15 de diciembre de 2014

Los Picos del Guadalmena


Puede ser que fuera que no tiramos las dos ciervas. Puede ser que fuera que venía con ellas, que se paró y que puso oído al trote hasta escuchar que se asomaban, reculaban y nos rodeaban sin más ruidos. Puede ser que fuera que registró en su mente la seguridad del collado y, una hora después, decidió que esa era la mejor huida. Todo puede ser. En la sierra, cualquier cosa puede ser.
Estaba yo subido en una piedra, cuando lo vi llegar por la izquierda. Enmontado todavía, mi compañero tiró. Salió al claro. Y tiró otra vez. Y otra más. Y me fui con él. Y al segundo tiro se sentó de culo. Debí echar un pie atrás y pisé el vacío. Con el rifle en una mano y, extrañamente, el cerrojo en la otra, caí sobre la otra piedra más lejana que mi torpe bota había buscado. En el aire, pensé que me desnucaba. Pero no, fue sólo la espalda la que recibió el golpe. Recuerdo a cámara lenta la caída hasta quedar inmóvil bocarriba y el inmediato salto como un resorte.
Tírale, remátalo, pude gritar a mi compañero en cuanto me subí a la misma piedra. Pero no lo veía, se lo tapaba la copa de la única encina del escaso claro. Seguía allí, sentado de culo, dudando y analizando quizás qué era lo que pasaba y de dónde venía. Como pude, metí una bala y el cerrojo en su sitio. Mientras tanto, se revolvió y fue a meterse en el mismo monte por donde había venido, pero antes de perderse tiré el tercero. Y desapareció.
Vicente y yo nos miramos. Está ahí, tiene que estar ahí, muerto o muriéndose. Lo dejé unos minutos enfriarse y fui al sitio. Pero no estaba. Regresé al puesto y allí tuvimos que estar otra hora más. Lo perdemos, decía mi compañero. Te juro que no, no como ni duermo esta noche hasta que lo encuentre, le respondía yo inocentemente, ignorante de lo que pasaría después.
Recogimos a las tres y, estrenando el chaleco naranja que nos regaló mi tocayo González Quesada en Valdelosdoblaos, me fui a rastrearlo como un bombero con zahones. A cien metros encontré la primera sangre. Tan sólo una vez tuve que desandar y retomar el rastro, clarísimo en el monte roto y en la forzada trocha, pero intermitente en la sangre salpicada cada vez más en regadera. Llevaba la boca rota. Y recordé cómo en el segundo tiro, viéndole sólo la cabeza y el cuello pensé estúpidamente en la cuerna.
El rastro se fue alegrando y, creyéndolo próximo, me subía de vez en cuando en alguna piedra para registrar mejor los alrededores. La sangre, muy seca al principio, se fue refrescando hasta un rojo intenso que ya mojaba bien los dedos. Debió estar un buen rato parado y debió ser de allí de donde lo levantó un perrete y, a la ladra, acudieron otros. Qué lástima perdernos esa tragedia que luego nos contaron del monte partiéndose y los perros volando hasta llegar la rehala entera. Y sujetarlo, y soltarse y seguir rompiendo jaras dejando los perros atrás. Y sujetarlo y soltarse... y revolverse barriendo el monte con las cuernas... Y sujetarlo hasta perder todas las fuerzas por los agujeros de las balas. Y echarlo al suelo. Y destrozarlo en venganza, enrabiados por la lucha presentada y la leña repartida.
Todo eso fue abajo del todo, en el espesinal del barranco, al  pie de los Picos del Guadalmena. Y entretanto, yo seguía ingenuamente el rastro esperando encontrarlo bajo cualquier chaparra, muriéndose encamado. Pero al cabo de un rato me sonó extrañamente el móvil con el nombre de Perico en la pantalla: ¿Tú llevas un chaleco naranja y estás rastreando un venao? Pues date la vuelta que como bajes donde está se te hace de noche.
Frustrado y sin embargo feliz llegué al puesto. Pero antes de abrazar a mi compañero quise que él también disfrutara una parte del rastreo. Volvimos. Y como un indio a otro, le fui mostrando los resbalones, la sangre seca, las esquirlas de hueso, la sangre fresca, la jara quebrada y reventada en ese libro que es la sierra, sólo abierto e inteligible cuando sabes cómo acaba.
Cuando llegamos a la junta, el venado ya estaba allí, rodeado. Habéis matado un venado inválido, nos decían. Cuatro tiros, las orejas y los bajos devorados, las patas rotas y embarradas, y tantas heridas y tarascadas sucias de rabia, hacían parecer antiguo un combate tan brutal como reciente.




4 de diciembre de 2014

De Valdelosdoblaos y El Risquillo


En Valdelosdoblaos, soñábamos, como decía ayer, con llegar tarde a la comida, pero no fue así. No hubo que rastrear, todo se quedó en su sitio, al tiro y en el mismo tiro. Y además nos tocó muy cerca de la casa, en el puente, el 4 de la Traviesa de la Pista; un puesto que, en agosto, no sabíamos donde colocar y que subimos, bajamos, resubimos y corrimos hacia el arroyo y contra el arroyo, eludiendo las copas de los chaparros y buscando ver bien un cerrete por donde luego no pasó una res. Allí estuvimos pataleando más rato que en ninguno sin saber, obviamente, que nos iba a tocar en suerte y que, gracias al último toque instintivo, acercándolo al carril, pudimos tirar lo que tiramos.
 
