12 de noviembre de 2014

Esta noche, en otro formato


 
Carlos Illera, experto en locución y doblaje profesional, compañero montero, del Jándula y de Tradición, y mejor persona, me ha regalado su voz y este enlace para un relato que publiqué aquí hace algún tiempo: "Esta noche..."

 

3 de noviembre de 2014

Tinajones


Pasado Castellar, fue formándose la caravana y, poquito antes de llegar a Venta Nueva, divisando ya sus llanos querenciosos, cogimos el carril de Los Engarbos. Desde entonces, larga y amarilla, una nube de polvo fue atravesando la sierra y nos llevó a Tinajones.
 
El primer abrazo, como debe ser, al Presidente, porque sigue siéndolo, por derecho propio. Y el último al Tomy, también por derecho propio. Se portó bien, no obstante, espectacularmente con el desayuno y con la comida, y a regañadientes con su amistad. También supo ser, seguramente más por su hermano Luis que por él mismo, un magnífico vecino de puesto, gracias también a que habían sido marcados con varios cerros de por medio.
 
Mi compañero Vicente, tiró un venado a casi 400 metros y le rompió una mano. Cuesta arriba, empezó a cojear remontando en dirección a los Villenes. Quise desesperadamente impedírselo con varios tiros, uno de los cuales le destrozó un jamón, pero siguió remontando, peleó con los perros ya en el viso y se dejó caer hacia el puesto vecino. En lugar de acudir yo mismo al pleito, porque no estaba el horno para bollos, decidí más inteligentemente mandar al secretario con una etiqueta con mi nombre. El hombre volvió, muy serio y taciturno, con la etiqueta de Ferrón en la mano rogándome que tachara mi nombre del reverso porque uno de los dos hermanos le había dicho que con ese nombre no se marcaba el venado. Fue fácil sobreañadir en rotulador rojo: “Tomy, como suba, te enteras”. Y obviamente, el venado, aunque era de Vicente, apareció en la junta con mi nombre.
 
En cuanto al mío, se había descolgado una hora antes de lo alto del cerro de enfrente, con los perros detrás. La distancia era considerable y lo tiré a pulso, pero acusó el tiro y se metió en una mata. Ningún perro fue capaz de arrimarse. Al poco rato, salió por su propio pie y bajó hasta el río con un rosario de podencos ligeros, ninguno amastinao. Se metió en un chilanco donde empezó una pelea demasiado respetuosa por parte de los perros, a la que tuve que acudir. Lo dejé muerto dentro del agua y cuando, al término de la montería, fui luego a sacarlo y señalarlo, me estremeció algún tonto sentimiento ecologista al divisar el chilanco tinto de sangre y las ranas, rojas también, desde la orilla al sol saltando al agua.
 
No sé si será por las ganas que todos teníamos de vernos y de que salieran las cosas bien; pero, como nuestro puesto, la montería fue un éxito en todos los sentidos.
 
Se estaba necesitando, lo estábamos necesitando. Enhorabuena, amigos.


 
 
 

28 de octubre de 2014

Del Tagarrillar y Corchuelos


Monteros del Jándula nació por su propio pie, en su propio nombre y derecho, sola, sin altavoces, en silencio para no molestar, casi en secreto. Y así queríamos seguir, porque no somos otra cosa que un grupo de veintisiete amigos sin ganas de publicidad ni intención de multiplicarse. Las circunstancias del parto fueron pura coincidencia. Hacía tiempo ya que estaba en la mente de muchos y fue fácil la complicidad y la adhesión de los que están hechos de las mismas yerbas, un proceso natural de rápida demostración de confianza plena, increíble en los tiempos que corren.

No aspirábamos más que a cazar entre amigos. Y eso hemos hecho hasta ahora. Ni siquiera queríamos contarlo. Era una propuesta seria y firme, pero hemos fallado. Olvidamos las advertencias de quienes saben mucho más de esto que nosotros. Por ejemplo, Mariano Aguayo nos mostró hace tiempo su total desacuerdo con este párrafo nuestro referido a la concreta hora que duró un lance:  “Da igual que la escribas o no la escribas. Da igual que alguien la lea, que la entienda o no la entienda; y la desprecie o te la robe..., porque es tuyaY en respuesta a esto, añadía, como abroncándonos: “¿Cómo que da igual? Más de una vez he dicho que aún está rodando un cochino y ya está uno pensando en cómo le va a contar el lance a los amigos. ¿Qué da igual? ¿Entonces qué es lo que te ha puesto a ti a escribir?”.

No contábamos con ese afán irreprimible, como tampoco con las presiones de algunos amigos que, incluso estando con nosotros los dos últimos sábados, se hacen los enfadados porque no han leído todavía nada sobre lo que ellos mismos y todos vivimos. Incumplimos, pues, nuestra promesa y aún con la anterior excusa introductoria, reconocemos que una cosa es el marrano rodando y otra la descripción del lance, el sentimiento íntimo y la pasión con que se desnuda quien lo cuenta. 

