3 de abril de 2014

Campos de Hernán Perea


Dicen que el tiempo se detiene en cuanto entras a los Campos de Hernán Perea. No puede ser cierto, es sólo que el reloj mental coge otro ritmo. De hecho, a nosotros, desde el amanecer, nos dieron las tres sin darnos cuenta. Y hoy, haces memoria para escribir esto y sí que notas que viviste intensamente cada minuto.

Algo parecido debió ocurrir con el nombre original a lo largo de los años. Fueron los Campos de la Gran Pelea entre cartagineses y romanos, cuando corría el año 211 antes de Cristo. Y pasaron a ser los Campos de Hernán Perea, confundidos con otra gran batalla que tuvo lugar en otro sitio, entre moros y cristianos, ya en 1.431 y en la que, para mayor confusión, nada tuvo que ver el tal don Hernán Perea de Contreras, sino don Rodrigo de Perea.

En nuestro caso, nos confundimos tanto que llegamos a creer que el rifle estaba mal. La culpa la tuvo un gamo, o quizá dos. Uno y otros salieron escupíos regateando las balas. Probamos y corregimos el visor en una piedra y, después de siete o quince tiros, volvimos a descorregirlo dejándolo como estaba.

Otros tres muflones quisieron luego ponerlo a prueba. Pero no dejaron sangre alguna sobre la blanquísima nieve delatora, tan sólo las huellas de uno que quiso separarse de los otros para hacernos sospechar su malestar cuando, en realidad, debió ser porque tendría cosas que hacer en otro sitio.

Otro par de gamos quiso también probar suerte. Y bien metidos en el visor, no se notó la química y el flechazo requeridos. Menos mal, porque desde otra vaguada descubrimos luego a un par de excursionistas enamorados que contemplaban los mismos gamos con sus potentes prismáticos. Y es seguro que no hubieran podido soportar el trauma del desmayo, el revolcón o el simple trallazo del 300 en aquellas soledades.

No es cierto que el tiempo se detenga en el vasto páramo de la Gran Pelea, pero invita a sobrecogerte cuando nieva y sólo crujen tus pisadas. La niebla te entontece y acojona porque piensas que si sigue nevando pierdes el carril, las referencias y la vergüenza. Pero ves que el guarda dice de seguir y te dices: él sabrá. Y es también él quien te ambienta y acojona al contarte nevadas traicioneras que se tragan en poco tiempo un coche entero, el refugio aquél y su chimenea y todos los pinos del cerro de enfrente. Y te dices, venga…

Por si nieva, los jabalíes andan de día por los Campos de Hernán Perea, seguramente confundidos también con las horas y las hambres. Y en eso estábamos, controlando una piarilla a cargo de un par de buenos machos, cuando vimos un muflón vigía en un testero con dos buitres de testigos. Había que hacerle una dificultosa aproximación y se le hizo. Seguro que malamente; de pino en pino, de piedra en piedra, entre piornos y poco más para taparse, algún enebro y espino albar tragados por la nieve y, por fin, una cañadilla a modo de dolina evolucionada hacia uvala alargada que estaba allí puesta como para que yo me arrastrara por ella.

El muflón que no era tonto se percató sobradamente de la maniobra, e incluso también de la presencia de mi hermano y el guarda que se quedaron atrás a la sombra de un pino. Con los prismáticos, para no perderse nada, comprobaban desde lejos mi torpeza a cuatro patas. Y arrastrando el chaquetón y las ingles por la nieve, sin sombrero, empapado en sudor porque el sol apretaba al asomarse entre las nubes, llegué a la sombra del único pino, amigo y cómplice.

Desde allí pude ver que la muflona seguía pastando en la inopia, confiada en su macho. Y éste, nervioso ya, la rodeó dos veces para llevársela, un par de intentos de decirle que hay que irse. Y, como siempre ocurre, fue su perdición. Por amor, fue alcanzado al primer tiro y fallado en el segundo a la carrera. Debió estorbarle la primera bala en la barriga, se paró a ver que era aquello y cayó al tercero. Su legítima volvió y correteó a su lado, lo miró dos veces y trotó pronto tras un suplente que, al tiro, salía de otra dolina que se las pelaba.

En el páramo más extenso de España, con el cielo tan plomizo y la luz tan rara, entre cuervos solitarios, la nieve fundiéndose, el sol queriéndose asomar y las nubes tan cerca, se vive de otro modo esta tragedia.








12 de marzo de 2014

Cuando nadie me ve


Se echa la veda y se apagan los versos, cuando nadie te ve… Y en el balance, detestas las filas de venados ordenados, el montón de ciervas destripadas, las hileras de cochinos de mayor a menor; y los últimos, despatarrados, con los ojos abiertos y las bocas cerradas...

Cuando nadie te ve… odias los horribles boquetes de salida, los ojos muertos, ciegos y resecos, las astillas de los huesos dislocados, las tripas reventadas, la pelambrera roja de sangre, la sangre negra de barro, la sangre sucia encharcada...

Es como un pellizco interior que se te queda, un regusto amargo que no llega a dar la talla del torpe arrepentimiento, porque el día está echado como querías, ni más ni menos.

Cuando nadie te ve… aborreces igualmente el marujeo, los corrillos del veneno, una mano en el bolsillo y en la otra el vaso largo, de plástico empañado, con cubitos que no suenan, como la crítica sorda y gris que tampoco tintinea, chabacana invariable, torpe y sucia como los charcos de sangre pisoteados.

Se echa la veda y se apagan los versos, cuando nadie te ve… Y es como una obsesión periódica mirar a ver si has sido o no enteramente leal. Debe ser un vicio importado de este oficio que ejercemos y nos obliga a una continua manifestación de lealtad que te deforma. Vicio se te antoja esta virtud cuando notas que eres leal con independencia de la calidad de la persona que ha depositado su confianza en ti. No quieres ser más leal con quien más se lo merece. Quieres ser pura y enteramente leal sin más, no sabes ya si por deformación profesional, por el mero placer de serlo o porque no sabes ser de otro modo.