Se presentó escoltado y revuelto entre siete venados bonitos, de los que gusta matar, dicen. Pero éste superaba con diferencia ese nivel. Fue fácil distinguirlo entre los otros, porque sólo mostraban las cuernas y medio cuello al pararse, asombrados, cuando vieron el coche escondido en un matojón del camino. Y porque nos quedamos alelados, tuvo que ser alguien desde dentro quien nos dijo: si te esperas a verlo entero pasará lo de siempre, el grande desaparecerá y sólo saldrán de la hoya los otros siete. Y debió ser por eso por lo que le apuntamos a la oreja, sin ningún entretenimiento, en cuanto nos miró. Y allí se quedó, desmayado, de espaldas, bocarriba, sin enterarse, con los cuernos clavados en el barrillo del pasto.
 
Ya habíamos matado otro antes de los que gusta matar, dicen, de doce puntas y en su sitio, al otro lado del arroyo, y no nos habíamos acercado a verlo. Pero con éste no pudimos resistir la tentación y nos fuimos a él… y, quitándonos el sombrero, nos arrodillamos y… En fin, todo ese ritual que no hay más remedio que exagerar cuando se está solo en el puesto y que emociona tanto como avergüenza contarlo aquí.
 
Luego llegó el gamo que, al caer, casi nos tira un trípode que, como siempre, de nada nos sirvió. Y con él nos dijimos para adentro, ya no tiramos más. Y siendo el cupo de tres venados, dejamos correr a otros dos muy buenos y muy largos; a otros siete de los que gusta matar, dicen; y a otro ocho de los que gusta ver que te miran de reojo, que se aceleran, que se encogen, que aprietan los riñones, que torpean sólo unos segundos en el arranque y enseguida cogen un galope destartalado que da gloria ver con el rifle al hombro.
 
Y al día siguiente, nos fuimos al Risquillo con el Nono, que no es mala compaña para ningún sitio, pero mucho menos para este antiguo paraíso montero, tan leído. Nos tocó en la linde con Las Tapias, en un crecido jaral sobre el que vimos volar las cuernas de unos cincuenta venaos, de los que gusta matar. Aparcando el coche estaba Nono cuando fallé uno y maté otro. Pero esa es otra historia, que debería contar él, no vaya a ser que yo disfrute aquí tanto contándola como allí con él y, encima, se me enfade.

24 de noviembre de 2014

Entre Casablanca y Valdelosdoblaos


No existe la montería ideal, pero no hay que dejar de buscarla. Y, evidentemente, es preciso empezar por las personas. Algunos lo ignoran, lo demuestran cada día, menospreciando el tesoro que encarnan las que ya tienen, cubriendo bajas al salto, vendiendo puestos al volateo y, además, ignorando que son también personas las que están detrás de las fincas, de la guardería, de los perros, de los caterings y de todo lo demás.
 
Y aunque en casi todos los órdenes de la vida los contrarios son complementarios, en esto de la caza no puede haber nunca parte contraria. Nada merece la pena si no hay una persona detrás que sea de tus mismas yerbas y que sueñe, o persiga al menos, lo que tú.
 
No hay que decir más que no nos gustan los cercones, ni las granjas, ni los tiros al viso, ni las juntas donde nadie se conoce. No hace falta repetirlo más pero, ya puestos, hay que seguir concretando preferencias y tener claro que no queremos matar todos lo mismo. Hacer el cupo en serie y en todo lugar, no es la caza que queremos. Necesitamos días de vacío y ver que ha sido otro quien, en el puesto de al lado, ha matado el venado grande, o el cochino que no quiso llegar al tuyo porque le vino mal cruzar de un salto un regato miserable, o porque quiso, a última hora, darle la vuelta a un lentisco y, ya puesto, prefirió no sofrenarse y seguir recto, el maldita madre. 
 
En Casablanca, hemos ido aprendiendo a acertar con las personas. Somos los que somos, estamos lo que estamos y nos hemos mostrado tal cual somos. Aquí estamos, hemos dicho. Y la propiedad, y la guardería, no ha tenido más remedio que reconocernos y verse en nosotros mismos, que no queremos otra cosa que disfrutar la caza con las cartas bocarriba.
 
Se presenta, pues, Valdelosdoblaos, al otro lado de la linde, también con las cartas bocarriba. Y si hay que ver los venados y cochinos, solamente patas arriba, en el puesto de al lado; se recoge y se enfunda el rifle con la alegría de que tú también estabas allí, dispuesto a no tirar lo mismo que el de enfrente, porque el de enfrente no eres tú, ni tira como tú, ni siente como tú, pero es tu amigo.

