sin ganas, aburrido de frío… Vamos, una tontería de cochino.

Tenía el mismo color del que yo tiré desde lejos, rojos los bajos, y las mismas trazas, y la misma cara... ¡Ay!

¡Y ay otra vez! Esa jeta que me presentó al pararse, mirarme y preguntarse... si era o no era yo.

30 de enero de 2012

Vamos diciendo adiós


Los últimos días es un caos el maletero. Intentas reorganizarlo pero siempre falta o sobra algo. Polvo, plumas, sangre y hojarasca; y los rastros del cochino fallado el primer día en Las Bedmaras...

Siguen estando allí los dos tiros, el primero trasero, el segundo adelantado, sus regates entre las jaras, lo mucho que le debes y él a ti, un chaleco manchado, la gorra arrugada, la escasa sombra del chaparro. A él volviste a conciencia hace unos días para hacer el primer puesto de cuco y recordar la torpeza que alimenta, la que se pega al riñón…

Siguen estando allí, el polvo, el sol, la alegría, los fracasos que no se airean. No cabe nada nuevo y cierras pronto la puerta para que no se escapen más sueños… Los sobres de puestos viejos, cuatro plumas de perdiz, las caras que solamente te sonarán unos días y las nuevas que se quedan para siempre, la simple  química, la recompensa por compartir unas horas al sol, al frío o bajo la poca lluvia disfrutada.

Al trote llegó el venado, venía derechito a él. Ninguno de los dos lo sabía, yo sí. No quise avisarle para no robarle una emoción que era suya y debía sentir de golpe, entera, si no fuera por el trote que únicamente oía venir. Por eso precisamente, por recibir intacta la emoción, lo falló al primer tiro, al segundo lo paró y al tercero lo hizo un taco. Lo miraba y me miraba embobado. No podía decir nada y tuve que darle un abrazo para que se despertara.

Al día siguiente, el cochino no venía derechito ni al trote, sino de cerro en cerro y en zig-zag, con más de veinte perros detrás. Al salir del río, no pude ver ni intuir su última trayectoria, pero lo sentí venir y corrí hacia él porque quise ver mejor el claro que debería tomar y no tomó. Prefirió venirse enmotado, a mis pies, por donde nadie lo esperaba. Y desde allí, de frente, con los perros bien atrás, me brindó exactamente cuatro vueltas de campana. Y al dejar de rodar, en ese  momento cumbre, escuché a mi espalda el dulce veredicto: tus huevos ahí.

Pero no, no era cuestión de huevos, sino más bien del corazón que ni tú mismo entiendes, ni quieres entender. Lo reconocí enseguida, era él, el cochino del primer día en Las Bedmaras. Frente a las lindes del Parque de Cabañeros hoy, esperando que yo me hartara de estar una mañana entera mirando el testero de enfrente, el trayecto lógico, la huída que cualquier res tomaría. Para, con veinte perros detrás, darle la vuelta a tres cerros, atravesar una cañada, repechar otro, ser visto en cuatro puestos y jaleado por dos rehalas.

Y siguió, siguió corriendo por donde nadie lo esperaba, tan sólo se paró dos veces para regañar a los perros, la segunda seriamente hasta dejarlos bien atrás.

Y siguió, siguió partiendo el monte, sabiendo a donde venía, a mis pies, el cochino de Las Bedmaras.

Vamos diciendo adiós a unos días inolvidables... Es la vida que se va.

Las Bedmaras, Solanillas, Otíñar, La Alta Baja, Padre Santo, Arrebolares, Matacabras... tanto días sin llover.

Y en Torrecillas, Las Bedmaras otra vez.

Es la vida que va y viene, como ayer.



 



23 de enero de 2012

El Padre Santo


La armada de la Tía Isidra discurre entre soleadas curvas sobre una cuerda de largas vistas y ninguna corta, por la apretura del monte que la sostiene. Desde ella, la finca del Padre Santo se muestra tal cual es, despiadada y auténtica, salvaje, absolutamente inhumana si no fuera por el costurón del cortafuegos que la desvirga y corona.