Y acabas, cuando nadie te ve, envidiando a otros tan sanos, vacunados, inmunizados contra esta tonta enfermedad. 

Sueñas que cazas sin miedos, cuando nadie te ve, con amigos, sin envidias, con ilusión, sin trofeos, con ciega esperanza en la suerte, tan bendita cuando viene sin ayudas, sin la rabia semiautomática que nos contagia y amarga....

Valga la redundancia, sueño que cazo con amigos, cuando nadie me ve.






3 de marzo de 2014

Dulcineo


Le puse ese nombre porque es del Toboso, un pollo del año pasado sin probar. Pero la otra tarde, en Los Monasterios, viendo su hondura y coraje, me dije de ponerle “Camarón”. Luego, al salir del puesto y ver, o creerme, la dulce alegría con que me recibía, decidí que el nombre estaba bien puesto.
Fue colgar y arrancarse bajito y tímido, como no queriendo romper el silencio de la sierra. Costaba escucharlo claro sobre el murmullo del regato próximo al pulpitillo, pero elevó el tono en cuanto oyó lejana una respuesta, lo justo para hacerse entender sin poderío ni estridencias. Recatado y humilde, siguió reclamando embuchados, para adentro. Y siguió, y siguió, reprimiéndose las ganas y el valor… hasta que se le escapó un piñón.
Fue como un regaño modesto y suave, suficiente para provocar un silencio largo que achaqué a la carrera de quien quiera que fuera el campo que venía con prisas. Quise imaginar que el legítimo dueño de aquella silleta venía de callada apeonando cuesta arriba. Y acerté. A tres lenticos, debió pararse para recuperar el resuello y entonar un poderoso canto de cañón. Suele ser el momento definitivo, la amenaza decisiva para que la jaula calle y tiemble, como yo mismo temblaba ya abrazado a la escopeta de mi abuelo.
Se equivocó Dulcineo en ese crucial momento. Según los cánones, debió seguir dulce y dócil para no abortar la discusión. No supo ser persuasivo, fraudulentamente cobarde. No supo mentir. Se le escapó la verdad y mostró lo que en realidad era, una fiera enjaulada.
Sin alambrear, como es seguro le pedía el cuerpo para intentar salir a campo abierto, sin aspavientos, sin mover una pluma, se fue ahuecando, como yo mismo. Llenó la jaula, como yo el puesto, y respondió con un vigor destemplado, peligrosamente desacorde y enérgico. Pero no fue suficiente su exceso y el del campo, en lugar de recular o seguir allí parado tanteando hasta dónde llegaba la mentira, se echó a correr hacia nosotros y apareció de pronto en la silleta, enmoñado, arrastrando las alas.
Es ese el momento en que tiembla la escopeta, la mueve el corazón y no aciertas ni a quitar el seguro.
Para verlo bien, le dio tres vueltas al lentisco. Por lo mismo, Dulcineo se fue girando en redondo sin mover una pluma, dando del pie, recibiendo otra vez con mansos cuchichíos hasta que se le paró de frente. Se le subió a una piedra para coger brío y falsa apariencia, mostrando enjundia y poder sobre la silleta y la sierra entera que decían de quitarle. Y conteniéndome las ganas de que aquello durara la tarde entera, sólo los dejé dos mágicos minutos discutirlo en su idioma, tan hermoso.
Ni ellos ni yo mismo escuchamos el tiro. Hago memoria y sólo recuerdo el torrente de plumas flotando bajo el pulpitillo, el responso, los piñones, la dulce borrachera de Dulcineo y la hembra que, sin revolarse, se fue alejando rajeando su soledad.
Luego, cuando salí del puesto hablando solo, le llamé “Camarón” y fui a ponerle la sayuela. Por tener ésta tres iniciales negras, me acordé de su dueño. Y en eso estaba... cuando me picoteó los dedos entre los alambres… y me titeó lo que fuera, con tal dulzura que decidí que el nombre estaba bien puesto. 
 
 

21 de febrero de 2014

La Presilla


La Sierra del Agua, claudica en Tíscar de golpe y porrazo. Sin medias tintas, la misma carretera separa Cazorla, caliza pura, del secarral. A un lado, la magia, el pino salgareño, enhiesto y despeinado; y al otro, la degeneración del tomillar, la tragedia lunar.

Pero antes, las faldas de La Presilla y La Bolera sujetan la sierra contra el espinazo del Puerto de Tíscar. Y allí fuimos nosotros el otro día a sujetar también a tres buenos amigos y a una conocida de vista: José Ignacio y Paco Ramos, Joaquín del Arco, y una tal Amaya, prima hermana y heredera universal de la extinta Egmasa, que en Gloria esté.

Poco antes de nuestra visita, los moros asentados en el Castillo de Tíscar vieron a los cristianos venir. Y por ver si dejaban de trepar aquellos cortados de vértigo, arrojaron por las almenas la imagen de la Virgen María. Cayó la Virgen hasta la Cueva del Agua, al pie de la fortaleza, pero volvió hacia arriba. La tiraron de nuevo y subió otra vez. Y tantas veces lo hizo que Mahomad Andón, enfurecido, la rompió en mil pedazos con su alfanje. Y tuvo que ser Pedro Hidalgo, un simple escudero del Maestre de Calatrava, quien escaló y ganó la Peña Negra con las uñas en carne viva. Degolló uno a uno a cada moro, arrojó los cadáveres al vacío y se echó a dormir.