Y si hay que comer, se come, y si hay que reír, se ríe. Y si hay que cazar, se caza. Y si hay que mentir, se miente. Pero, ay, el día que nos toque llegar tarde a la comida…
  

 





 

 

12 de noviembre de 2014

Esta noche, en otro formato


 
Carlos Illera, experto en locución y doblaje profesional, compañero montero, del Jándula y de Tradición, y mejor persona, me ha regalado su voz y este enlace para un relato que publiqué aquí hace algún tiempo: "Esta noche..."

 

3 de noviembre de 2014

Tinajones


Pasado Castellar, fue formándose la caravana y, poquito antes de llegar a Venta Nueva, divisando ya sus llanos querenciosos, cogimos el carril de Los Engarbos. Desde entonces, larga y amarilla, una nube de polvo fue atravesando la sierra y nos llevó a Tinajones.
 
El primer abrazo, como debe ser, al Presidente, porque sigue siéndolo, por derecho propio. Y el último al Tomy, también por derecho propio. Se portó bien, no obstante, espectacularmente con el desayuno y con la comida, y a regañadientes con su amistad. También supo ser, seguramente más por su hermano Luis que por él mismo, un magnífico vecino de puesto, gracias también a que habían sido marcados con varios cerros de por medio.
 
Mi compañero Vicente, tiró un venado a casi 400 metros y le rompió una mano. Cuesta arriba, empezó a cojear remontando en dirección a los Villenes. Quise desesperadamente impedírselo con varios tiros, uno de los cuales le destrozó un jamón, pero siguió remontando, peleó con los perros ya en el viso y se dejó caer hacia el puesto vecino. En lugar de acudir yo mismo al pleito, porque no estaba el horno para bollos, decidí más inteligentemente mandar al secretario con una etiqueta con mi nombre. El hombre volvió, muy serio y taciturno, con la etiqueta de Ferrón en la mano rogándome que tachara mi nombre del reverso porque uno de los dos hermanos le había dicho que con ese nombre no se marcaba el venado. Fue fácil sobreañadir en rotulador rojo: “Tomy, como suba, te enteras”. Y obviamente, el venado, aunque era de Vicente, apareció en la junta con mi nombre.
 
En cuanto al mío, se había descolgado una hora antes de lo alto del cerro de enfrente, con los perros detrás. La distancia era considerable y lo tiré a pulso, pero acusó el tiro y se metió en una mata. Ningún perro fue capaz de arrimarse. Al poco rato, salió por su propio pie y bajó hasta el río con un rosario de podencos ligeros, ninguno amastinao. Se metió en un chilanco donde empezó una pelea demasiado respetuosa por parte de los perros, a la que tuve que acudir. Lo dejé muerto dentro del agua y cuando, al término de la montería, fui luego a sacarlo y señalarlo, me estremeció algún tonto sentimiento ecologista al divisar el chilanco tinto de sangre y las ranas, rojas también, desde la orilla al sol saltando al agua.
 
No sé si será por las ganas que todos teníamos de vernos y de que salieran las cosas bien; pero, como nuestro puesto, la montería fue un éxito en todos los sentidos.
 
Se estaba necesitando, lo estábamos necesitando. Enhorabuena, amigos.


 
 
 

28 de octubre de 2014

Del Tagarrillar y Corchuelos


Monteros del Jándula nació por su propio pie, en su propio nombre y derecho, sola, sin altavoces, en silencio para no molestar, casi en secreto. Y así queríamos seguir, porque no somos otra cosa que un grupo de veintisiete amigos sin ganas de publicidad ni intención de multiplicarse. Las circunstancias del parto fueron pura coincidencia. Hacía tiempo ya que estaba en la mente de muchos y fue fácil la complicidad y la adhesión de los que están hechos de las mismas yerbas, un proceso natural de rápida demostración de confianza plena, increíble en los tiempos que corren.

No aspirábamos más que a cazar entre amigos. Y eso hemos hecho hasta ahora. Ni siquiera queríamos contarlo. Era una propuesta seria y firme, pero hemos fallado. Olvidamos las advertencias de quienes saben mucho más de esto que nosotros. Por ejemplo, Mariano Aguayo nos mostró hace tiempo su total desacuerdo con este párrafo nuestro referido a la concreta hora que duró un lance:  “Da igual que la escribas o no la escribas. Da igual que alguien la lea, que la entienda o no la entienda; y la desprecie o te la robe..., porque es tuyaY en respuesta a esto, añadía, como abroncándonos: “¿Cómo que da igual? Más de una vez he dicho que aún está rodando un cochino y ya está uno pensando en cómo le va a contar el lance a los amigos. ¿Qué da igual? ¿Entonces qué es lo que te ha puesto a ti a escribir?”.

No contábamos con ese afán irreprimible, como tampoco con las presiones de algunos amigos que, incluso estando con nosotros los dos últimos sábados, se hacen los enfadados porque no han leído todavía nada sobre lo que ellos mismos y todos vivimos. Incumplimos, pues, nuestra promesa y aún con la anterior excusa introductoria, reconocemos que una cosa es el marrano rodando y otra la descripción del lance, el sentimiento íntimo y la pasión con que se desnuda quien lo cuenta. 

