21 de marzo de 2016

Regreso a Los Campos


Al entrar por la Pinadilla, piensas que tuvo que se anteayer. Pero hacía ya dos años. Es la misma nieve, en su sitio, la misma piedra que afila y retuerce el agua, el viento, la magia del frío, el tiempo y la soledad... El mismo pasto nutriente y diminuto entre piornos achantados, las desoladas dolinas, los traidores ventisqueros, los enebros rastreros, los picos de caliza pura de los Campos de Hernán Perea.

Páramo triste y yermo que te turba y sobrecoge, paso a paso, conforme van crujiendo y se apelmazan tus huellas en la nieve. Y sigues porque te va atrapando la vida que intuyes debe haber más adelante. Y sigues andando, oteando los cien visos que te rodean, registrando los calares desarbolados, asomándote con sigilo a cada hoya, poniendo oído a cualquier eco sin escuchar nada más que la brama del viento y el peculiar trino de los aláudidos. Más que volar, aletean de canchal en canchal diversas especies de alondras, calandrias y totovías, cogujadas montesinas… y sólo los cuervos rasantes que no pueden volar alto bajo el techo del cielo. Rebotan inquietantemente fúnebres sus graznidos, pero es larga la mañana y te vas acostumbrando sin sobresaltos. Tan sólo un par de perdices se arrancan con el vigor de siempre y te recuerdan que sigues en este mundo.

De vez en cuando, una piarilla de muflones, larga; pastan quietos, esturreados entre las rocas, como los espinos albares. Sólo el guarda los detecta, los señala y los descarta. A las tres horas de tan insólito registro, nos centramos en un grupo de cinco machos casi iguales, dirigidos por uno albino. Nos ven, se paran, nos tapamos entre las piedras, descubren la intención y reanudan la marcha intentado rodear un ventisquero. Pero se alarman, dudan, se animan entre ellos y lo cruzan hundiéndose hasta el cuello. Bracean, botan, nadan en la nieve y traspasan el siguiente talud. Se sienten ya seguros al borde de la paramera y se tumban al sol para escurrirse la nieve. Permanece uno de vigía en pie, buscándonos sin vernos, sabiendo donde estamos. Remontamos otra sima hasta el abrigo de unas piedras, donde apoyo el rifle. Cabe otra aproximación, quedan varias torrenteras pero hay un canchal al que sí podríamos llegar, aunque empapados de nieve. Lo descarto. Me siento seguro y lo digo.

Es muy pobre la estadística de tiro sobre un muflón tumbado, me asegura el experto. Digo de subirlas, hay que arriesgarse, no podemos seguir toda la mañana navegando por la nieve hasta que se acaben los Campos. Lo convenzo. Cargo y ajusto al máximo el visor. No me entretengo temiéndole al temblor de la emoción atragantada y subo la cruceta medio dedo por encima del lomo rubio sobre el fondo blanco de la nieve.

En los Campos de Hernán Perea no estalla el eco de los tiros, se oyen suaves, largos, se pierden, derramados, hacia las lindes de Cazorla. Se levantan los muflones y el rubio no puede seguir su trote.

Pregunto el nombre del sitio exacto y es la Loma de los Enamorados. Tardamos en regresar a la tinada del mismo nombre, donde a primera hora tuvimos que dejar el coche. Breve descanso y frugal almuerzo sobre las piedras. Casi a las tres, salimos de los Campos por la Hoya del Maguillo para entrar de nuevo, por el Pinar del Risco, hacia la Hoya del Ortigal, donde se nos hace de noche divisando la Hoya de la Albardía, a la que va a haber que volver mañana.




30 de septiembre de 2015

Octubre, otra vez


Desde antes del verano, vengo soñando con gamos. 

Cosa rara, pues siempre los miré malamente. No, nunca, con desprecio, ya me guardaría de despreciar nada, pero sí con cierta indiferencia frente al vigor del venado que corre. Y sin embargo, hogaño, desde junio, cosa rara, fue mitigándose el desdén. 

Y del frío cortejo, fui pasando al arrobamiento. Hasta anoche mismo en que, cosa más rara aún, soñé con un cochino.

Traía los perros cerca y la boca cerrada. Y sin temerles, se recreaba en las ladras. 

Al verlos así, en ese primer arranque sosegado; siempre piensas, tontamente, que también deben tener algo parecido a tu afición, que para ellos la montería es un día extraordinario que les hace salir del tedio cotidiano de la sierra.