Y allí mismo, el sábado, en la Cueva del Maquis, enfrente de la Peña Negra, plenamente dispuesto a cumplir mi cupo de un ciervo, dos muflones y dos gamos, sólo maté una cochina… Y si me echo a dormir me la quitan.

Antes de soltar los perros, vi el bulto negro y rojo en la maraña de pinos y se perdió. Al momento otro trasluzón y también se perdió. Y me dije, de la tercera vez que te vea no pasa. Y así fue, entre dos matas, me enseñó un ojo, la oreja y medio cuello, y allí mismo puse el punto rojo. Cinco minutos estuve mirándola, sin verle la boca, creyéndola macho, enamorándome de ella, de su rojo pelaje de invierno y del vaho que le subía por las orejas. Al tiro, se desplomó en un murallón y de él se arrancaron tres cochinos a correr. Luego en el rastreo, torpe de mi, pensé que se había ido con sus amigos y, sin sangre alguna, seguí sus huellas en la nieve. Pero no, había tomado el camino de la muerte, cuesta abajo por aquel laberinto de monte, donde más tarde la cogieron los perros. Fui a bajar creyendo que era otra que Pacho había pinchado y me encontré a un podenquero con su walkie: la cochina está ahí y poco más allá un gamo, no baje que esto está pa escoñarse. Pensé que el gamo era del puesto de al lado y me alegré porque son amigos (eran). Y luego, como no encontraron el gamo, quisieron quitarme la cochina. El caso es que yo, cuando vi que a uno de ellos se le fue poniendo cara de Mahomad Andón, se la ofrecí; pero no la quiso, te la metes en los güevos, me dijo. Y ahí andamos, de pleitos cada día, insultándonos por el watshap y perdiendo uno el poco prestigio que tenía.

No pude dormir aquella noche como durmió Pedro Hidalgo, pero de eso no tuvo la culpa la cochina ni Mahomad Andón, sino un tal Anastasio que, sin solución de continuidad, me fue invitando para que yo lo invitara; con la ayuda del Vacas, el Maquis, Peter Pan y otros cuantos que se fueron poniendo borrosos.

11 de febrero de 2014

Febrerillo el Loco



Llega este año Febrerillo haciendo honor a un sobrenombre que se pierde en la memoria. El apodo es mucho más antiguo que las causas que ahora se barajan porque Febrerillo, rebelde con causa o sin ella, está como una cabra desde siempre.

Sin embargo, el otro día, en el 3 del Carril, no era locura. Era, con toda naturalidad, una ciclogénesis explosiva, así de fácil. Y su causa, evidentemente, todo el mundo lo sabe ya, el efecto invernadero, el calentamiento global, el forzamiento radiativo o cualquier otro castigo divino de los muchos que se estudian y propagan para mantenernos lo más acojonados posible.

Y en eso estaba yo, acojonado, viendo llover tan raro, cuando decidí montar el superparaguas que no sé si compré a principios de temporada, o me regalaron, pues todavía no me han puesto la cuenta. Mi amigo Toni, me regaló el soporte, un pincho que llevaba un año en el maletero sin servicio… hasta que el otro día, empapado ya, caí en la cuenta y me dije de estrenar el sombrajo de Decathlon.

El caso es que, una vez montado, quedó tan bonito, que me fui al chaparro de al lado para verlo mejor y mojarme más. Y en esto se me presentó al galope un buen venado que se fue derecho a él. Al verlo, dio un respingo y un brinco espectacular, giró en el aire, clavó las manos en el barro refrenándose y… Me quedé embobado pensando que había merecido la pena el madrugón sólo por disfrutar el poderío y la agilidad del brutal regate… si no fuera porque a continuación, con los ojos desencajados y mirando el paraguas sin verme, se vino derechito a mi y tuve que abrazarme al chaparro para que no me desgraciara.

Otros cuatro venados me entraron luego por el mismo sitio y con parecidas reacciones de espanto frente al tenderete. Y olvidándome ya de la ciclogénesis y sus causas, concluí que había sido el mejor puesto de la temporada, si no fuera porque… desayunando se decidió no tirar venados. 

Al quitarnos, todos me decían lo mismo, lo de siempre, pero al oído: “haberlos tirado”; de lo que deduje las ganas que todos tienen de echarme del coto. Sólo entonces caí en la cuenta de la ocasión perdida. En fin, un prestigio del que no podré presumir: el orgullo de ser expulsado, evidentemente a hombros, por matar cinco venados.

Menos mal que Paco Ramos se ha preocupado por enriquecer mi curriculum venatorio y me ha llamado para decirme que tengo puesto en la Presilla para el sábado, con garantía de cinco machos, alguna nieve y, por lo menos, los cubitos del trasnoche. Y al día siguiente, para decirnos condiós, la Bolera, despedida y cierre de un año que acabamos convencidos de que el próximo será el bueno, si nos dejan. 

27 de enero de 2014

Por don Antonio

 

Don Antonio Vacas, tan discreto, tan en su sitio, tan enemigo de la primera fila, se nos murió ayer, tan sin ruido… que costó trabajo encontrarlo a oscuras, de noche ya, entre las jaras, mirando al cielo.

No hizo frío ayer hasta la noche. Llegó con los últimos rayos de sol para llevárselo sin luz, solo, sin que nadie sepa qué fue lo último que pensó y sintió.

Debió arañar instantes antes con los dedos la tierra roja de esa sierra. Tuvo que llevarse alguna entre las uñas... Y a cambio, su sangre derramada se hizo piedra, absorbida, manchada, sellada… Y lo logró sin darse cuenta, ser sierra para siempre.

Descansa en paz, don Antonio, en tu sitio, sin ruido. 

Donde quiera que llegues, darás los buenos días, bajito, mirando al suelo, deslizándote discreto hacia la lumbre, para arreglarla, un palo aquí, otro allí…

Que no se note que has llegado. Y sin embargo, que se sepa pronto que cada ascua está en su sitio.