Y así, en el Tagarrillar, que fue el debut, sólo maté dos ciervas y no hubo más sentimiento íntimo que la satisfacción de ver a muchos amigos matar venados sin el estrés del cupo, cosa que está muy bien de vez en cuando pero resulta insolidario. Por el contrario, en Corchuelos, la suerte estuvo mejor repartida; y disfrutando mucho los tiros y la alegría de los demás, pude ensimismarme en lo mío, disfrutar mi puesto y mis dos venados, acelerarme al escuchar la cuernas entrechocar en los pinos de la umbría, desliarme en el claro, elegir, rectificar, sujetarme y sentirme solo solamente en el puesto, donde yo quería. 

En el Tagarrillar y en Corchuelos, todo lo demás fue una fiesta, como todos queríamos y veníamos soñando, desde el sorteo y las migas hasta el reconocimiento veterinario.

Y de noche ya, en la carretera, solo otra vez, piensas que la incomodidad o la simple mala suerte de un amigo marca más que las alegrías del resto, e incluso que la de tus propios lances, íntimos y estériles, pero fértiles a más largo plazo porque se quedan dentro y alimentan tus propias horas, las que de verdad son tuyas, la emoción y la pasión que te define como persona y contra lo que hace tiempo ya que nada puedes ni quieres hacer.

El Chico rumia, en silencio, su primera experiencia. Él ignora que acaba de ser cazado por la caza. Que dentro de sesenta o setenta años seguirá escalando las laderas de la sinova, escopeta al hombro, como hacía su abuelo Adolfo con ochenta sobre las costillas. Uno caza a la caza y la caza le caza a uno; no tiene vuelta de hoja. Pero el Chico es aún muy tierno para estas reflexiones. Se arma un batiburrillo creciente dentro del coche en tinieblas” (Miguel Delibes).

14 de octubre de 2014

Del Risquillo al Tagarrillar



Vamos perdiendo la afición, me decía yo la otra noche preparando el morral para el Risquillo. No lo había abierto desde enero. Tuve que arrodearlo y sacudirlo de hojarasca, lentisqueña y otras granzas. Y una vez limpio de cascajos, me sorprendí metiendo en él las cosas de un tirón, fríamente, sin las dudas, los nervios y la ilusión de siempre, ni siquiera la de estrenar algún atalaje nuevo. Fue otra sorpresa descubrir que este año no tenía ninguno, salvo la horquilla que, aunque de nada sirve, algo acompaña y ha vuelto a desplazar al torpe trípode despatarrado.
Y así, antes de meterme tristemente en la cama, me decía yo que esta frialdad debe ser culpa de la milimétrica regulación de todo y todos. Ni soñé siquiera, que yo sepa, pero bien que me aseguré de poner el despertador y el móvil, las dos cosas, por si acaso esa desgana me dejaba sin migas. Y sin embargo, cuando ambos cantaron, uno detrás del otro, a las seis en punto de la mañana, no fue brinco ni aspaviento, sino peligrosa pirueta, lo que me sacó de la cama.
Me afeité con el mismo acelero. Como si fuera aguardiente, me tomé el café casi a caño y salí escupío a recoger a Manolo. Me esperaba el DonMa en la puerta de su casa, con el morral a los pies y el rifle apoyado en el banco urbano de siempre. Llevaba ya cinco minutos allí sentado, de palique con un feriante achispado. Y es que nunca falla en estos días, todos los años coincidimos sin falta cazadores y feriantes por las calles de Jaén, igualmente felices, amigables y hermanados.
Se lo dije al DonMa en cuanto se subió en el coche: ¡Qué subidón, primo, me he despertado tan contento y extraviado como ese contertulio al que tan atento estabas! Y como venía entrenado a escuchar, me dejó hablar sin parar hasta el Santuario, donde tomamos café y dimos alegremente los buenos días, él también, a los Bonilla, padre e hijo, que nos esperaban ya algo enfurruñados por la tardanza.
Nos gustó la junta, nos gustaron las migas, no tanto el puesto, pero sí siempre la finca, y la tertulia en la comida. La única excepción fue el pesimismo de algunos que se empeñaron en ponernos casi todo patas arriba. Pero nos dio igual, los nervios y la alegría del despertar nos duró todo el día, y no hubo forma de sujetar la emoción con que cruzamos el Jándula.
Nos vino bien, aprendimos que la afición no se pierde, sólo se esconde, esta vez seguramente atemorizada por el nubarrón de los últimos días: las inspecciones, el papeleo, las cotizaciones, las firmas digitales, los certificados bancarios, las facturas, el precio de la carne, el de los despojos, los TC1, el IPREM, el IVA, el CIF  y el IPC, o PITICÍ, como lo llamaba mi amigo el Mochuelo, que en Gloria esté, cuando se prestaba voluntario para negociar la renovación del contrato, y venía de vuelta, más contento que unas pascuas, con el piticí en el bolsillo.
Este sábado, será otro río el que crucemos camino de El Tagarrillar, pese a lindar con El Risquillo. Por Fuencaliente, otro trayecto distinto para llegar a la misma sierra y al mismo sitio, con las ganas renovadas y la ilusión puesta a tiro.