Nunca se ha visto a un cochino correr solo. No necesita entrenarse, o no lo tiene por costumbre. Y será por eso que le cuesta salir pronto del encame la primera carrera del año. Se resiste a los cuatro primeros podencos punteros. Y sólo al quinto, si es atravesao, le echa un ojo, lo mide, intuye que puede tener problemas, y se arranca. Pero es lento en el primer trecho, tiene que desentumecerse o es la soberbia que le impide más prisas. Y disimula el pánico que le reaviva los nervios. Su maquinaria va cogiendo vigor. Un par de cambios de ritmo, un revolcón de dos perros, tres revueltas… Y por fin, el enérgico arreón que deja a los perros atrás.

Va llegando a ti ya solo.  O eso quieres intuir por cómo suenan y se mueven las matas. 

Sabe a gloria ese rumor del monte vivo que se acerca, ese ancestral crujir de la sierra en octubre: las piedras secas que estallan bajo el trote de las pezuñas ya firmes derrapando, el morro y el pecho bien tonificados ya partiendo jaras, los lentiscos como abanicos, que se abren y que se cierran, que se mecen sin quebrarse...

El olor agrio del polvo de jara te entra por la boca. El rifle, hasta entonces terciado, empieza a tiritar solo. Lo sujetas con la poca firmeza que te queda y lo encaras al claro por el que intuyes la aparición. 

Pero es por otro por donde escuchas el fragor de unas chaparras que estallan y que se abren. 

Te giras y brota el cochino hacia ti.

Y el móvil te despierta: "Buenos días, serreños". La leche que os han dado.


15 de julio de 2015

Torre de Venzalá


En mágico equilibrio, resiste aún de puntillas un contrafuerte, los restos de un torreón, vigilando la campiña calatrava. 

Más próximas, desde el sopié del cerro que la encumbra, se extienden las más fértiles heredades tosirianas, que fueron de pan llevar; desamortizadas desde hace casi dos siglos y, sin embargo, algunas conservan vestigios eclesiales: Los Villares del Rosario, El Fraile, El Obispo, La Cañada de las Monjas… Y a la derecha, separado por otros señoríos, el recorte negro y azul de la sierra, la sorpresa cotidiana de Sierra Morena.

Víctima de los amantes y marchantes de la historia, la rodea un montón de piedras descartadas, revueltas, sobadas de una en una por la muchedumbre de eruditos, sabedores  o ignorantes, expoliadores de buena y mala fe que, cíclicamente, una generación sí otra no, nos ha ido dando por subir a escudriñar el pasado árabe o romano, o el íbero últimamente más en boga.

Y ahí está, viendo también pasar el tiempo, muchos más siglos que otras más cantadas, esperando el temblor de un tractor que la eche abajo.

No hay otro riesgo que la fuerza de la gravedad. No queda ya un solo constructor de cortijos al que temerle; pero sí quienes, desde la tumbona, disfrutan contemplando junto al pretil de la piscina la piedra mora, íbera o romana de Bastora, límpida y azul, con los destellos de los focos submarinos y el potente chorro del skimmer.

Desde Martos, la hemos visto esta mañana. Y estaba allí, vigilante y muerta, pero allí, testimonio todavía en pie de que, hoy, lo importante es estar y no tanto ser. En su caso, no más que un montón de piedras en lo alto de un cerro. Y  sin embargo, como el punto geodésico que le han puesto al lado,  reseña, referencia, catastral, de más de un alma tosiriana.





28 de mayo de 2015

El miedo



En estos días, da gloria ver a un venao taparse y perderse en cuestión de segundos. Da gloria incluso no verlos y volverte creyendo que la finca está falta de reses. En cuanto pierden el miedo, ya no es lo mismo. Es esencial que no falte, permanente e irresistiblemente arraigado en la impronta genética.

Gracias a él, la perdiz ha llegado a nuestros días, tal cual es, alguna todavía. De lejos, es el miedo lo que la salva obligándola a guardar una distancia infranqueable sin perdernos de vista, vigilando si hemos aprendido o no la técnica del caracol de Tragacete. Pero, al mismo tiempo, de cerca, es la perdición de la autóctona, que no sabe aguantarse mucho tiempo en una mata y se arranca, torpemente, en el peor momento, porque no puede continuar allí aplastada un segundo más. La de granja sin embargo, cuando se aplasta, ahí se queda aunque la pises, porque le falta miedo.

Fue a raíz de unas investigaciones que se hicieron en el Parque Nacional de Yellowstone, sobre los efectos de la desaparición del lobo, cuando se empezó a estudiar más seriamente la “ecología del miedo”. Sin lobos, los herbívoros aumentaron y el sobrepastoreo causó graves problemas de erosión llegando incluso a modificar el curso de los ríos. A mediados de los 90 se reintrodujeron los lobos y la población de herbívoros se estabilizó ocasionando nuevos y sorprendentes cambios en un ecosistema ya olvidado.