18 de diciembre de 2013

Cerrajeros, el mejor sitio del mundo


Es la típica frase exageradamente chauvinista, con la que hoy aspiramos a provocar alguna sonrisa de buena fe. Y la carcajada, si añadimos que no lo era todavía el domingo pero lo será en unos días gracias al agua que ahora mismo está cayendo; mansamente, sobre las piedras y el pasto sediento, bebida ya toda la sangre derramada.
 
Dicen los sabios que las ideas duran poco y que hay que hacer algo con ellas. El otro día, se agolpaban demasiadas en nuestro escaso almacén mental y se iban yendo la mayoría. Llegaba una, genial, y nos erizaba el cogote, pero empujaba y desahuciaba a la anterior. Y hoy miércoles, apenas quedan un par de ellas.
 
Bajábamos emocionados por el mejor carril del mundo: la Traviesa de la Casa, camino del pantano del Jándula, entre Los Burracales y Los Escoriales, Cerro Bermejo y la Loma de los Majuelos sobre el Encinarejo de San Miguel. Y al fondo, el Jándula grande, abierto, dormido en el vaso azul de la sierra, pizarra y granito puros, espejo de Valtravieso y la Virgen soleada, al otro lado del agua embalsada. La mejor agua y la mejor sierra del mundo, insisto, en torno a la única Virgen verdadera.
 
Para que lo oyera su hijo y aprendiera lo esencial, se quejaba mi compañero porque desde el puesto número tres se perdía ya de vista el Cerro del Cabezo, y el nuestro era el cinco. No quiero entretenimientos ni despistes, le decía yo. No podemos permitirnos el éxtasis del paisaje, hay que estar atentos. Y por eso mismo, no sacamos los prismáticos de la mochila. Y el catrecillo, y esa cosa horrible que se llama trípode, se quedaron allí abiertos, adornando el puesto, para nada.
 
Las ideas duran poco y hay que hacer algo con ellas ¡Pronto, que se van! Y se iban porque no había tiempo más que para vivir intensamente el instante. Llegaban como los jabalíes: de golpe, poderosos, desbocados, con los perros detrás… y se iban cuesta abajo. Sólo uno escaló unas piedras y otro remontó un arroyo. Los demás, corrieron hacía el imán del Jándula, sabios y puros ¡Qué diferencia con los de...! ¡Qué gloria saberlos nuestros, todavía, sin los collares del lince! Fue la única mala idea que se nos quedó grabada y hoy podemos recordar, aunque también la pésima del lance que a continuación relatamos tal cual, conforme se nos ha rogado. Vaya así por delante nuestra torpeza desvelada, en compensación por las fotografías que, con tanto desvergüenza, también exhibimos.
 
Se descolgó de la solana de los Burracales con la sola música de las ladras, que ya es bastante acelero. Venía recién desencamado, sin haber oído trueno alguno todavía. El primero que escuchó fue el mío, viéndole ya la boca negra abierta y alguna leña blanquear. Por eso mismo fue fallido. El segundo también fue mío, igualmente exaltado, sin temple y erróneo, pero sirvió para que variara el trayecto y se nos presentara, rectilíneo a media cimbra, en el pecho de enfrente. Y el tercero también fue mío, bien apuntado, corrigiéndome y corriéndole la mano lo justo; y sin embargo, también se lo bebió el pasto. Al igual que el siguiente de mi compañero que, creyéndolo tocado, quiso rematármelo y facilitarme humillantemente el cobro, pero tampoco acertó.
 
Y ya perdiéndose, fue el cuarto mío el quinto que oyó y sintió por fin, a un tiempo, atravesarlo entero desde atrás… Giró roto hacia el arroyo. Y allí murió, en el agua, sin poder gruñir ni bregar siquiera con los perros, que había logrado perder y seguían dichosos la carrera con la esperanza de encontrárselo derrotado, empapado, horadadas las entrañas, muriéndose solo.
 
Y así fue. Así de simple y tontamente, pero por algo será que lo escribo. Debe ser para que no se me olvide nunca, debe ser porque las ideas duran poco y hay que hacer algo con ellas, aunque sea el tonto. Pero también, sobre todo, porque tengo un par de amigos medio enfadados que dicen, insinceros, que se han ido acostumbrando a leer estas tonterías ¡Va por ellos y sus abrazos!

3 de diciembre de 2013

Prohibido tirar a los visos, es un decir


Pasada la berrea, conforme la mancha va cogiendo su punto álgido, el venado viejo barrunta el peligro y, poco a poco, un día sí otro no, va trasladando sus encames más próximos a las lindes. Perfecciona sus estrategias, la ciencia está en los genes y no tiene otra cosa que hacer que calibrar y olisquear los trayectos de huida.

La mancha se va atestando de reses y arrecia el peligro. Le molesta tanta muchedumbre en sus rincones de siempre, siente el vigor de los nervios hervir, pasa la noche entera venteando y poniendo al alba oído, porque es a esa hora cuando el polvo del viento le trae las noticias que teme.

Esta noche, ha estudiado los cien metros del vallecillo, los quince segundos que empleará en cruzarlo al galope, la línea de chaparras que sale de él y lo tapará entero hasta el cerrete de la linde, el medio metro de cuernas que no podrá ocultar, la jara más rala de los últimos pinos y, en su caso, la cerca que habrá de saltar limpiamente sin pararse, ni alambrear como un horquillón.

Y a la noche siguiente, cambia el trayecto, los chaparros y los visos. Ya no les valen. Con el frío, una piara nueva de cochinos  se ha arregostado a encamarse en la solana y, cuando den con ellos los perros y los tiros, será el momento ideal para escurrirse en dirección contraria, cruzando el arroyo hacia la otra mancha, de la que logró escapar el año pasado con los primeros tiros de los más de doscientos que escuchó desde aquí.