4 de octubre de 2014

Don Mariano


Me sonó el móvil este mediodía y, al mirar la pantalla, vi un nombre sugerente y venerado, Mariano Aguayo. No sé si infrinjo la Ley de Protección de Datos. Espero que no, pero por si acaso invoco a mi favor la atenuante de la vanidad que te ciega, la misma con qué mostré orgulloso la luminosa pantalla al amigo que me acompañaba acera abajo.
Veníamos de rematar la tertulia montera que fundamos hace unos años y que hemos dado en llamar “Churros Huntings”, nombre horrible que a nosotros bendita sea la mucha gracia que nos hace.
Veníamos, por tanto, encandilados, adormecidos por el humo de la jara, de inventarnos trasnoches entre tiros y ladras, de discutir sobre balas, un tema éste último que me mantiene modestamente en silencio, incómodo y aburrido mientras dura.
Mira quién es, le dije, queriendo ser ahora yo el protagonista, el más experto montero sólo porque mi móvil sonaba y mostraba un nombre mítico en la pantalla. Y descolgué con un dígame, nervioso, al que pronto añadí “dígame don Mariano”, con rauda veneración, no fuera a ser que pensara que no tenía yo su número bien guardado liderando mi pobre lista de contactos.
Hablamos poco rato, lo justo para aclararme el motivo de su llamada y responderle yo, humilde y honrado, el par de cosas que me preguntaba. Es ya octubre, don Mariano; creo que fue mi torpe despedida al colgar el aparato.
Y luego, esta misma tarde, al surgir otra vez su nombre por casualidad en otra tertulia, alguien preguntó que quién era. No fui el único espantado por la pregunta, pero me negué a informar. Otro amigo lo hizo por mí. No fui capaz de resumir quién era. ¿Acaso basta con decir que es un escritor cordobés? Es muchas más cosas. Y no tengo palabras para describir lo que me ha dado sin saberlo.
Sin ir con él a ninguna montería, ha estado conmigo en tantos puestos… No hay nada que haya contado y yo no sepa. He gozado sus fallos y sus aciertos. Y en el monte, cuesta arriba, no he tomado nunca una verea sin estar convencido de que sería la misma que él eligiera.
No tiene perdón de Dios no saber explicar quién es el culpable de la forma en que amas el monte y sus gentes, las matas y los árboles, las reses y los perros, la noche y el alba de Sierra Morena… 
“Se barruntan las ladras venideras por los barrancos y el entrechocar por las veredas los cascos de las caballerías con las reses a cuestas. Y los monteros, sintiendo ya el hormigueo de la brega, se vuelven hacia el armario en el que duermen desde la primavera los zahones, el cuchillo, el capote y los sombreros… Y al armero donde los rifles, con las entrañas vacías, esperan impacientes el calor de las manos de sus dueños”.
 

1 de septiembre de 2014

Septiembre


Es septiembre un paréntesis, un descanso de los sentidos abrasados, un aperitivo de olores que te inventas, un charco seco que ansía la humedad.
Es septiembre un arroyo que sueña y atraviesa la campiña desolada. Va o viene de la sierra, vacío y seco, sin brizna de pasto alguno, devastado. El rastrojo que recorta no ha crujido en los últimos pasos y te paras al borde del profundo cajilón. Al frente, el monte arrogante que ha superado un año más la asfixia y quiere verdear entre las piedras. Y más arriba, el agua, la vida, la esperanza, el olor, la promesa de octubre...
Es septiembre, especialmente éste que hoy empieza, una nube preñada de ilusiones, cal y arena, la fortuna y la amargura que nos mantiene vivos, dicha y pena que alimentan, los aciertos y torpezas del vivir; cualquier cosa, buena o mala, que no sea lo que queda a este lado bocarriba y calcinado.
Es septiembre sentir que sientes el porvenir del otoño, querer sentirlo y contarlo, y no saber hacerlo sin el frío que necesitas y te inventas, sin la humedad que te empeñas en barruntar y que está aún lejos, demasiado lejos todavía para berrear con fundamento.
Es la amenaza irrefragable del nuevo año, el entretiempo del esplendor que nos alienta, la primavera auténtica, nutriente, que viene y huele a libros nuevos, a goma de borrar, a viruta de lápices, a chimenea, a humo de jara y migas, a torreznos, a mochila, a grasa y cuero, a pluma y barro…  
Y, claro, a churros.

 

6 de agosto de 2014

Cita en los Campos


Es Vicetecno cazador auténtico, de nacimiento, puro y exigente con las leyes que la sierra impone, amigo entero, de los que huelen a nuevo y, sin embargo, llevan toda la vida ahí, esperando la ocasión de serlo para siempre.

Recibo hoy de él esta crónica directamente desde los Campos de Hernán Perea, recién hecha, fresca, deliciosa como una torta de nueces de Paciano. El autor es vergonzoso y su humildad me obliga a presentarlo bajo seudónimo, Vicetecno, un título que se tiene ganado por cuanto a continuación se verá.

Zona: Sierra de Segura, Campos de Hernán Perea
Paraje: Pinar del Risco
Fecha: 5-ago-2014
Altura: 1610 m.
835 mb. 18,5 º C.