En Sierra Morena, no hacía falta .Gracias, muchas graciascientue se sepa que lo han dicho los americandota, ahn busca de otros lugares mrios, las cuales merecurrir a esos complejos estudios de la Universidad del Estado de Oregón. La gente de la sierra siempre supo que la caza y su intensidad modifica el comportamiento de las reses, sus desplazamientos, sus hábitos de alimentación, sus querencias… Pero, aún siendo evidente, no está de más que se sepa ahora que han sido unos sabios científicos de Oregón los que han dicho que las presas reducen su nivel de alerta si se caza poco, que la reducción del miedo tiene efectos catastróficos y que, por contra, la caza excesiva acaba convirtiendo el entorno en lo que han decidido denominar “paisaje del miedo”, paulatinamente abandonado en busca de otros lugares, con iguales o peores pastos, pero más tranquilos.

Es el miedo por ello un importante factor de equilibrio medioambiental. Da gusto ver la res que no te entra para tirarla a cascoporro, sino al galope o tapándose, sin dejar de sentir la caricia de las matas en las costillas, escamada, venteando y con los ojos bien abiertos. El miedo es esencial y, para mantenerlo, es importante realizar frecuentes cambios de estrategias, no cazar siempre lo mismo y del mismo modo.

El lince, por ejemplo, ha perdido ya prácticamente por completo el grado de cautela y se te queda mirando a ver qué eres y qué quieres, sabiendo que al cabo no será mucho más que una foto. Por nuestra parte, también hemos perdido el instinto depredador frente al lince, si acaso lo tuvimos algún día; repugnancia nos da ya simplemente imaginarlo metido en el visor. Pero lo que no podemos perder es la bravura de la perdiz, la audacia del venado, la osadía del cochino… el corazón en la boca y esos golpes de sangre en las sienes.

23 de febrero de 2015

Serreños


Nos juntamos unos cuantos el otro día y dijimos de nacer.
 
Así dicho, parece fácil pero no lo es. Conforme está el patio, hay que tener ganas, pensarlo, ilusionarse y decidirlo. Tienen que darse, además, las circunstancias de tiempo y lugar, a veces casi mágicas, como la picaílla del perdigón que escucha cantos dispersos todos los días y a ninguno atiende. Es una concreta mañana de sol cuando, deja de picotear, pone oído, se esponja, ahueca las alas y, de callada, con el verdín a medio embuchar y alguna brizna en el pico, se arranca a correr, ciego, sin taparse, abriendo los tamujos con el pecho, rodeando los lentiscos, guiándose por ese canto único que no puede dejar de atender.
¿Tú quieres cazar con nosotros?”, ha sido la única pregunta, tan simple y sorpresiva para algunos, como los unánimes “claro que sí, ya teníamos que estar puestos” que hemos ido anotando contagiándonos una ilusión festiva que, en dos días, se ha convertido en sobria responsabilidad.
¿Otra sociedad? Sí, otra sociedad. Lo sentimos mucho, no hemos tenido tiempo de pensar más que en el gusto, la confianza, el aliento y el derecho de treinta y cinco amigos que estaban ahí, como enmoñados, esperando la picaílla
Secretario, pasa lista, que vamos a echar a andar.


 

18 de enero de 2015

Cazorla


De lo que la caza nos quita, hablábamos anteayer, precisamente desde Burunchel a Arroyo Frío, donde nos amaneció del todo. Y luego, cuesta arriba, camino de la Nava de San Pedro, comenzamos a sumar lo que la caza nos da, a las faldas de los Poyos de la Mesa, con el trabajo hecho y la ilusión cumplida en el Cerrillo de la Potra.
Y así seguimos, por la Nava del Espino, la Fuente de la Umbría, Majaizquierdo y el Barranco de Guadahornillos, sin parar de sumar,  hasta encaramarnos, por fin, sobre las mágicas Navillas de Capazul. Nunca se acaba Cazorla. La sierra iba a más. Y porque se nos perdió la vista al fondo, en la nebulosa de la Laguna de Valdeazores, tuvimos que imaginarnos, arriba y borroso, el Barranco del Infierno y los fríos Campos de Hernán Perea. Blanca y verde, rubia y gris, la sierra entera.
Y yo me decía, qué íbamos a hacer nosotros aquí si no fuera por este hilo que nos une, nos anuda y nos trae. Y quiénes seríamos nosotros hoy sino tres desconocidos, cada uno en lo suyo y sin ninguna posibilidad de encontrarnos, querernos y entendernos, sin hablar, en estas soledades.
Nos había ido amaneciendo desde Burunchel y volvíamos a verla ahora, nítida, desde aquellas alturas: A Juanma le gustaba la caza como a nadie, te lo encontrabas, lo parabas, le hablabas de un perro nuevo que tenías y se le quitaban las prisas, tenías que ir a enseñárselo, lo miraba y lo veía ya trasteando el monte, latiendo un rastro, soñaba despierto las ladras y hacía que tú las soñaras también…
Seguimos ascendiendo, coronando aquellas riscas, y de vez en cuando divisábamos otra vez Burunchel, límpida. Y de nuevo nos volvía Hilario a hablar de él con la pena anudada en la garganta. Y atentos, sin dejar de escuchar, seguíamos hacia arriba, con los nervios a flor de piel, tristes e inquietos, sin apenas haber dormido, con el rifle al hombro y los ojos cada vez más abiertos, llenos de esperanza.
Ojalá me gustara a mi algo tanto como a ti la caza, me dijeron un día desarmándome.