Y así, en el Tagarrillar, que fue el debut, sólo maté dos ciervas y no hubo más sentimiento íntimo que la satisfacción de ver a muchos amigos matar venados sin el estrés del cupo, cosa que está muy bien de vez en cuando pero resulta insolidario. Por el contrario, en Corchuelos, la suerte estuvo mejor repartida; y disfrutando mucho los tiros y la alegría de los demás, pude ensimismarme en lo mío, disfrutar mi puesto y mis dos venados, acelerarme al escuchar la cuernas entrechocar en los pinos de la umbría, desliarme en el claro, elegir, rectificar, sujetarme y sentirme solo solamente en el puesto, donde yo quería. 

En el Tagarrillar y en Corchuelos, todo lo demás fue una fiesta, como todos queríamos y veníamos soñando, desde el sorteo y las migas hasta el reconocimiento veterinario.

Y de noche ya, en la carretera, solo otra vez, piensas que la incomodidad o la simple mala suerte de un amigo marca más que las alegrías del resto, e incluso que la de tus propios lances, íntimos y estériles, pero fértiles a más largo plazo porque se quedan dentro y alimentan tus propias horas, las que de verdad son tuyas, la emoción y la pasión que te define como persona y contra lo que hace tiempo ya que nada puedes ni quieres hacer.

El Chico rumia, en silencio, su primera experiencia. Él ignora que acaba de ser cazado por la caza. Que dentro de sesenta o setenta años seguirá escalando las laderas de la sinova, escopeta al hombro, como hacía su abuelo Adolfo con ochenta sobre las costillas. Uno caza a la caza y la caza le caza a uno; no tiene vuelta de hoja. Pero el Chico es aún muy tierno para estas reflexiones. Se arma un batiburrillo creciente dentro del coche en tinieblas” (Miguel Delibes).

14 de octubre de 2014

Del Risquillo al Tagarrillar



Vamos perdiendo la afición, me decía yo la otra noche preparando el morral para el Risquillo. No lo había abierto desde enero. Tuve que arrodearlo y sacudirlo de hojarasca, lentisqueña y otras granzas. Y una vez limpio de cascajos, me sorprendí metiendo en él las cosas de un tirón, fríamente, sin las dudas, los nervios y la ilusión de siempre, ni siquiera la de estrenar algún atalaje nuevo. Fue otra sorpresa descubrir que este año no tenía ninguno, salvo la horquilla que, aunque de nada sirve, algo acompaña y ha vuelto a desplazar al torpe trípode despatarrado.
Y así, antes de meterme tristemente en la cama, me decía yo que esta frialdad debe ser culpa de la milimétrica regulación de todo y todos. Ni soñé siquiera, que yo sepa, pero bien que me aseguré de poner el despertador y el móvil, las dos cosas, por si acaso esa desgana me dejaba sin migas. Y sin embargo, cuando ambos cantaron, uno detrás del otro, a las seis en punto de la mañana, no fue brinco ni aspaviento, sino peligrosa pirueta, lo que me sacó de la cama.
Me afeité con el mismo acelero. Como si fuera aguardiente, me tomé el café casi a caño y salí escupío a recoger a Manolo. Me esperaba el DonMa en la puerta de su casa, con el morral a los pies y el rifle apoyado en el banco urbano de siempre. Llevaba ya cinco minutos allí sentado, de palique con un feriante achispado. Y es que nunca falla en estos días, todos los años coincidimos sin falta cazadores y feriantes por las calles de Jaén, igualmente felices, amigables y hermanados.
Se lo dije al DonMa en cuanto se subió en el coche: ¡Qué subidón, primo, me he despertado tan contento y extraviado como ese contertulio al que tan atento estabas! Y como venía entrenado a escuchar, me dejó hablar sin parar hasta el Santuario, donde tomamos café y dimos alegremente los buenos días, él también, a los Bonilla, padre e hijo, que nos esperaban ya algo enfurruñados por la tardanza.
Nos gustó la junta, nos gustaron las migas, no tanto el puesto, pero sí siempre la finca, y la tertulia en la comida. La única excepción fue el pesimismo de algunos que se empeñaron en ponernos casi todo patas arriba. Pero nos dio igual, los nervios y la alegría del despertar nos duró todo el día, y no hubo forma de sujetar la emoción con que cruzamos el Jándula.
Nos vino bien, aprendimos que la afición no se pierde, sólo se esconde, esta vez seguramente atemorizada por el nubarrón de los últimos días: las inspecciones, el papeleo, las cotizaciones, las firmas digitales, los certificados bancarios, las facturas, el precio de la carne, el de los despojos, los TC1, el IPREM, el IVA, el CIF  y el IPC, o PITICÍ, como lo llamaba mi amigo el Mochuelo, que en Gloria esté, cuando se prestaba voluntario para negociar la renovación del contrato, y venía de vuelta, más contento que unas pascuas, con el piticí en el bolsillo.
Este sábado, será otro río el que crucemos camino de El Tagarrillar, pese a lindar con El Risquillo. Por Fuencaliente, otro trayecto distinto para llegar a la misma sierra y al mismo sitio, con las ganas renovadas y la ilusión puesta a tiro.