En el puesto número 5, se te va al Cielo el Padre Santo imaginando los tiempos en que la Tía Isidra, con refajo y mandilón, con sus greñas y bigotes, bajaba al río con sus botas enterizas y un saco vacío al hombro con el que repechaba luego, cargado de boniatos, hacia el cortijo...

Pero te despierta una ladra y vuelves pronto del Cielo al cortafuegos, afinando el oído. Cruje el monte hacia ti, como buscándote... Viene, viene, viene... un derrapar de piedras que se parten, de jaras que se quiebran… El monte que se abre… Y rompe el venao… Silencio... Un mínimo trote poderoso por lo limpio, la ladra aún lejana, un tenue temblor y el tiro... instintivo, adelantado y bajo.

Desenfilado de otros puestos, por donde nadie puede verte, echas a correr tras él. Un torrente de sangre va salpicando las jaras y tus piernas. Va abriéndote el monte en su última carrera, empieza a torpear y se frena. No puede superar un apretón de madroñas espesas y allí se queda, atrancado, mirándote... Vuelves corriendo a por el cuchillo, te cruzas con un perro en la vereda ensangrentada... Al regreso, lo encuentras muerto ya y enfundas el puñal... El perro lo mece en silencio.

En cuclillas, te manchas las manos en el tiro… Y sí, fue bajo, muy bajo. Pero sabe a gloria volver, así, al puesto soleado.

Te sientas, te limpias la sangre de las piernas y pides… que se repita la historia. Y no sabes quién te hace caso y te manda otro venao más grande, casi por los mismos pasos, con más prisas, al galope, con la boca y las narices abiertas, desencajados los ojos que te buscan… ¡Virgen de la Cabeza!

Y éste sí, se queda allí… hecho un taco. Y bajas a él. Te reconoce, suspira y suspiras... Y mientras lo apuñalas, giras la cabeza hacia un leve crujido: desde la orilla del monte un corzo parado te vigila. Dejas el puñal clavado en el codillo, te descuelgas el rifle y lo metes en el visor sin otra intención, crees, que verlo bien visto... Y mientras el corzo brinca y vuela por las matas, el venado patalea… te acaricia los tobillos.

Rematas, vuelves al puesto soleado, marcas un par de números sin cobertura y llamas al puesto más alto, al número 2 de la Tía Isidra. Y allí está Fito, que lo coge y te dice que ha visto el cochino más grande de su vida y no ha podido ni apuntarlo. Reza Fito, reza como yo, a la Tía Isidra, siento que le digo.

Y no tarda en llamarte acelerado para decirte… que no sabe quién le hizo caso, que el cochino volvió zorreado y allí lo tiene a sus pies, con un tiro en el mejor sitio, debajo de la oreja. Y que suba, que suba pronto, que está solo… y necesita un abrazo.

Y tardas en subir lo justo para que disfrute esa soledad… tan esencial, tan necesaria.

No sabemos quién quiso esa magia en el Padre Santo.

Con los testigos justos, la Tía Isidra... el padre, el Fito y el espíritu santo
.
Y Pablo y a Ángel Tirado, que me regalaron su puesto y su esperanza...







18 de enero de 2012

Trochas


Hace poco reproduje aquí una carta, en tonta broma con motivo del Día de los Inocentes. Hoy, muchísimo más en serio y sin embargo soberbiamente alegre, no puedo resistir la vanidad de reproducir esta otra recibida ayer. Es de un nuevo amigo, de apenas 24 horas, a quien no tengo todavía el gusto de conocer personalmente, salvo por la venia que acabo de perdirle para hacer pública esta carta y por algún aperitivo que me anticiparon Juan Morales y Perico Lillo. Si para colmo es amigo de Pacho Martínez, da igual lo que Miguel diga, o exagere, que ha sentido leyendo mi libro para estar ya deseando cazar con él en mano, al salto… O a la chimenea, con ese libro suyo abierto, que viene de camino y me promete sin más mérito que intuirme de su misma cofradía, que es la nuestra.