A riesgo de equivocarnos suponiéndole una inteligencia que no es tal, nos ha gustado siempre imaginarlo exageradamente así, incluso con otras variaciones oníricas inconfesables, líricas, imposibles. Y sin embargo, se te hacen realidad cuando, con el rifle en las manos y sin ocasión de apuntar siquiera, lo has visto, sin verlo, correr de mata en mata y perderse para siempre.

Son muchos años ya fraguándose en los genes el riesgo de correr por un limpio, el pampaneo cuando se esturrean los cochinos, los trallazos entre las patas, el polvo y las piedras reventadas y, entre las cuernas, el terror de las balas silbando. Y, cosa rara, las carreras de las ciervas y sus silencios… y el cese de los tiros en los visos.

Hace un par de días, en Pozas Nuevas, un gamo y dos venados cogieron el mismo viso. El error del último estuvo en no husmear la lección que nos dieron los dos primeros.

Espérate, no tires, tiene que rebajarse o arrolla esos pinos. Ahora, ahora, ahora entierras completamente la bala. Y así fue, pero, partido en dos y sorprendido por la parálisis, el venado volvió al viso herido y se quedó allí, parado y en pie, mirándonos un buen rato que se nos hizo eterno. Sabía, es un decir, que no era el sitio para un tiro de remate. Sólo la pérdida de vigor y los temblores, le hicieron rebajarse lo justo a trompicones. Ahora, tiene que ser ahora.

El fallo de tanta sabiduría montuna radica, es obvio, en que el venado no sabe todavía, lo está aprendiendo, que no todos los monteros son hoy Eduardo. Está escuchando ya demasiadas balas silbar, siete o quince, al viso y a cálculo, en el mismo lance. Es un decir.

Y entre tanta bala perdida, pocos venados llegarán a viejos, por falta de tiempo de hacerse a la estúpida ansiedad del montero nuevo. Es un decir.
 

14 de noviembre de 2013

La Cuesta del Gatillo



Con más o menos acierto, hemos venido intentando contar aquí nuestras propias preferencias en esto de la caza y el campo. Incluso las hemos exhibido sin tapujos, como si careciésemos de algo tan esencial como es la modestia, la vergüenza o el decoro. Y las hemos repetido quizás en exceso, como si fuéramos maestros y nos fuera la vida en hacer escuela sobre algo que ignoramos y aprendemos cada día.
 
Y así, sirva sólo como ejemplo, hemos alabado desde un principio el nacimiento y los primeros pasos de MT, su extraña lista de espera en estos difíciles tiempos, sus éxitos y la calidad de las personas que se iban, que venían y se quedaban. Pocas veces, o ninguna, hemos hablado de sus fracasos, sencillamente porque no lo eran, o no lo han sido hasta la presente. Pero en MT se falla, claro que sí, exactamente igual que nosotros fallamos un marrano.
 
Lo que pasa es que es otra cosa lo verdaderamente importante, a nuestro raro entender. Sirva de nuevo como ejemplo el otro día en la Cuesta del Gatillo: Tras dos horas en el más absoluto aburrimiento, el charabasqueo que escuchamos venirnos por detrás, el silencio cuando entró al arroyo, porque los tamujos no sonaban ya como las jaras; de nuevo, el gachuleteo cruzándolo; y, otra vez, el trote corto y vigoroso, las pezuñas rechinando en las piedras y despertándonos, que hasta dentera nos estuvo dando hasta que apareció, visto y no visto, entre las espesas matas del cerro de enfrente.
 
Y venga, vámonos con él, cuatro tiros entre lentisco y lentisco… Y otra vez el silencio de la sierra tensa y quieta, como retratada, los nervios, la ansiedad, el mirarnos encogiendo los hombros y preguntándonos a nosotros mismos y al rifle qué ha pasado, el registrar el monte de puntillas… Y una hora después, los dos tiros que con que lo remató, noblemente y creyéndolo entero, Pepote Castellano en el puesto de al lado.
 
No, la descripción no es completa, ni siquiera bella como quisiéramos. Hemos omitido la soñarrera que teníamos hasta que apareció ese cochino, las dudas, nuestra propia torpeza… Y la de los perros para sacarlo del lentisco donde estuvo refrescándose, bebiéndose la sombra y la agonía, recuperándose para afrontar su última carrera. Y muchas otras cosas del antes, del durante y del después. Y especialmente, la magnífica noche anterior entre amigos que no sabemos si a alguien importa.
 
Y viene todo esto a cuento de que de nada sirve lo que aquí escribimos, dicho sea con el debido respeto a quienes nos leen esperando leer lo que leen, y también a quienes esperan leer otra cosa. Comprendemos que vivimos tiempos de críticas,  reivindicaciones, protestas y quejas hasta porque no llueve. Pero aquí no, no hay gato encerrado. Escribimos porque sí, lo que nos da la gana. Y muchas ganas nos da decir que disfrutamos casi lo mismo cuando no matamos nada. Seguramente sea un grave defecto nuestro, tan grande como la virtud de quienes nos dan de comer y nos organizan la mañana y el sorteo; nos ponen y nos señalan el tiradero, dejándonos claro que será cosa nuestra todo lo demás, gracias a Dios.
 
Y es verdad que lo que queremos es cazar y no hacer amigos, que los verdaderos se cuentan con los dedos y no tenemos ya edad de hacerlos nuevos. Lo que nos gusta es cazar, sí, sólo cazar, pero no sabemos hacerlo ni contarlo de otro modo.

1 de noviembre de 2013

Cazar solo


Hay días, como hoy, en los que no hay más remedio que cazar solo. Madrugas menos y cuesta echar a andar sin que nadie te alimente la afición y los nervios.
 