4 de octubre de 2014

Don Mariano


Me sonó el móvil este mediodía y, al mirar la pantalla, vi un nombre sugerente y venerado, Mariano Aguayo. No sé si infrinjo la Ley de Protección de Datos. Espero que no, pero por si acaso invoco a mi favor la atenuante de la vanidad que te ciega, la misma con qué mostré orgulloso la luminosa pantalla al amigo que me acompañaba acera abajo.
Veníamos de rematar la tertulia montera que fundamos hace unos años y que hemos dado en llamar “Churros Huntings”, nombre horrible que a nosotros bendita sea la mucha gracia que nos hace.
Veníamos, por tanto, encandilados, adormecidos por el humo de la jara, de inventarnos trasnoches entre tiros y ladras, de discutir sobre balas, un tema éste último que me mantiene modestamente en silencio, incómodo y aburrido mientras dura.
Mira quién es, le dije, queriendo ser ahora yo el protagonista, el más experto montero sólo porque mi móvil sonaba y mostraba un nombre mítico en la pantalla. Y descolgué con un dígame, nervioso, al que pronto añadí “dígame don Mariano”, con rauda veneración, no fuera a ser que pensara que no tenía yo su número bien guardado liderando mi pobre lista de contactos.
Hablamos poco rato, lo justo para aclararme el motivo de su llamada y responderle yo, humilde y honrado, el par de cosas que me preguntaba. Es ya octubre, don Mariano; creo que fue mi torpe despedida al colgar el aparato.
Y luego, esta misma tarde, al surgir otra vez su nombre por casualidad en otra tertulia, alguien preguntó que quién era. No fui el único espantado por la pregunta, pero me negué a informar. Otro amigo lo hizo por mí. No fui capaz de resumir quién era. ¿Acaso basta con decir que es un escritor cordobés? Es muchas más cosas. Y no tengo palabras para describir lo que me ha dado sin saberlo.
Sin ir con él a ninguna montería, ha estado conmigo en tantos puestos… No hay nada que haya contado y yo no sepa. He gozado sus fallos y sus aciertos. Y en el monte, cuesta arriba, no he tomado nunca una verea sin estar convencido de que sería la misma que él eligiera.
No tiene perdón de Dios no saber explicar quién es el culpable de la forma en que amas el monte y sus gentes, las matas y los árboles, las reses y los perros, la noche y el alba de Sierra Morena… 
“Se barruntan las ladras venideras por los barrancos y el entrechocar por las veredas los cascos de las caballerías con las reses a cuestas. Y los monteros, sintiendo ya el hormigueo de la brega, se vuelven hacia el armario en el que duermen desde la primavera los zahones, el cuchillo, el capote y los sombreros… Y al armero donde los rifles, con las entrañas vacías, esperan impacientes el calor de las manos de sus dueños”.
 

1 de septiembre de 2014

Septiembre


Es septiembre un paréntesis, un descanso de los sentidos abrasados, un aperitivo de olores que te inventas, un charco seco que ansía la humedad.
Es septiembre un arroyo que sueña y atraviesa la campiña desolada. Va o viene de la sierra, vacío y seco, sin brizna de pasto alguno, devastado. El rastrojo que recorta no ha crujido en los últimos pasos y te paras al borde del profundo cajilón. Al frente, el monte arrogante que ha superado un año más la asfixia y quiere verdear entre las piedras. Y más arriba, el agua, la vida, la esperanza, el olor, la promesa de octubre...
Es septiembre, especialmente éste que hoy empieza, una nube preñada de ilusiones, cal y arena, la fortuna y la amargura que nos mantiene vivos, dicha y pena que alimentan, los aciertos y torpezas del vivir; cualquier cosa, buena o mala, que no sea lo que queda a este lado bocarriba y calcinado.
Es septiembre sentir que sientes el porvenir del otoño, querer sentirlo y contarlo, y no saber hacerlo sin el frío que necesitas y te inventas, sin la humedad que te empeñas en barruntar y que está aún lejos, demasiado lejos todavía para berrear con fundamento.
Es la amenaza irrefragable del nuevo año, el entretiempo del esplendor que nos alienta, la primavera auténtica, nutriente, que viene y huele a libros nuevos, a goma de borrar, a viruta de lápices, a chimenea, a humo de jara y migas, a torreznos, a mochila, a grasa y cuero, a pluma y barro…  
Y, claro, a churros.

 

6 de agosto de 2014

Cita en los Campos


Es Vicetecno cazador auténtico, de nacimiento, puro y exigente con las leyes que la sierra impone, amigo entero, de los que huelen a nuevo y, sin embargo, llevan toda la vida ahí, esperando la ocasión de serlo para siempre.

Recibo hoy de él esta crónica directamente desde los Campos de Hernán Perea, recién hecha, fresca, deliciosa como una torta de nueces de Paciano. El autor es vergonzoso y su humildad me obliga a presentarlo bajo seudónimo, Vicetecno, un título que se tiene ganado por cuanto a continuación se verá.

Zona: Sierra de Segura, Campos de Hernán Perea
Paraje: Pinar del Risco
Fecha: 5-ago-2014
Altura: 1610 m.
835 mb. 18,5 º C.

