Porque serán muchos los días recordando éstos que se van y había que aprovecharlos, vivirlos retenidos. Porque había ganas de cazar otra vez con ese grupo, Miranda, que siempre transmite y regala algo nuevo. Por la necesidad de compartir puesto e ilusión con quien cuentas con los dedos de una mano… Seguimos diciendo adiós sin despedirnos del todo.
Por todo eso, por tan poco, fuimos el sábado a El Risquillo con quince o veinte balas viejas en el bolsillo, sin otro ánimo que gastarlas con ciervas viejas, a echar una mano en la gestión y el día entre amigos. Y salió redondo.
Era el puesto menos comprometido de la temporada, del que sólo esperas el sol, la risa, el taco, la bota y la conversación cálida, siempre grata, con quien proclama humilde su vocación de aprender e ignora cuánto enseña.
Y ese puesto teóricamente relajado, de despedida, de balance y reflexión, nos trajo aventados un manojo de nervios y emoción, de tiros y lances para siempre, regalados.
Corría el aire, glacial, por la linde de Sardina. Y sin embargo, sudábamos de alegría por la forma en que nos fueron entrando las reses y por estar donde estábamos, en El Risquillo terrenal, símbolo y emblema de la montería pura. Tanto tiempo visto a lo lejos, rematando Andalucía; El Risquillo leído, soñado, intuido, idealizado, tan fuera siempre de nuestro alcance… como Cabeza Parda ayer.
Paraísos prohibidos a nuestros pies, donde no sientes el frío y es liturgia llegar al puesto, estudiarlo, prepararte, mejorarte, poner oído, contener la respiración que te molesta, ensimismarte, suspirar, no aguantar más de un minuto sentado.
Son otros los perros que llegan y vuelven luego por sus pasos en El Risquillo. Y suenan distintas las ladras y las voces en Cabeza Parda, bajo las madroñeras, tan crecidas y apretadas. Y son otras las carreras, y la jara y los sueños que se rompen. Es todo ceremonia desde que llegas hasta que recoges y enfundas el rifle, y te cuelgas el morral, y te diriges en paseo lento hacia el coche, demorándote a conciencia, acortando el paso.
Terminar sobre las tres, seguir un rastro, marcar una res, agacharte con pose y gesto de experto, ponerte en cuclillas en aquel laberinto de coscojas para registrar unas mínimas gotas de sangre en la trama del pasto enmarañado… Rodear un lentisco impenetrable, apartar con el pecho una madroña y meterte dentro, en el centro mismo de la mata, sin prisas, donde no da el sol ni el aire. Acariciar el tronco de una encina con la mano abierta y sentirla viva. Abrazarte a una mata espesa de jara que te traba los pies… Y sin querer, caerte de rodillas sobre ella oyéndola crujir. Y sin querer, quedarte allí un buen rato, así… de rodillas, en silencio, sin querer.
Y sin querer, llegar el último, siempre el último, a comer.