Cuesta decidirte y arrancar, pero es la gloria cazar solo sabiendo que tienes por delante, igualmente sola y tuya, la mañana.

Al principio, sin otra cosa en la cabeza que perdices. Y luego, cuanto más largas van saliendo, se te agolpan otros pensamientos con los tiros y no das abasto. Cuesta ordenarlos, preferirlos, escogerlos y descartarlos… Y es fácil que se te vaya el santo al cielo y te pille desprevenido la primera perdiz que se arranca de los pies, repullada, vibrando y disfrutando tu acelero.

Cazar solo, sin hablar, cuatro o cinco horas a tu propio ritmo, dosificando el esfuerzo y las ganas.

En media hora, empiezas a sentirte cómodo y solo. Te reconcilias con el sudor, te conformas contigo mismo al frente y a los lados…

Son más duras las cuestas arribas. Es otro el campo, el barro y los arroyos que dudas en cruzar. No tiras una perdiz revolada, todas son tuyas desde el primero al último vuelo, tuya es la estrategia y la torpeza, tuya la miseria de la trampa y tuya la gloria y el esfuerzo…

Cazar solo, no es mala terapia para quienes estamos ya tan hartos de nosotros mismos.

16 de octubre de 2013

La calidad


En Fuente Obejuna, en el Romero de Torres, sin cara de sueño alguna, con la ilusión en los ojos, los monteros desayunan. Y de su explanada, todavía a oscuras, las armadas fueron saliendo todas a una... Pero en llegando al puesto, clareando el día, se nos acabó la poesía.

De Jaén dicen que son, marujeaban las reses vaciándose, desesperadas, hacia las fincas vecinas. Y comenzó el tiroteo…  Y a las once y pico, derramada la ilusión, abordamos la crucial tarea del marcaje. Nos faltaron papelillos. Y sobre la una, frente al manjar de los Villenes, otra vez todos a una (Con la excepción de los Vacas porque se les escacharró la fragoneta que estrenaban y, en los postres, hubo que ir a echarles un cable, que obviamente se quedaron).

Y desde El Valle, de un salto, a la Venta del Charco, para sufrir una plácida tarde cafetera, tertuliana gozosa y cubatera contenida. Y sin descanso ni resuello, al aperitivo de un sorteo que fue alargándose hacia la magnífica noche de gala y aniversario por la quinta temporada que abríamos desde el debut de Hatoblanco. Y así, recordando algunas bajas temporales y entrañables, se fue embrujando la noche, sin tregua, hasta la madrugá por bulerías, cuyos ecos algunos sólo pudimos escuchar desde la cama, derrotados. Pero sufrimos aún hoy los testimonios que alguien grabó en secreto para la posteridad: al baile, las gráciles cinturas de avispa de Poncho y Popi, con movimientos imposibles para el que no lleve en la sangre el garbo minero de las Nuevas Poblaciones, el salero colono, el duende teutón de La Carolina y las minas.

Y es por todo eso que al día siguiente, en la Cañada del Melonar, llevábamos puestos todos los aliños necesarios para que siete podenqueros nos hicieran la ola. Fue por poca cosa, por quedarnos con un cochino, en su sitio, tras dejarlo correr hasta donde se sintiera seguro. De milagro lo matamos, pensamos aún hoy. Pero con los vítores del cerro de enfrente, acabamos en el puesto, vergüenza da decirlo, hablando solos. Es ese estúpido orgullo que dura unos segundos,  con el cochino a tus pies. La tonta sensación épica de haber hecho algo que no es de este mundo. No hace falta que nadie nos recuerde que no tiene ningún mérito. No es nada extraordinario, lo sabemos, pero con la mediocridad que nos caracteriza lo escribimos para alargar y paladear el deleite de esos instantes irracionalmente sublimes, la bestial pureza de un lance que se nos escapa aquí con una soberbia seguramente enfermiza. Pero, salvo al  cochino, a nadie estorba, importa ni incomoda esto que uno escribe convencido de su ordinariez.

Todo es también normal y ordinario en MT, salvo la vecindad del puesto. Y lo decimos sin rubor: Fito, Anastasio y al frente Juan Morales; los Vacas, Lázaro, Pedro León y Ángel más abajo. Es mi lista de vecinos de esos dos días, pero cualquier otra nos hubiera servido lo mismo. Ahí está el mérito, que no se nos olvide. Ahí está lo extraordinario de MT: a izquierdas, a derechas y al frente en la traviesa… Ahí está, a tu alrededor, la calidad. 
 

10 de octubre de 2013

El Cencerro (2)