Sobre las 19:30 el guarda me lleva al puesto y me advierte de que hay un jabalí que está entrando al cebadero a partir de las 10 de la noche. Y que no me preocupe si las ovejas de un rebaño cercano aparecen por el sitio, ya que se irán sin mayores problemas.
Tras despedirme de él me dispongo a sacar todos mis apechusques del morral, colocarme en mi puesto, observar los alrededores, familiarizarme con el terreno y ponerme a escuchar el escandaloso silencio, sólo roto de vez en cuando por algunas grajas que pasan volando muy alto y algún que otro arrendajo.
No ha pasado media hora cuando efectivamente aparecen las ovejas y tardan en pasar como unos veinte minutos. Se oye a un pastor a lo lejos llamarlas y para eso de las 9 de la noche ya sólo se ven en el risco de enfrente no más de seis que, a regañadientes, se van yendo poco a poco. No muy confiado, decido hacer caso al guarda y seguir esperando. Al fin y al cabo ellos son los que conocen la querencia del sitio.
Me empiezo a animar: aparecen una gama, su cría y un vareto que me demuestran que los animales no rehuyen el terreno por el que han pasado las ovejas, incluso hace muy poco. Comen hierba tomando camino cuesta arriba. El sol ya se ha metido, la temperatura baja, estoy a unos 17º, es un gustazo estar aquí.
A la hora que me dijo el guarda, con puntualidad poco ibérica, oigo una piedra rodar que me pone sobre aviso. Es noche casi cerrada, y la luna (a unos tres cuartos de tener la cara entera) me deja ver el campo menos claramente de lo que me gustaría. A la izquierda del cebadero le veo aparecer: asoma el morro y se echa atrás. Lo oigo darse la vuelta a  un pino y le veo asomar de nuevo el morro, queriendo olisquear lo que no puede por la bondad de mi puesto. Se retira. Espera unos cinco minutos. Aparece de nuevo y esta vez pasa andando junto al cebadero, cruzando sin parar, para asegurarse de tener buenos vientos. Se espera otro poco...Se me ponen los pelos de punta: está zorreando como un macho viejo, y poco a poco voy cogiendo el rifle sin hacer nada de ruido, para llevármelo a una postura en la que pueda mirar por el visor.
Finalmente se decide: entra rápido y, con un movimiento ensayado, con la jeta levanta la piedra y comienza a comer el maíz sabiamente escondido. No parece demasiado grande, pero podría ser bueno. Tampoco se oye más ruido, por si éste fuera el escudero del Gran Esperado. Pero no. Está solo y se está comiendo el maíz a ritmo trepidante.
Es el momento: apunto y, cuando lo tengo en la cruceta, un trueno rompe la noche de los Campos. Tras rellenar la recámara, vuelo a mirar de nuevo por el visor, pero veo que no hará falta un segundo tiro. Recojo mis cosas con la emoción, guardo el rifle, la silla, y sólo dejo fuera un cuchillo y la linterna. Me voy acercando al comedero, poco a poco. Ya veo a simple vista el bulto. A ver, a ver... Mierda. No me sale otra palabra. Una hembra. Bonita. Unos tres o cuatro años. Bien cebada. Le canea el lomo. Unos setenta kilos. Pero hembra. Sólo puedo pensar en qué macho viejo le enseñó a entrar a comer como lo ha hecho, y además cómo es posible que una hembra de este porte vaya sin rayones. 
El cabreo poco a poco va cediendo y disfruto de la noche, del lance y de la suerte de poder estar en los Campos haciendo esto. Viene el guarda. Le comento la jugada y está de acuerdo en que se merecía ser macho. Nos volvemos al pueblo y delante de un choto con ajos me consuela con la frase típica de "la caza no son matemáticas". Más mierda. Me la sé. Por eso no me explico mi porcentaje casi nulo de número de machos vistos-tirados-cobrados frente a la larga lista de noches en vela. Eso también son matemáticas, pero mi estadística no me desalentará: seguiré buscando al Gran Deseado mientras tenga fuerzas, oído y vista.

En la Sierra de Segura a 6 de agosto de 2014.
Un cazador con más ganas de las que tenía el 4 de agosto.

10 de julio de 2014

El Cencerro (3)


Son precisamente esas dos horas las que quieres que te cuente. Veinte años en dos horas. La mayoría de ellos tirado al monte, la mitad huyendo de los civiles y de mi mismo.
 
Dices haberte criado divisando a lo lejos mi sierra. Te crees por eso en el derecho de desbrozar las leyendas censuradas que escuchaste en voz baja. Veinte años en dos horas, me dices. Y me prometes no inventarte una coma, ni un suspiro que no salga de mi boca. Toma nota:
 
Me pasé media vida en la cabina de un camión, dando portes entre Granada y Jaén; y la otra media, oculto en sus sierras. Es, en realidad, la misma sierra que las une, salpicada de aldeas, cuevas, cortijos y veredas; tan mías ya como las palmas de estas manos, resinosas y negras, ásperas como el monte trasteado. 
 
Dicen que antes fui bueno y luego un demonio, pero sólo yo sé que soy el mismo. He pasado días escondido en una mata… y ni siquiera eso me ha cambiado por dentro. Una vez llegué a estar una semana entera y sólo pude arrastrarme de noche del zumaque en que estaba agazapado hasta un lentisco más espeso, sobre el que daba menos sol al mediodía.
 