“Estimado José María:
Disculpa que te tutee sin tenerte tratado, pero lo otro, en tu caso, se me hace difícil. Y ello porque te presumo de mis mismas hierbas, más o menos, de similar condición y, sobre todo, porque me constas hermano en la santa cofradía de los hombres cazadores.
El caso es que compartimos algunos amigos, pero no me conoces. Me llamo Miguel Yanes. Vivo, trabajo e intento criar a mis hijos aquí en Jódar, un pueblo bastante "entretenío".
Llevo tiempo queriendo sacar un rato para escribirte, concretamente desde septiembre, cuando leí tu libro. Y mira, hoy va a ser...
El motivo principal "de tan firme como dilatada voluntad" no es sino darte la enhorabuena. Me ha encantado Tirando al monte, primero el libro y después, por añadidura, el blog. Curiosamente llegue al segundo por el primero, supongo que al revés de la mayoría de la gente. Confieso que debo ser un poco rancio pero lo mío en las lecturas es, preferentemente, el papel. Y con tu libro he disfrutado mucho. Algunas de las entregas, de las "tapitas" en que se estructura el libro, son verdaderas obras de arte, de una belleza impresionista, están construidas a pinceladas sueltas y como dejando al lector que componga el conjunto. Me apasiona la literatura cinegética pero el caso es que últimamente no echa demasiadas flores el guindo, ¿no te parece?. Me da a mi que contigo sí, que si Dios te da salud aquí habrá autor de categoría y para rato. Y si me la da a mí, tenme por un lector garantizado.
Compré tu libro el día de su presentación en la Feria de Jaén. Llegué a él desde Juan Morales y Pacho Martínez, con quienes me crucé allí y me lo anunciaron ambos. Sin embargo, en plena vorágine de las dedicatorias me ladeé del stand porque pensé: Y si me firma a mi ¿qué me va poner?, total, si no me conoce... Creo que acerté, porque después me ha ocurrido una historia divertida que probablemente haga que, cuando antes o después, volvamos a cruzarnos tenga mayor sentido el que me dediques el ejemplar que adquirí entonces.
Me explico: Servidor acaba de ingresar también en el ilustre cuerpo de escritores noveles. Tres meses después que tú. Pues sí, otra historieta de caza con base de operaciones en Jaén, lo cual que, por otro lado, tampoco es nada original. Lo mío se llama Trochas. Tiene formato de diario, lo ha editado Almuzara y se trata de una apología humilde de la caza, un cuentecillo de naturaleza y caza, de gente y sentimientos apegados al monte; eso sí un tanto peculiar. Alberga muchas citas y referencias a otros autores, y elegí hacerlo de esta manera porque pensé que si la prosa de uno no daba para muchas alegrías, dejaba al menos al lector con el consuelo de otras plumas mayores. Es una verdadera pena que no conociera Tirando al monte cuando lo escribí, porque, créeme, hubiera tenido un merecidísimo hueco en él. Tu prólogo es de Mariano Aguayo y el mío de Juan Delibes. Ahora me divierto pensando que nuestros libros, coetáneos, intensos pero diferentes como nuestros prologuistas, probablemente acaben también hermanados en los estantes -¿y los sueños?- de otras gentes de monte..
Mañana -hoy, ya- es martes y, mientras le dejen a uno, hay que seguir currando. Cierro esta misiva dándote de nuevo la enhorabuena por tu libro y rogándote que me indiques una dirección postal donde poder remitirte un ejemplar del mío. Después, si te gusta, algún día me podrás dedicar tu primer libro -y los siguientes- con mayor conocimiento de causa. Y si no te gusta, por favor... ¡también!
Recibe un afectuoso saludo,
Miguel Y.”

10 de enero de 2012

Sierras de Jaén


De Córdoba a Jaén, no dejas de ver la sierra, recortada a tu izquierda, morena desde los Altos de El Vacar, azul cuando el sol se tapa en El Carpio y casi negra en Andújar. 

Desde lejos o desde cerca, a cualquier hora, es siempre una sorpresa, cotidiana para quienes tenemos la manía de mirarla todos los días. Y al acercarte a Jaén, al frente, se va alzando otra sorpresa. Tan cercana y tan distinta, es otra sierra, también azul, y negra, muy negra cuando, por Malabrigo, el sol se esconden en los olivos.