 
Pisaba siempre el acelerador a fondo al coronar la última cuesta del Cerro Ceniciento. Al llanear, el viejo Barreiros parecía descuajaringarse en un vaivén de crujidos nuevos. Era como una galope largo y desahogado hasta el final de la recta. En el borde de la cuesta abajo, apagaba el motor y eran otros los sonidos en la cabina. Cesaban los metálicos, apagados por el crujir de las maderas y las ruedas, el rumor de las chinas en las curvas, la ventolera del toldo y el rugir del viento en los pinos.
Me encendía entonces un puro, cuando tenía, que me duraba hasta Martos; trompetero granaíno, de los que compraba cuando iba a por chopos, a perra gorda la docena, en las huertas de la Vega. Se me apagaba en las rectas porque se me iba el santo al cielo a todo gas. Y en las curvas, cuesta abajo, al volante las dos manos, lo iba animando con caladas cortas hasta que me daba la tos. Lo dejaba entonces apagarse, pero seguía mordiéndolo hasta divisar los cerros que rodean mi pueblo.
Al pasar la Loma Negra, que yo le digo, porque a toda la sierra tuve yo luego que ponerle nombre, se veía el Castillo blanquear, recostado en la umbría de los tajos. Lo encendía entonces otra vez con el mechero de yesca que buscaba en el cajón de las herramientas. Me costaba encontrarlo a tientas entre tanta tuerca, hierros y miseria que allí tenía, y un día tuve que entrar al Castillo de Locubín con el puro apagado. Ese día no tiré del cencerro para sonarlo, como siempre hacía desde las primeras hasta las últimas casas del pueblo. Pasé Alcaudete y tuve que parar a la sombra de las Moreras del Moro para buscar la maldita yesca, hasta que la encontré en un amasijo de grasa y algodones negros. Y fue al llegar a Martos cuando tiré de la cuerda del cencerro, escandalosamente, todo lo que no había tirado antes.
A quien lea estoy hoy le costará entender el silencio de los pueblos de entonces. No había ruido alguno, ni siquiera en los grandes como Martos. Un camión era un espectáculo y la bocina a todo trapo despertaba los ánimos. Relinchaban las bestias, aullaban los perros y el pueblo entero parecía resucitar.
El Barreiros llevaba más de diez años sin bocina. Se la quitaron una noche en Torredonjimeno. Al salir del bar La Parada, me extrañó ver un tornillo caído junto a una rueda, metí una mano a oscuras por detrás del faro y me encontré el soporte vacío. Regresé al bar maldiciendo y el dueño, compadre de mi amigo Yeguas el Marteño, me dijo: ponle un cencerro. Y me indicó con los ojos la pared donde había uno colgado junto a una hoz. Lo cogí y lo puse en la barra. Me echó otro chato de vino y me lo bebí de un trago. No me dejó pagarlo y, sin  una palabra más, dije condiós y salí con el cencerro en la mano. Lo eché sobre el asiento y me fue gustando cómo sonaba en cada bache hasta llegar a mi pueblo. A la mañana siguiente, clareando el día, antes de arrancar y salir para Valdepeñas, lo reaté por encima del parabrisas con dos alambres y una tomiza de cáñamo para tirar de ella desde la cabina.
Los mismos alambres y la misma cuerda tenía cuando, más de veinte años después, bajé una noche al pueblo. Al saltar una tapia, me pareció ver el camión en el corralón de al lado, comido de cardos y jaramagos. Tuve que saltar otra tapia para acercarme a él. Le di un par de vueltas reconociendo y tanteando los bollos, los raspones y, todavía, el cencerro. Abrí la puerta y subí a la cabina, donde había nacido también la hierba. Un par de horas estuve allí sentado, fumando y recordando el tiempo que hacía que había dejado de ser Tomás y el motivo… de ser, desde entonces, “Cencerro”. Se me apagó varias veces el puro y lo encendía, como siempre, con el miedo a la llama delatadora que ilumina el rostro. Cuando lo acabé, me bajé del camión y no hice ya, porque no era hora, la visita concertada. Era tarde y, por los mismos pasos, me volví a la sierra.
Son precisamente esas dos horas las que quieres que te cuente. Veinte años en dos horas. La mayoría de ellos tirado al monte, la mitad huyendo de los civiles y de mi mismo.
Dices haberte criado divisando a lo lejos mi sierra. Te crees por eso en el derecho de desbrozar las leyendas censuradas que escuchaste en voz baja. Veinte años en dos horas, me dices. Y me prometes, no inventarte una coma ni un suspiro que no salga de mi boca. Toma nota.

21 de agosto de 2013

Media veda en doña Eva


Media hora tardas en calzarte las botas; por las arrugas nuevas y los retorcimientos de la calor, ingobernables y rígidas, frente a la placidez de las chanclas.

No habías podido dormir más que otra media hora imaginando el amanecer en doña Eva, el sorteo rápido, el café "bebío", el acelero camino del puesto… Organizarte en él, acomodarte, esturrear los bártulos, registrar el cielo, beber de la cantimplora a caño, a oscuras y a cálculo… Y el escalofrío del agua derramada en el pecho.

Por las nubes, la aviación enemiga en formación. Su dulce aleteo, los avisos del vecino con silbidos sutiles… Y el mareo cervical, el pescuezo girando ansioso a derechas y a izquierdas; buscando brusco, la nada azul, por delante y por detrás.

Acariciando disimuladamente la culata, empiezas a envidiar los primeros tiros lejanos, esa suerte prematura de algunos que nunca tienes. Y por fin, los primeros tuyos codiciosos, al aire.

Apenas clarea el día cuando empieza el desfile. Pasan de largo las primeras cuadrillas en piquetes altísimos. Son vuelos de reconocimiento, piensas, y te vas haciendo a ellos adelantando exageradamente los tiros. Aciertas de vez en cuando y caen algunas de tirabuzón, con aleteos en caracol. Son bucles azules que bajan del cielo a tus pies...

Te emborracha el leve crujir de la jara seca, los gloriosos pelotazos… Y las primeras tórtolas rateras te cogen desprevenido, absolutamente embobado. Sus zigzags de vértigo, la impotencia del cuello entumecido, los cartuchos que no encuentras tan pronto como antes y el sombrero que te estorba y se te cae; te hacen rehacerte de nuevo, olvidar los aciertos del alba, perder la altivez y reconocerte tan torpe como en realidad eres.

Piensas que un simple ejercicio de relajación de cintura y hombros te afianzará de nuevo los pies al suelo. Te empleas a fondo, a riesgo de que alguien divise el tonto braceo. Pero enseguida aciertas alguna tórtola al frente, por casualidad; alguna otra que te quita el sombrero a izquierdas y una rauda trasera que ni apuntar pudiste y cae de milagro.

Te creces. Pero otra torcaz entra navegando de pico, se atraviesa pesada y lenta, flota en el aire, te saca tres tiros y se va sin soltar una pluma.