Siete días y siete noches tuve a un piquete de civiles acampado en la loma de enfrente, divisando la mía y relevándose por mitades en las salidas que hacían cada mañana. Registraron cada mata de todos los cerros de los alrededores en varios kilómetros a la redonda, menos el mío por tenerlo al lado. Me buscaban con indisimulada seguridad. Lo notaba ya desde el lentisco, pero fue luego cuando supe con certeza que había sido delatado por mi más leal compañero.
 
El más leal, pero sólo hasta entonces, porque luego, con el tiempo y la brega, creció la lealtad en muchos otros. Se jugaban la vida a mi lado por salvar la mía, y en poco tiempo acababan contagiados. Tuve traidores en la sierra y en el llano, compañeros que dormían cada noche a mi lado y enlaces de los pueblos y cortijos, capaces de echarse a andar una noche entera para venir a darme un recado, sin ser vistos ni por los míos, y volverse otra noche a lo suyo. 
 
Unos y otros me demostraron mil veces esa nobleza que sólo se siente en la sierra. Y de un día para otro, se me echaban a perder. Aprendí a oler la traición, a notarla en los ojos, a ver venir que era cuestión de días que sucumbieran, incapaces de soportar las promesas de perdón y de dineros, y que acabaran bocabajo en alguna cuneta, siempre próxima a sus pueblos, fusilados por la espalda mientras se tanteaban en cada bolsillo los dos fajos de billetes recibidos.
 
.../...

10 de junio de 2014

La Junta del sábado

 
En la Sierra Morena de Andújar, alegórica y premeditadamente, sobre el porche del cortijo que fue de don Jaime de Foxá, sito en el corazón de las Viñas de Peñallana, celebramos el pasado sábado la Junta de Monteros del Jándula; asamblea general, ordinaria y primera a la que fueron convocados todos los socios, desde el primero al último inscrito anteayer. Veintiséis en total, un quórum marcado como objetivo y cubierto en el escaso par de meses transcurridos desde la creación de esta sociedad.

Prácticamente todos nos conocíamos, era éste otro objetivo primordial junto con los demás pendientes todavía de alcanzar, más generales pero igualmente esenciales: la igualdad, la transparencia, la ausencia del más mínimo ánimo de lucro y la seguridad como obsesión.

Desde el principio, venimos notando otra obsesión preocupante, producto seguramente del pecaminoso subconsciente que todos los cazadores padecemos; y presintiéndola, quisimos dejar maniáticamente claro que Monteros del Jándula no nace frente a nadie, ni a causa de nadie, ni a favor de nadie, ni aprovechándose de nadie. Somos todos, los veintiséis, igualmente culpables de un capricho legítimo que a nadie perjudica, de un único fin perseguido, o quizás dos: la caza y la amistad, o mejor dicho la amistad y la caza.

Que todos nos conociéramos no impidió que se hiciera un detallado resumen de la rigurosa gestión realizada en tan corto como intenso período de tiempo. Y así, con la buena fe que confiamos perdure, resultó todo aprobado por unanimidad; salvo el emblema-logotipo por el que tuvimos que luchar, como si nos fuera la vida en ello, para acabar votando y, al cabo, demostrándonos a nosotros mismos la risa que nos da tanta tontería de hojalata en el sombrero.

Esta página no va a convertirse en altavoz de Monteros del Jándula. No quiere, no debe, no sabe, ni sirve. Pero qué menos que dejar hoy aquí expuesta la ilusión con que brindamos el sábado pasado. Poca cosa, pero nos basta, por ahora:

18-10-2014: El Tagarillar.
25-10-2014: Corchuelos.
8-11-2014:   Casablanca.
29-11-2014: Valdelosdoblaos.
31-01-2015: La Leñera.
1-02-2015:   Los Cuartillejos-El Raspao.

Al sexto brindis, recogimos y levantamos acta para conocimiento de quienes no pudieron asistir por comuniones y otros eventos o compromisos más serios que el nuestro.

Y sin otro ánimo que dejar aquí puestas las fechas para que parezca que se acercan, que vuelan los días y pasa la calor, extendemos hoy ésta para quienes sabemos que se alegran y que también comulgan con la difícil idea de que el orden de los factores, la amistad y la caza, sí altera el producto.

5 de junio de 2014

Conde

 
Fue a principios de julio, una mañana de conejos, cuando me hablaron de ti. Habíamos acudido a la cita ilusionados, pero desde el amanecer fuimos perdiendo el entusiasmo con los primeros conejos mixomatosos. De vez en cuando, los perros pintaban alguno sano que subía raudo por las limpias paredes del cajilón, aprovechando el desencanto que mostraban sus perseguidores en el propio latir tranquilo, seguros de que una vez iniciada la carrera se estrellaría torpemente con cualquier obstáculo.
 
La desidia fue acercando a los cazadores y las escopetas se fueron colgando al hombro, fragüándose la típica charla que siempre se inicia en queja, la nostalgia de tiempos pasados; y acaba con cierta esperanza, de contagioso artificio, proyectada hacia el próximo encuentro con el campo: la media veda.
 