De La Ceperuela a Otíñar, con el único paréntesis del sueño, vives dos mundos, dos sierras, dos formas de extenderse el campo a tus pies, dulce y brutal. 

Fue un gozo La Ceperuela porque no hubo ganas de recoger. En Otíñar sí hubo prisas. Y sin embargo, algunos seguimos allí, al sol, sobre aquellas riscas, queriendo ver Jaén desde lejos, soñando que siempre habrá alguien, como antes, que nos obligue a venir… tan cerca y tan alto, tan lejos; que nos dé puesto de andar y nos mande callar al oír ese trote, peculiar de esta sierra, del cochino derrapando sobre tanta piedra suelta. Se estrechan las aulagas, se aprietan los espinos, se cierran las veredas… y lo cogen los perros. Y te cuelgas el rifle... y maldita sea la leche que le han dado al que me ha hecho venir aquí, a  lo mío, tan cerca y tan alto... tan lejos. Pero siempre queda lo mejor, que es quitarse cuesta abajo.

En la junta, nunca salen voluntarios para los puestos de andar. La suerte, lo que diga la suerte, que es más fácil de aceptar. Y nuestra suerte es cazar… con gente que sabe y siente lo que hace. Pero no vale, no, mal comer con prisas, codo con codo, con tickets, cubiertos y jarras de internado. No vale, no, tampoco, salir pitando, con puñales como sables, limpios, colgados al cinto deslumbrante, repleto de balas nuevas.

¡Me fastidia ese empeño en meterte solamente tres en el bolsillo! me regaña el compañero, porque dice que suenan con los nervios. Y yo me río entre dientes y las sacudo porque suenan que alimentan. 



30 de diciembre de 2011

Manchones en Navidad


Esta mañana, entre otras mil cosas de burdo interés, he tenido tiempo para el café montero de los viernes, que es con churros. Y aún para otro café más con tostada de sustanciosa albarda, de la que he tenido que prescindir en legítima defensa. 

Este último, convocado al volateo vía móvil, era con gente cuquillera, peligrosísima en estos días porque anda revuelta y encelada con la preparación de bártulos y el despliegue de sus huestes enjauladas. Y en esa dulce tertulia  estábamos, cuando ha saltado la liebre de dar un manchón de cochinos mañana mismo. Siete o quince marranos que dicen que debe haber y que hay que quitarlos de en medio para que, en dos semanas, la jaula se centre en lo suyo, sin otra molestia que los siempre inoportunos rabilargos.

Andaba yo ya a punto de dar del pie, concentrado en los cuchichíos de tan grata charla y mirando, solamente de reojo, las albardas de jamón que cargaban las tostadas ajenas... cuando mentaron los cochinos. Y me entraron los nervios. Siempre pasa, y más si es viernes y te meten prisa para decidir entre el rifle o la escopeta y la perra. Lo previsto era despedirse uno mañana de las perdices en la tierra calma, cara a cara, por derecho, cabalmente, sin estorbos ni escondrijos. Pero la decisión he de comunicarla sin demora esta misma tarde y, sin remedio, ha ido urdiéndose mientras esto escribo.

Y es que uno es débil, pecador y marranero, y tiene demasiado fresco el delicioso artículo de Mariano Aguayo “Manchones en Navidad”, publicado en el ABC de Córdoba el mismo día de Nochebuena: “Diez o doce escopetas y unas colleras de perros son bocado de cardenal para un buen montero”.  Suele acudir una sola rehala, o más bien un solo perrero amigo con unas cuantas colleras de perros que anden bien, dice don Mariano de sus manchones navideños. Y al nuestro, el perrero y amigo de excepción que acudirá mañana, además de buenos pies, tiene grande y soleado el corazón, tal cual las no más de cinco o seis escopetas negras convocadas.

Por todo ello, habrá que posponer la despedida perdicera para el primer día del nuevo año. Solitarios los eriazos y el terronal, ese día sabe siempre a champán el sudor peguntoso cuesta arriba, son campanadas los tiros y agrias uvas los fallos; y al tercer tiro, solamente flotan en el aire una o dos plumas; y descienden lentas, muy lentas, mientras recargas a tientas.