Sobre las 19:30 el guarda me lleva al puesto y me advierte de que hay un jabalí que está entrando al cebadero a partir de las 10 de la noche. Y que no me preocupe si las ovejas de un rebaño cercano aparecen por el sitio, ya que se irán sin mayores problemas.
Tras despedirme de él me dispongo a sacar todos mis apechusques del morral, colocarme en mi puesto, observar los alrededores, familiarizarme con el terreno y ponerme a escuchar el escandaloso silencio, sólo roto de vez en cuando por algunas grajas que pasan volando muy alto y algún que otro arrendajo.
No ha pasado media hora cuando efectivamente aparecen las ovejas y tardan en pasar como unos veinte minutos. Se oye a un pastor a lo lejos llamarlas y para eso de las 9 de la noche ya sólo se ven en el risco de enfrente no más de seis que, a regañadientes, se van yendo poco a poco. No muy confiado, decido hacer caso al guarda y seguir esperando. Al fin y al cabo ellos son los que conocen la querencia del sitio.
Me empiezo a animar: aparecen una gama, su cría y un vareto que me demuestran que los animales no rehuyen el terreno por el que han pasado las ovejas, incluso hace muy poco. Comen hierba tomando camino cuesta arriba. El sol ya se ha metido, la temperatura baja, estoy a unos 17º, es un gustazo estar aquí.
A la hora que me dijo el guarda, con puntualidad poco ibérica, oigo una piedra rodar que me pone sobre aviso. Es noche casi cerrada, y la luna (a unos tres cuartos de tener la cara entera) me deja ver el campo menos claramente de lo que me gustaría. A la izquierda del cebadero le veo aparecer: asoma el morro y se echa atrás. Lo oigo darse la vuelta a  un pino y le veo asomar de nuevo el morro, queriendo olisquear lo que no puede por la bondad de mi puesto. Se retira. Espera unos cinco minutos. Aparece de nuevo y esta vez pasa andando junto al cebadero, cruzando sin parar, para asegurarse de tener buenos vientos. Se espera otro poco...Se me ponen los pelos de punta: está zorreando como un macho viejo, y poco a poco voy cogiendo el rifle sin hacer nada de ruido, para llevármelo a una postura en la que pueda mirar por el visor.
Finalmente se decide: entra rápido y, con un movimiento ensayado, con la jeta levanta la piedra y comienza a comer el maíz sabiamente escondido. No parece demasiado grande, pero podría ser bueno. Tampoco se oye más ruido, por si éste fuera el escudero del Gran Esperado. Pero no. Está solo y se está comiendo el maíz a ritmo trepidante.
Es el momento: apunto y, cuando lo tengo en la cruceta, un trueno rompe la noche de los Campos. Tras rellenar la recámara, vuelo a mirar de nuevo por el visor, pero veo que no hará falta un segundo tiro. Recojo mis cosas con la emoción, guardo el rifle, la silla, y sólo dejo fuera un cuchillo y la linterna. Me voy acercando al comedero, poco a poco. Ya veo a simple vista el bulto. A ver, a ver... Mierda. No me sale otra palabra. Una hembra. Bonita. Unos tres o cuatro años. Bien cebada. Le canea el lomo. Unos setenta kilos. Pero hembra. Sólo puedo pensar en qué macho viejo le enseñó a entrar a comer como lo ha hecho, y además cómo es posible que una hembra de este porte vaya sin rayones. 
El cabreo poco a poco va cediendo y disfruto de la noche, del lance y de la suerte de poder estar en los Campos haciendo esto. Viene el guarda. Le comento la jugada y está de acuerdo en que se merecía ser macho. Nos volvemos al pueblo y delante de un choto con ajos me consuela con la frase típica de "la caza no son matemáticas". Más mierda. Me la sé. Por eso no me explico mi porcentaje casi nulo de número de machos vistos-tirados-cobrados frente a la larga lista de noches en vela. Eso también son matemáticas, pero mi estadística no me desalentará: seguiré buscando al Gran Deseado mientras tenga fuerzas, oído y vista.

En la Sierra de Segura a 6 de agosto de 2014.
Un cazador con más ganas de las que tenía el 4 de agosto.

10 de julio de 2014

El Cencerro (3)


Son precisamente esas dos horas las que quieres que te cuente. Veinte años en dos horas. La mayoría de ellos tirado al monte, la mitad huyendo de los civiles y de mi mismo.
 
Dices haberte criado divisando a lo lejos mi sierra. Te crees por eso en el derecho de desbrozar las leyendas censuradas que escuchaste en voz baja. Veinte años en dos horas, me dices. Y me prometes no inventarte una coma, ni un suspiro que no salga de mi boca. Toma nota:
 
Me pasé media vida en la cabina de un camión, dando portes entre Granada y Jaén; y la otra media, oculto en sus sierras. Es, en realidad, la misma sierra que las une, salpicada de aldeas, cuevas, cortijos y veredas; tan mías ya como las palmas de estas manos, resinosas y negras, ásperas como el monte trasteado. 
 