Fue entonces cuando me hablaron de ti. Me lamentaba yo de que "Curra", la cachorra criada con tanta ilusión, resultara asustarse de los tiros pese a parar y mostrar aceptablemente. El defecto era genético y no había corrección posible. Un amigo que escuchaba las quejas fue quien primero habló de ti: Un braco y un pointer, encerrados en una nave, siempre de pelea. Él mismo había sido testigo de la última, a consecuencia de la cual el pointer quedó bastante maltrecho. Pese al cambio radical de la conversación, el breve comentario quedó grabado en mi mente, donde desde hacía algún tiempo se organizaba y reforzaba el sueño infantil del pointer. 
 
El azar quiso que aquel mismo día, al final de la pésima jornada de caza, apareciera tu anterior dueño. Iniciamos una conversación y una dura negociación que acabó en una permuta sin sobreprecio: mi mejor macho de perdiz por ti. Y sin conocerte, sin la más mínima descripción pero intuyéndote, cerré el trato con un apretón de manos. Sólo pude saber que llevabas dos años sin salir al campo y que, desde la última pelea con el braco, tenías la cabeza hinchada y varias heridas en el cuerpo.
 
Te trajeron aquella misma tarde. Ni siquiera recuerdo tu nombre anterior. Y a pesar del lamentable estado físico que traías, te llamé "Conde" desde el principio. Pude cuidarte y mimarte con esmero ese primer mes. Y pronto me lo agradeciste olvidando tu nombre, tu dueño y tu vida anterior. Llegó la media veda y yo también me olvidé, por ti, de mi anterior pasión por la tórtola para poderte hacerte y disfrutar en la codorniz. Mil tórtolas valió la primera. Se te notaron los dos años que llevabas sin percibir los efluvios del campo. Temblabas de emoción. Como yo, cuando te vi hierático, palpitando, buscándome de reojo. Resistimos varios minutos, quietos y en silencio, solos con la codorniz en el rastrojo, ensamblados con ella, viviendo la secuencia mil veces repetidas, y tan distinta y nueva cada vez.
 
Qué difícil explicar una pasión tan simple y primitiva, el sentimiento de ese triángulo ancestral. Y qué difícil comprender lo que quedó entre nosotros desde aquella media veda. Y sobre todo, relatar con naturalidad, sin vergüenza, que ayer mismo te subí al coche y te llevé a correr, a entrenarnos para octubre. Y que, una vez solos y cansados, en el olivar, estuvimos hablando quedamente de la perdiz, de su vuelo vigoroso, de sus querencias, de su astucia, de la agilidad para subirse al olivo a esperarnos los días de barro y fatiga. De vez en cuando, hacíamos una larga pausa para escucharlas superpuestas, sobre el lejano cantar del huidizo cuco, desordenadas y alegres, recogiéndose para la noche. Y al lubricán, estábamos aún absortos, sin verlas, pendientes del fondo de la vega, imaginándolas en su trasiego de recogida, rebasando ya la linde de la tierra calma:
 
"Notarás el rastro y me indicarás el olivo exacto, ya verás cómo sale. Un torrente de sangre nos golpeará las sienes. Y el corazón, en la boca, se nos querrá salir para volar también, sobre las copas de los olivos, escoltado, en el centro de la banda, hacia cerros imposibles...”

14 de mayo de 2014

Monteros del Jándula


 
No hace un mes que nació. Hemos estado sujetando las ganas de hacer pública la buena nueva porque no han cesado aún, ni cesarán, los dolores del parto.

En prueba de lo viva y despierta que viene la criatura, y de la ilusión que trae y nos cautiva, han tenido que limarse asperezas entre amigos que nos conocíamos bien como tales y no tanto seriamente, luchando cada cual a su modo por lo mismo, frente a frente, aquilatando pareceres, sentimientos, principios, vocaciones...

Ha nacido por su propio pie, en su propio nombre y derecho, con la recia tolerancia de la buena fe que aflora en cuanto escarbas.

Ha nacido sola y, por eso mismo, sin altavoces, en silencio, para no molestar, casi en secreto. Y sin embargo, muy pronto, el parto ha batido record de adhesiones. En veinte días, fuimos ya todos los que somos, los que quisimos ser nada más y no otra cosa que los primeros de una simple lista, una lista tan libre y comprometida como abierta a no excluir a nadie hecho de las mismas yerbas.

Ayer mismo, firmamos todos los contratos y remitió la ansiedad primera. Será ahora otra la angustia ilusionante de llevar a efecto día a día, salve a salve, mancha a mancha, tiro a tiro, la promesa de ser nosotros mismos para nosotros, sin otros trofeos que los que realmente merezcamos…

Porque es la vida, así, día a día, una hora tras la otra, como el agua, mirando lo justo atrás, sin más entretenimiento que el vivir, hacia adelante, sin pararse a repeinarse en remansos ni chilancos, respetando las riberas.

Como el Jándula, que brota, fluye, absorbe y empapa la sierra....

¡En el nombre sea de Dios!

26 de abril de 2014

Astasio


Astasio se llamaba el marido de Gloria, Anastasio Roldán Navarro en los pocos papeles que tenía. Ella nunca pronunció ese nombre, mucho menos con apellidos. Se refería a él como “mi hombre”, si no estaba presente; y, si lo estaba, con un simple “éste” o “ése”, dependiendo de lo cerca que estuviera. De hecho, nunca oyó a nadie llamarlo Anastasio, salvo una vez al mismo tiempo que un escalofrío le encrespó la trenza y le agarrotó la espalda. Será por eso que no ha querido nunca pronunciarlo. 