No será ésta la primera ocasión en que pequemos así, tan en contra del mundo, en Año Nuevo. Pero sí será la primera vez que lo haga solo, pues acabo de llamar a mi socio perdicista y me dice que no puede, que no sé qué de Granada y de su suegra…  Y habiendo despachado ayer mismo yo a la mía, lo comprendo, lo perdono y me voy solo.

28 de diciembre de 2011

Una carta recibida hoy


Estimado amigo:

No puedo limitarme este año a desearte sin más felices pascuas, debo añadir mi sincero agradecimiento por la buena mano que tuviste para seleccionar a los dos amigos que estas navidades vinieron a cazar en mi finca en tu sustitución. 

Como buena escopeta que eres, no podías enviar en tu lugar a un solo invitado sino a dos. Ciertamente, como me aseguraste ocurriría, el número de perdices por ellos abatidas fue muy inferior al de las detonaciones, pero el comportamiento fue en todo momento exquisito. 

Por ser ambos tan modestos, supongo que no te han contado nada acerca de la captura que al alimón hicieron de un furtivo que desde hace años viene dañando gravemente nuestro coto. Paso por ello a relatarte la heroica acción que protagonizaron: El más grande de los dos, harto de pegar tiros al aire y por tener notoriamente inflada la vejiga desde el copioso desayuno que en tu honor les serví, paró a aligerarla bajo un chaparro sucio. El chorro se le cortó de inmediato, en cuanto vio levantarse y salir corriendo una parte del mismo suelo con matas adheridas. Subiéndose la cremallera, voceó a tu también amigo, suyo y ya mío para siempre, don Ramiro. Y entre ambos capturaron al elemento de la foto que te adjunto, en prueba y como recordatorio de tan viril y benefactora acción para nuestra población perdicera.

Afectuosa y eternamente agradecido,
F.M.C.


19 de diciembre de 2011

Gitano


Teníamos tres venados de cupo, los cochinos libres y dos cerros enfrente... 

Al llegar al puesto, estuvimos tentados de repartirnos los cerros, pero sorteamos moneda al aire: el primer lance de venado para uno y el primero de cochino para el otro. 

Mi compañero y yo, con alguna dificultad en la negociación, por fin hemos convenido entender por “lance” todo, absolutamente todo, remate incluido, como si estuvieras solo, como si no existiera nadie más que tú en el puesto. Y así, desde el primer “jai”, el compañero se cuelga el rifle y no gruñe, ni suspira, hasta que el cochino está patas arriba. Sólo entonces le está permitido decir,  incluso gritando si quiere, “tus cojones ahí”. Y así, la concentración es tal que te sorprende el grito y lo miras como extrañado de su presencia, y sin embargo feliz de que esté allí y empiece por fin su turno.

Teníamos tres venados de cupo, los cochinos libres y dos cerros enfrente... 

En lo más alto del de la izquierda, tuvo que ser “Gitano”, un podenco puro “colorao” de la rehala de Soriano, el que dio un “jau” de parada que nos supo a gloria. Desde la misma cama, se oyó el bufido bronco del marrano regañándole. Me ilusionó el hecho de que el “Gitano” se callara un buen rato y se lo dije a mi compañero para que supiera que tenía que dejar de existir en ese momento, que el lance estaba a punto de empezar para mi solo, que el cochino era macho, grande, valiente y poderoso, y que el “Gitano” se vendría pronto arriba, en cuanto se le pasara el susto. Y así fue, se relatió, pasó del “jau” al “jai”, acudieron otros perros en su ayuda, y el guarro se descolgó cerro abajo rompiendo el monte…

La carrera fue larga y desparramada. El cerro de la derecha se quedó virgen. El “Gitano” lo sabía y tuvo que ser él quien volvió una hora después, a lo más alto, para descolgar otro cochino que fue más reacio en abandonar el encame. Tanto tardó que me hizo poner y quitar un par de veces el seguro. Se arrancó por fin cerro abajo tronchando las jaras y, a media falda, se cambió de cerro, en línea recta, por una "verea" limpia para que lo viera bien. Me recreé, como él quería. Y al tirar… ¡el seguro! Y al quitarlo… ¡a tomar por culo!  Y bajó el “Gitano” cagándose en la leche que me dieron.