Ojalá me gustara más, pensé responder. Ir a Cazorla y ser capaz de sentir aún más la sierra, ver más allá del verde y gris de los pinos salgareños sujetando un puntalón, sentir la vida que existió en las ruinas que se ha ido comiendo el monte, escuchar el rumor de las voces y las hachas en las hoyas, intuir las veredas y los pasos del serreño con la mochila a la espalda, reseca y negra, vacía, sierra arriba; para volver dos días después, de noche,  cargado, deslomado, hambriento y helado, directo a la lumbre, a descalzarse la nieve. 
Y ayer mismo, cuando vimos un terrano derrapar cortafuegos abajo, pensamos que de nuevo la caza nos quitaba algo. Eran muchas las prisas que traía. Paró en nuestro puesto y era él, el mejor. Se bajó solo del coche, sin ayuda. Lloraba y me abrazó. Y, gracias a Dios, hoy dice que quiere salir ya este sábado con sus perros; con los mismos que se quedaron solos, esperándole en el tiro, y hubo luego que subir a por ellos...
Demasiada coincidencia en tan pocos días, demasiada imprudencia tan seguida...

7 de enero de 2015

La Centenera de Churros Hunting


Me urgen con una crónica, la de la Centenera de Spínola, que en este caso no me corresponde hacer más que desde mi puesto, el 2 del Cerrejón; donde estuve cuatro horas al sol de enero, como en las glorias, muy bien acompañado esta vez por Anastasio Sánchez, al rifle, y Javier Salazar a la cámara.
Nos toco en la esquina con Valdeleches, prácticamente fuera de la montería, al fondo a la izquierda, donde están siempre los lavabos; y sin embargo, nos divertimos como nunca, terrible adverbio que hasta a nosotros duele.
Sobre todo por Javier, yo quería haber tenido tiempo y ocasión de mostrarles el otro lado, remontar la cuerda de Los Valles, traspasarla y ver si brillaban o no sus ojos contemplando los barrancos despeñarse, preñados de quejigos y madroñas, hasta las venerables encinas de la ribera del Yeguas y sus verdes claros adehesados, fértiles, suaves, dulces, quietos como un belén.
Pero no pudo ser. No podíamos estorbar los convoyes de monteros recogiéndose y el esforzado trajín de las bestias y remolques. Tuvimos que volvernos sin la esencial visión del entorno que toda contienda requiere.

Y ni siquiera poniendo oído y todos los sentidos, pudimos escuchar bien la dicha en los cierres de Valdeleches y la Cabina, el fragor de las traviesas de Murillo y el Cortafuegos. El éxtasis correspondió a otros y, salvo a vista de pájaro sobre el plano, no pude enseñarles los dominios del campo de batalla frente al Yeguas y Pozas Nuevas.
Tuve que conformarme con transmitirles la emoción de las furtivas visitas previas, de puntillas y en silencio, la intensa ilusión jamás derrochada preparando una montería con amigos, entre amigos y para amigos, cosa rara.
En este grupo no existe Presidente, ni siquiera Junta Directiva, quise decir con cierta solemne sorna al inicio del sorteo. Yo soy solamente el auxiliar administrativo y me ha tocado dar las explicaciones oportunas, añadí. Y así, tras los oportunos agradecimientos, y algunas risas por mi deficiente pronunciación del término “Churros Junting”, fui aclarando los sumarios y humildes propósitos de una mañana fresca y luminosa, nerviosa y tímida, que se nos fue yendo de las manos hasta que se hizo de noche.
Esto hay que repetirlo, nos dijeron casi a todos al despedirse. Pero no, no vamos a repetir nada. Es imposible repetir conscientemente la misma magia.

Sentimos que creábamos algo, como mínimo afición en los nuevos; y rebrotes de ilusión en los más veteranos. Nada de eso estaba previsto, ni mucho menos, y ya es bastante. Si acaso, únicamente nos proponíamos volver los mismos, exactamente los mismos, por Navidad.
La lista está hecha y va a haber que guardarla.

Muchas gracias a todos.