- ¿Eres tú la mujer de Anastasio Roldán Navarro?, le preguntó una mañana el cabo de la pareja de civiles al toparse con ellos en la misma puerta del cortijo. 

Cosa rara, no había rajeado una urraca ni un mojino de la muchedumbre que, pendiente de robar lo que podía, bullía a todas horas en los chaparros del camino. No había volado el bando de zuritas y sin embargo no quedaba una en el tejado. Y lo más extraño: tampoco había ladrado la mastina. Apareció luego a la tarde, entre los podencos, caldeando y con la cabeza gacha, como avergonzada de no haber sabido estar en su sitio y cumplir su oficio.

Los civiles se hubieran metido en el cortijo si no es porque Gloria tropezó con ellos al salir con un cántaro a la cadera. Las capas abiertas, los fusiles al hombro y los tricornios brillantes, pese al polvo del camino. El polvo rojo de la sierra que todo lo iguala y apaga, también el verde de las capas, los fúnebres destellos en las cabezas y el negro de las botas y cartucheras… pero no el agrio vozarrón del cabo, panzón y sofocado, preguntándole si era la mujer del Astasio.

Todavía no se explica la siniestra aparición, el par de bultos verdes en el mismo escalón que ya pisaban, ni cómo se las arregló para que no se le cayera el cántaro al suelo en mil pedazos. En lugar de soltarlo, le echó una mano a la boca y apretó con todas sus fuerzas, como si le fuera la vida en ello, tanto que se rebanó medio dedo en una mella del canto. No había acabado el cabo su pregunta y ya vio el hilo de sangre chorrear cántaro abajo.

- ¿Pero qué es esa sangre, mujer? Y entre tanto, mientras apoyaban los fusiles en la pared para echarle una mano, pensó que le vendría bien el percance para rumiar mejor la respuesta.

Fue entonces cuando cayó por primera vez en la cuenta de lo poco que sabía del Astasio. Conocerlo lo conocía como a sí misma, pues eran ya muchos los años uno al lado del otro. Eso sí, hablando lo justo, había días que nada. Ni los buenos días se dieron nunca. Y sin embargo, otra cosa rara, producto de la ancestral cortesía serreña, se atropellaban uno al otro en cumplidos con cualquiera que se acercara un rato al cortijo de visita y buena fe.

Astasio hacía ya muchos años que se dejó caer hasta allí desde la Sierra de Andújar. Que ella supiera, cruzó el Jándula y el Yeguas, remontó Valdelagrana y El Risquillo, y siguió andando sierra a través no se sabe cuántos días. Nunca dijo nada, pero de algo tenía que venir huyendo cuando se presentó en el tajo de los Carboneros y, sin dar los buenos días, pidió un cacho de pan, primero con los ojos mirando el canasto tapado con un saco; y luego, por caridad, con la voz torpe y bronca de quien lleva semanas sin abrirla para nada.

Sastián lo miró entero. Se detuvo en los ojos extraviados y le bastaron. Se fue al hato y le acercó un pan de a kilo, la bota de vino llena y el trozo más grande de tocino que encontró en la talega. Se volvió a la cuadrilla y dio orden de seguir cada uno a lo suyo. Cuando pararon a comer, Astasio estaba dormido como un bendito, mediada la bota y sin miga alguna de pan en la pechera, ni mancha de tocino en las manos ni en la boca, pero tenía ya la cara negra como ellos. Le dejaron dormir y reanudaron la faena en cuanto acabaron de comer. Al despertar, se acercó a la cuadrilla por detrás. Nada dijo, nada se le preguntó. Se agarró a trabajar y no paró hasta la noche.

Y allí lo tuvo Sastián más de un mes, oculto y confundido en la cuadrilla, hasta que se le pasara el susto o lo que quiera que fuera el extravío que traía en los ojos. Por fin, una noche, al remate, le dijo: tú tira detrás mía. Lo trajo al cortijo, le echó un camastro en un rincón de la cuadra, con una teja de almohada. Y en él durmió siempre, entre las albardas, cumpliendo su labor de echarle un pienso a las bestias cada tres horas y aparejarlas mucho antes de que clareara el día, para salir con los demás, todavía a oscuras, a donde quiera que ese día tuvieran la carbonera.

Cinco años después, al remate de la cena una fría noche de invierno, estando todos en silencio alrededor de la lumbre; con voz alta y destemplada, Astasio le dijo a Sastián de juntarse con Gloria. El Carbonero le echó un ojo a su hija, notó el acelero con que fregoteaba un lebrillo y fue suficiente consulta. Con medio gruñido y un gesto, le señaló a Astasio un taburete de anea y éste, por primera vez, se sentó a la chimenea.

El taburete era nuevo, nadie lo había usado hasta esa noche. Hacía sólo tres días que Gloria lo había acabado y acercado a la lumbre, el mismo tiempo que Astasio venía rumiando su solemne petición.