Teníamos tres venados de cupo y no nos entró ninguno... Al día siguiente, seguramente por estar prohibidos, se presentaron quince, y una cochina que necesitó tres balas y una “puñalá”.

Y recogiendo los bártulos, por fin pudimos conocer al “Gitano”. Llegó un perrero y le preguntamos por él. Nos lo señaló de lejos con tanto orgullo que luego, cuando llegó el que lo traía mas cerca, quisimos escuchar de nuevo el mismo gozo en la voz y volvimos a preguntarle: “Ese colorao, ése es el Gitano”.

Quisimos que se acercara y lo llamamos por su nombre. No se acercó, pero se paró y me miró el rifle y el sombrero como diciendo “tú eres el de ayer”. 

No se entretuvo, echó la cabeza al suelo y siguió andando, camino del remolque. 

Lo llamamos de nuevo... y no nos hizo ni caso; siguió a lo suyo, olisqueando la "verea".







14 de diciembre de 2011

Rodrigo en Valpeñoso


Desde el debut de M.T. en Hatoblanco, viene siendo habitual la presencia de niños en sus juntas. Cada vez en mayor número, se esturrean entre nosotros, se despachan un par de huevos sobre las migas, se arriman a la mesa del sorteo y sacan el sobre del puesto, muy serios e inspirados por el convencimiento, solemnemente asumido, de que es siempre mayor la magia de sus dedos inocentes.

Cocacola en mano, juegan con naturalidad entre las reses muertas y, sin darse cuenta, fomentan entre ellos esa amistad que dura para siempre, al tiempo que se entrenan y hacen puntería, apedreándose con boñigas que cogen del suelo sin remilgos.

Costaría entender la alegría de estar rodeados por estas miniaturas de monteros si no fuera... porque cazamos por herencia. Si no fuera por lo que sentimos al vernos en ellos reflejados; y en sus padres, a los nuestros. Inspiran, sugieren, alimentan a la inversa ese homenaje íntimo a quienes ya no están a nuestro lado y seguimos sintiendo ahí… donde todos los tenemos: en el cerro de enfrente, si brilla el sol, dirigiendo las querencias; y muy cerca del corazón o bajo el sombrero, si llueve o nos emborracha la niebla.

No es la primera vez que traemos un niño aquí. Ya reclamamos la presencia de Alfonso Moraleda Pardo y Pablo Tirado Segovia, y se atrevieron a venir por su propio pie. Luego, hace un par de semanas, porque barruntábamos su noviazgo, se asomó de puntillas Rodrigo Martínez Cabrera. Y hoy entra de nuevo, por derecho, con buen pie, descubriéndose, respetuoso y humilde, con el sombrero en la mano y alegrando al niño que todos llevamos dentro. 

Fue el 11 del 12 del 11, en Valpeñoso, con Montesa, eso mismo pondrá en la chapa sobre las iniciales R.M.C. Y así nos lo cuenta:
 
"El domingo sabía que era un día especial, mi padre me había dicho que hoy solo tiraría a los cochinos y para rematar las reses que yo tirase. Le dije que si por la mañana no me despertaba me diese una torta y así me levantaría. En la junta casi no podía comerme las migas de los nervios que tenia. En el sorteo saqué el puesto 6 del Manzano. En el puesto estaba muy nervioso ya que mi padre no me dejaba tirar a las ciervas, ya que decía que me tenía que hacer novio con un venado y no entraban.

A las una y media aparecieron corriendo a unos ochenta metros, una cierva y dos venados y mi padre me dijo que tirase al segundo que era el mejor. Le apunte y disparé viendo que le había dado en un jamón, y le dije a mi padre que le tirase y lo remató. Cuando nos acercamos a verlo mi padre solo veía un tiro en el jamón, pero no encontraba otro, hasta que por fin vio que tenía el tiro de remate en la paleta. Tenia doce puntas. También me entró una cierva que estaba herida en una mano y la rematé de un solo tiro.

Antes nos entraron unos cochinos, pero no les tire porque a mi padre le gustan mucho.