Con la escopeta vacía, la ves que gira, pasa a tu lado y se recrea. Te enseña el collar, sus manchas alares y el pico todavía mojado del agua del Rumblar.

Bracea, te rodea, parece que se para un segundo en el aire. Y escuchas que bisbisea, como arrullándote: la leche que te han dado...

23 de julio de 2013

¡Vamos con él, Manolo!


Mi amigo Manolo no era amigo mío. No me llegó por su propio pie, sino de la mano de otro amigo. Así visto, parece cosa rara, pero párate a analizar cualquiera de tus amistades y verás que es precisamente eso lo que suele ocurrir casi siempre. Me atrevería a decir que los mejores amigos suelen venirte prestados. De hecho, hay que cuidarse mucho de los que tú eliges o te llegan, como antes decía, por su propio pie. Sin embargo, cuando es otro amigo quien te lo trae sin querer, está claro que ya le ha hecho las pruebas oportunas, te lo presta y lo asumes con la garantía de un rodaje bien hecho. Muchas veces, le notas a simple vista un marchamo de excelencia que te ahorra absurdos tests, exámenes y otras desagradables pruebas del algodón o de nobleza.
 
El caso es que a este Manolo yo lo conocía ya de antes, de cuando me venía de mi primo Pepe acollarado, o acollerado que para el caso es lo mismo diga él lo que diga. Entonces, ni siquiera éste era aún primo mío del todo, sino solamente amigo que ya es bastante en nuestro traidor oficio. Debo dejar claro, no obstante, que el paso de amigo a primo no es un ascenso a categoría superior. No, ni mucho menos. No todos llegan a ser primos, sólo unos pocos; lo cual no quiere decir que el amigo primo sea más amigo que el amigo a secas. No sé si me explico. Y como tampoco sé si me entiendo, dejamos para otro día los matices y estas extrañas calidades, pues no tienen mucho que ver con lo que sofocantemente se me está ocurriendo esta calurosa tarde de julio ¿O sí? No sé, ya veremos.
 
El caso es, decía, que este Manolo me parecía un tío esaborío. Se quedaba siempre al margen de las conversaciones y las pocas veces que se inmiscuía era para opinar por encima nuestra, como sabiendo más que los dos juntos. Tardé en entenderlo. Resulta que él no hablaba entonces ni para mi primo ni para mí, sino para los dos a la vez. No sé si me explico. La cosa se fue arreglando en cuanto empezó a opinar para mí solo, o mejor dicho, cuando aprendí a ponerle oído del mismo modo. Y así fue como se lo fui cogiendo prestado a mi primo, sin robarle un ápice de cuanto tenían entre ellos cultivado desde antiguo…. No sé si me entiendo… En fin, por ahí andamos.
 
El caso es, repito, que me gustó lo que Manolo, siendo ya mi amigo, me relató el verano pasado sobre una espera que titulé “Manolo en positivo”. Lo escribí por aquí y no quedó nada mal. Me limité a transcribir sus sensaciones sin estropearlas. Es decir, no me inventé nada y de ahí su éxito. Por eso, al salir el otro día de vacaciones y sabiendo en qué riscas las empleará en su mayor tiempo, le rogué encarecidamente que este año lo anotara todo al detalle y que me lo fuera anticipando por partes, por whatsapp, facebook, correo electrónico o cualquier otro medio telemático y urgente, instantáneo y fresco, para no tener la tentación de inventarme nada y estropearlo. Es decir, al contrario que el año pasado, que me lo dictó todo en un chiringuito y lo fui garabateando en unas servilletas que acabaron manchadas de un aceitillo, nada parecido al de la jara. Y luego, al transcribirlas aquí días después, apestaban al par de kilos de boquerones que habíamos tenido que despacharnos en aquella sombra. Es de suponer que este año no vamos a tener la suerte de coincidir en tan sin par agüaero; pues, si difícil es coincidir en la sierra en estas asfixiantes fechas, más difícil es toparse con un cazador amigo en alguna de las atestadas armadas de nuestra infinita costa. Y mucho más difícil que no tenga prisas y que se avenga a contarte, relajadamente, una historia tan sugerente y tierna como la del año pasado. Y además, esto es ya más raro, que te pague los boquerones, las cañas y hasta los chupitos que tuvimos que echarnos para que se nos pasara el mal rato.
 
El caso es, reitero, que estamos ya acabando julio, yo estoy a punto de hacer las maletas no sé todavía hacia qué derretideros y mi amigo Manolo, que se fue el primero, no me ha mandado más que un breve y triste whatsapp. Se queja de que ha perdido ya varias noches tontamente y que lo tiene ya más que mediao un cochino que supone grande por los bufidos y regaños que le suelta cada vez más cerca. Eso es que le gustas, le tecleo rápido. Y me responde que sí, que la otra noche le rugió al frente, la siguiente a derechas, otra vez a izquierdas y, anoche mismo, a tan escasos metros de su espalda que se le descuajaringó el catrecillo. En una piedra, Manolo, siéntate en una piedra, le tecleé pronto con la endiablada aplicación instantánea. O bien súbete a una encina y te amarras las piernas, le añadí urgente.
 
En cuanto me responda lo pongo aquí tal cual, sin censuras; aunque con sangre, estoy seguro, y todo lujo de detalles, incluidas, es también seguro, las garrapatas.
 
¡Vamos con él, Manolo! Ten paciencia que este es bueno, lo notamos. Lo estamos soñando contigo.
 
Y ojo con la chusma. Que no cruja el Brno tontamente. Veinticinco tuve yo la otra noche en el visor y los dejé ir, harticos de comer y sin pagar, como a los falsos amigos que no son, o no quieres tú que sean, de tu talla.
 
Una sola bala y cuantas más noches mejor ¡Vamos con él!