Dicen que antes fui bueno y luego un demonio, pero sólo yo sé que soy el mismo. He pasado días escondido en una mata… y ni siquiera eso me ha cambiado por dentro. Una vez llegué a estar una semana entera y sólo pude arrastrarme de noche del zumaque en que estaba agazapado hasta un lentisco más espeso, sobre el que daba menos sol al mediodía.
 
Siete días y siete noches tuve a un piquete de civiles acampado en la loma de enfrente, divisando la mía y relevándose por mitades en las salidas que hacían cada mañana. Registraron cada mata de todos los cerros de los alrededores en varios kilómetros a la redonda, menos el mío por tenerlo al lado. Me buscaban con indisimulada seguridad. Lo notaba ya desde el lentisco, pero fue luego cuando supe con certeza que había sido delatado por mi más leal compañero.
 
El más leal, pero sólo hasta entonces, porque luego, con el tiempo y la brega, creció la lealtad en muchos otros. Se jugaban la vida a mi lado por salvar la mía, y en poco tiempo acababan contagiados. Tuve traidores en la sierra y en el llano, compañeros que dormían cada noche a mi lado y enlaces de los pueblos y cortijos, capaces de echarse a andar una noche entera para venir a darme un recado, sin ser vistos ni por los míos, y volverse otra noche a lo suyo. 
 
Unos y otros me demostraron mil veces esa nobleza que sólo se siente en la sierra. Y de un día para otro, se me echaban a perder. Aprendí a oler la traición, a notarla en los ojos, a ver venir que era cuestión de días que sucumbieran, incapaces de soportar las promesas de perdón y de dineros, y que acabaran bocabajo en alguna cuneta, siempre próxima a sus pueblos, fusilados por la espalda mientras se tanteaban en cada bolsillo los dos fajos de billetes recibidos.
 
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10 de junio de 2014

La Junta del sábado

 
En la Sierra Morena de Andújar, alegórica y premeditadamente, sobre el porche del cortijo que fue de don Jaime de Foxá, sito en el corazón de las Viñas de Peñallana, celebramos el pasado sábado la Junta de Monteros del Jándula; asamblea general, ordinaria y primera a la que fueron convocados todos los socios, desde el primero al último inscrito anteayer. Veintiséis en total, un quórum marcado como objetivo y cubierto en el escaso par de meses transcurridos desde la creación de esta sociedad.

Prácticamente todos nos conocíamos, era éste otro objetivo primordial junto con los demás pendientes todavía de alcanzar, más generales pero igualmente esenciales: la igualdad, la transparencia, la ausencia del más mínimo ánimo de lucro y la seguridad como obsesión.

Desde el principio, venimos notando otra obsesión preocupante, producto seguramente del pecaminoso subconsciente que todos los cazadores padecemos; y presintiéndola, quisimos dejar maniáticamente claro que Monteros del Jándula no nace frente a nadie, ni a causa de nadie, ni a favor de nadie, ni aprovechándose de nadie. Somos todos, los veintiséis, igualmente culpables de un capricho legítimo que a nadie perjudica, de un único fin perseguido, o quizás dos: la caza y la amistad, o mejor dicho la amistad y la caza.

Que todos nos conociéramos no impidió que se hiciera un detallado resumen de la rigurosa gestión realizada en tan corto como intenso período de tiempo. Y así, con la buena fe que confiamos perdure, resultó todo aprobado por unanimidad; salvo el emblema-logotipo por el que tuvimos que luchar, como si nos fuera la vida en ello, para acabar votando y, al cabo, demostrándonos a nosotros mismos la risa que nos da tanta tontería de hojalata en el sombrero.

Esta página no va a convertirse en altavoz de Monteros del Jándula. No quiere, no debe, no sabe, ni sirve. Pero qué menos que dejar hoy aquí expuesta la ilusión con que brindamos el sábado pasado. Poca cosa, pero nos basta, por ahora:

18-10-2014: El Tagarillar.
25-10-2014: Corchuelos.
8-11-2014:   Casablanca.
29-11-2014: Valdelosdoblaos.
31-01-2015: La Leñera.
1-02-2015:   Los Cuartillejos-El Raspao.

Al sexto brindis, recogimos y levantamos acta para conocimiento de quienes no pudieron asistir por comuniones y otros eventos o compromisos más serios que el nuestro.

Y sin otro ánimo que dejar aquí puestas las fechas para que parezca que se acercan, que vuelan los días y pasa la calor, extendemos hoy ésta para quienes sabemos que se alegran y que también comulgan con la difícil idea de que el orden de los factores, la amistad y la caza, sí altera el producto.

5 de junio de 2014

Conde

 
Fue a principios de julio, una mañana de conejos, cuando me hablaron de ti. Habíamos acudido a la cita ilusionados, pero desde el amanecer fuimos perdiendo el entusiasmo con los primeros conejos mixomatosos. De vez en cuando, los perros pintaban alguno sano que subía raudo por las limpias paredes del cajilón, aprovechando el desencanto que mostraban sus perseguidores en el propio latir tranquilo, seguros de que una vez iniciada la carrera se estrellaría torpemente con cualquier obstáculo.
 
La desidia fue acercando a los cazadores y las escopetas se fueron colgando al hombro, fragüándose la típica charla que siempre se inicia en queja, la nostalgia de tiempos pasados; y acaba con cierta esperanza, de contagioso artificio, proyectada hacia el próximo encuentro con el campo: la media veda.
 