En la comida estaba muy contento, pero un poco asustado con el noviazgo, pero luego lo pase muy bien, pero mi padre fue el peor de todos, pues me puso mucha sangre en la cara".

Rodrigo.







7 de diciembre de 2011

Arrebolares, salsa rosa

Hace unos días, en La Alta Baja, a buena distancia de los perros, huían dos venados a galope tendido: las cuernas retrepadas, las lenguas fuera, las bocas y las narices bien abiertas, de donde salían por oleadas los humillos del miedo, ya pasado, el vaho de la desesperación.

Les faltaba poco para coronar, se creían ya a salvo y se decían entre ellos de ir aflojando el paso, sin percatarse de la presencia del Rubio, rodilla en tierra, mimetizado bajo una encina, sin trípode, sin nervios ni temblores…

El doblete fue espectacular. Con un tiro de codillo delantero, el primero perdió las manos y, al derrumbarse, echó los cuernos por delante y los clavó en el suelo…
 

Y en los silencios del tiro, cuando se apagan sus ecos, se oyeron crujir las vértebras, el latigazo del lomo, los jamones cortando el aire… la voltereta. Y con la sierra aun callada: el corazón de Nono en las anginas, el polvo, la boca seca, el cerrojazo… Y enseguida el segundo tiro, al más grande, que en viendo ya al Rubio por el rabillo de un ojo, sin tiempo para maniobrar, vio la bala venirle al cuello y se desplomó… Hecho un taco, se sumó a la treta y acabaron ambos enredados en un sublime entrechocar de cuernas…Y tembló la sierra, con el crujir de jaras y la polvareda de la tierra levantada.

Así me lo contaron, con tal lujo de detalles, el padre y la hermana del de la rodilla en tierra. Y sin embargo, no pude dar fe en su momento, por la seria y solvente discrepancia del cuñado, que achacó la causa de las  muertes a un mero accidente: un torpe tropezón del primer venado y la sorpresiva colisión del segundo. Cierto es, decía, que cayeron fulminados pero fue porque, al pisarse las patas en la carrera, acabaron sus días fortuitamente desnucados... entre dos tiros al aire.





28 de noviembre de 2011

Rodrigo


Su noviazgo está al caer y él lo sabe... Es Rodrigo un niño en su sitio, atento y soñador, despierto y tranquilo. Exactamente igual que su padre, bueno, en el mejor y más amplio sentido de la palabra; afable, discreto, curioso y pendiente de todo  lo que surge o se le pone alrededor para que aprenda. Atiende en silencio las conversaciones, sonríe cuando lo miras porque sabe que le has adivinado el pensamiento y baja los ojos a las migas. Poco le queda a esa patilla, le dices tirándole de ella. Asiente tolerante, sonríe nervioso y te agradece con los ojos que sepas con tanta exactitud... lo que sueña.

Su noviazgo está al caer y él lo sabe... Lo está viendo venir. Pudo ser ayer o anteayer en la Alta Baja, pero no. La ilusión sigue cociéndose. Y sin ninguna prisa, espera el momento oportuno en que su padre le diga: Ahora, Rodrigo, ven, apóyate, sujeta fuerte el rifle, míralo, céntralo, que no se te salga del visor, síguelo, espera, espera, espera… Deja que cruce el arroyo, espera, espera… Va a salir por el otro lado del lentisco, espera… Deja que repeche, espera… siente el corazón… Espera, espera, espera… aguanta… ¡Ahora!

Da igual donde sea, la sierra es la misma. Lo importante es que el instante sea tal cual tiene ya memorizado. Nada exige, no se queja, no mete ninguna prisa. Confía en la sabiduría de quien tiene que elegir. Ninguna reivindicación durante las muchas curvas de Hornachuelos a San Calixto y la Alta Baja. Solamente mira a su padre, intentando adivinar un gesto anticipado… Convencido de que si sigue mirándole así, de reojo, sin que él lo vea, notará algún día un signo especial: una ceja que sube o baja más de la cuenta, la alegría en los ojos de ser él mismo, de nuevo, otra vez, su propio hijo… mirándole, callado, quieto, con él… soñando a su lado.