Fue entonces cuando me hablaron de ti. Me lamentaba yo de que "Curra", la cachorra criada con tanta ilusión, resultara asustarse de los tiros pese a parar y mostrar aceptablemente. El defecto era genético y no había corrección posible. Un amigo que escuchaba las quejas fue quien primero habló de ti: Un braco y un pointer, encerrados en una nave, siempre de pelea. Él mismo había sido testigo de la última, a consecuencia de la cual el pointer quedó bastante maltrecho. Pese al cambio radical de la conversación, el breve comentario quedó grabado en mi mente, donde desde hacía algún tiempo se organizaba y reforzaba el sueño infantil del pointer. 
 
El azar quiso que aquel mismo día, al final de la pésima jornada de caza, apareciera tu anterior dueño. Iniciamos una conversación y una dura negociación que acabó en una permuta sin sobreprecio: mi mejor macho de perdiz por ti. Y sin conocerte, sin la más mínima descripción pero intuyéndote, cerré el trato con un apretón de manos. Sólo pude saber que llevabas dos años sin salir al campo y que, desde la última pelea con el braco, tenías la cabeza hinchada y varias heridas en el cuerpo.
 
Te trajeron aquella misma tarde. Ni siquiera recuerdo tu nombre anterior. Y a pesar del lamentable estado físico que traías, te llamé "Conde" desde el principio. Pude cuidarte y mimarte con esmero ese primer mes. Y pronto me lo agradeciste olvidando tu nombre, tu dueño y tu vida anterior. Llegó la media veda y yo también me olvidé, por ti, de mi anterior pasión por la tórtola para poderte hacerte y disfrutar en la codorniz. Mil tórtolas valió la primera. Se te notaron los dos años que llevabas sin percibir los efluvios del campo. Temblabas de emoción. Como yo, cuando te vi hierático, palpitando, buscándome de reojo. Resistimos varios minutos, quietos y en silencio, solos con la codorniz en el rastrojo, ensamblados con ella, viviendo la secuencia mil veces repetidas, y tan distinta y nueva cada vez.
 
Qué difícil explicar una pasión tan simple y primitiva, el sentimiento de ese triángulo ancestral. Y qué difícil comprender lo que quedó entre nosotros desde aquella media veda. Y sobre todo, relatar con naturalidad, sin vergüenza, que ayer mismo te subí al coche y te llevé a correr, a entrenarnos para octubre. Y que, una vez solos y cansados, en el olivar, estuvimos hablando quedamente de la perdiz, de su vuelo vigoroso, de sus querencias, de su astucia, de la agilidad para subirse al olivo a esperarnos los días de barro y fatiga. De vez en cuando, hacíamos una larga pausa para escucharlas superpuestas, sobre el lejano cantar del huidizo cuco, desordenadas y alegres, recogiéndose para la noche. Y al lubricán, estábamos aún absortos, sin verlas, pendientes del fondo de la vega, imaginándolas en su trasiego de recogida, rebasando ya la linde de la tierra calma:
 
"Notarás el rastro y me indicarás el olivo exacto, ya verás cómo sale. Un torrente de sangre nos golpeará las sienes. Y el corazón, en la boca, se nos querrá salir para volar también, sobre las copas de los olivos, escoltado, en el centro de la banda, hacia cerros imposibles...”

14 de mayo de 2014

Monteros del Jándula


 
No hace un mes que nació. Hemos estado sujetando las ganas de hacer pública la buena nueva porque no han cesado aún, ni cesarán, los dolores del parto.

En prueba de lo viva y despierta que viene la criatura, y de la ilusión que trae y nos cautiva, han tenido que limarse asperezas entre amigos que nos conocíamos bien como tales y no tanto seriamente, luchando cada cual a su modo por lo mismo, frente a frente, aquilatando pareceres, sentimientos, principios, vocaciones...

Ha nacido por su propio pie, en su propio nombre y derecho, con la recia tolerancia de la buena fe que aflora en cuanto escarbas.

Ha nacido sola y, por eso mismo, sin altavoces, en silencio, para no molestar, casi en secreto. Y sin embargo, muy pronto, el parto ha batido record de adhesiones. En veinte días, fuimos ya todos los que somos, los que quisimos ser nada más y no otra cosa que los primeros de una simple lista, una lista tan libre y comprometida como abierta a no excluir a nadie hecho de las mismas yerbas.

Ayer mismo, firmamos todos los contratos y remitió la ansiedad primera. Será ahora otra la angustia ilusionante de llevar a efecto día a día, salve a salve, mancha a mancha, tiro a tiro, la promesa de ser nosotros mismos para nosotros, sin otros trofeos que los que realmente merezcamos…

Porque es la vida, así, día a día, una hora tras la otra, como el agua, mirando lo justo atrás, sin más entretenimiento que el vivir, hacia adelante, sin pararse a repeinarse en remansos ni chilancos, respetando las riberas.

Como el Jándula, que brota, fluye, absorbe y empapa la sierra....

¡En el nombre sea de Dios!