3 de abril de 2014

Campos de Hernán Perea


Dicen que el tiempo se detiene en cuanto entras a los Campos de Hernán Perea. No puede ser cierto, es sólo que el reloj mental coge otro ritmo. De hecho, a nosotros, desde el amanecer, nos dieron las tres sin darnos cuenta. Y hoy, haces memoria para escribir esto y sí que notas que viviste intensamente cada minuto.

Algo parecido debió ocurrir con el nombre original a lo largo de los años. Fueron los Campos de la Gran Pelea entre cartagineses y romanos, cuando corría el año 211 antes de Cristo. Y pasaron a ser los Campos de Hernán Perea, confundidos con otra gran batalla que tuvo lugar en otro sitio, entre moros y cristianos, ya en 1.431 y en la que, para mayor confusión, nada tuvo que ver el tal don Hernán Perea de Contreras, sino don Rodrigo de Perea.

En nuestro caso, nos confundimos tanto que llegamos a creer que el rifle estaba mal. La culpa la tuvo un gamo, o quizá dos. Uno y otros salieron escupíos regateando las balas. Probamos y corregimos el visor en una piedra y, después de siete o quince tiros, volvimos a descorregirlo dejándolo como estaba.

Otros tres muflones quisieron luego ponerlo a prueba. Pero no dejaron sangre alguna sobre la blanquísima nieve delatora, tan sólo las huellas de uno que quiso separarse de los otros para hacernos sospechar su malestar cuando, en realidad, debió ser porque tendría cosas que hacer en otro sitio.

Otro par de gamos quiso también probar suerte. Y bien metidos en el visor, no se notó la química y el flechazo requeridos. Menos mal, porque desde otra vaguada descubrimos luego a un par de excursionistas enamorados que contemplaban los mismos gamos con sus potentes prismáticos. Y es seguro que no hubieran podido soportar el trauma del desmayo, el revolcón o el simple trallazo del 300 en aquellas soledades.

No es cierto que el tiempo se detenga en el vasto páramo de la Gran Pelea, pero invita a sobrecogerte cuando nieva y sólo crujen tus pisadas. La niebla te entontece y acojona porque piensas que si sigue nevando pierdes el carril, las referencias y la vergüenza. Pero ves que el guarda dice de seguir y te dices: él sabrá. Y es también él quien te ambienta y acojona al contarte nevadas traicioneras que se tragan en poco tiempo un coche entero, el refugio aquél y su chimenea y todos los pinos del cerro de enfrente. Y te dices, venga…

Por si nieva, los jabalíes andan de día por los Campos de Hernán Perea, seguramente confundidos también con las horas y las hambres. Y en eso estábamos, controlando una piarilla a cargo de un par de buenos machos, cuando vimos un muflón vigía en un testero con dos buitres de testigos. Había que hacerle una dificultosa aproximación y se le hizo. Seguro que malamente; de pino en pino, de piedra en piedra, entre piornos y poco más para taparse, algún enebro y espino albar tragados por la nieve y, por fin, una cañadilla a modo de dolina evolucionada hacia uvala alargada que estaba allí puesta como para que yo me arrastrara por ella.

El muflón que no era tonto se percató sobradamente de la maniobra, e incluso también de la presencia de mi hermano y el guarda que se quedaron atrás a la sombra de un pino. Con los prismáticos, para no perderse nada, comprobaban desde lejos mi torpeza a cuatro patas. Y arrastrando el chaquetón y las ingles por la nieve, sin sombrero, empapado en sudor porque el sol apretaba al asomarse entre las nubes, llegué a la sombra del único pino, amigo y cómplice.

Desde allí pude ver que la muflona seguía pastando en la inopia, confiada en su macho. Y éste, nervioso ya, la rodeó dos veces para llevársela, un par de intentos de decirle que hay que irse. Y, como siempre ocurre, fue su perdición. Por amor, fue alcanzado al primer tiro y fallado en el segundo a la carrera. Debió estorbarle la primera bala en la barriga, se paró a ver que era aquello y cayó al tercero. Su legítima volvió y correteó a su lado, lo miró dos veces y trotó pronto tras un suplente que, al tiro, salía de otra dolina que se las pelaba.

En el páramo más extenso de España, con el cielo tan plomizo y la luz tan rara, entre cuervos solitarios, la nieve fundiéndose, el sol queriéndose asomar y las nubes tan cerca, se vive de otro modo esta tragedia.








12 de marzo de 2014

Cuando nadie me ve


Se echa la veda y se apagan los versos, cuando nadie te ve… Y en el balance, detestas las filas de venados ordenados, el montón de ciervas destripadas, las hileras de cochinos de mayor a menor; y los últimos, despatarrados, con los ojos abiertos y las bocas cerradas...

Cuando nadie te ve… odias los horribles boquetes de salida, los ojos muertos, ciegos y resecos, las astillas de los huesos dislocados, las tripas reventadas, la pelambrera roja de sangre, la sangre negra de barro, la sangre sucia encharcada...

Es como un pellizco interior que se te queda, un regusto amargo que no llega a dar la talla del torpe arrepentimiento, porque el día está echado como querías, ni más ni menos.

Cuando nadie te ve… aborreces igualmente el marujeo, los corrillos del veneno, una mano en el bolsillo y en la otra el vaso largo, de plástico empañado, con cubitos que no suenan, como la crítica sorda y gris que tampoco tintinea, chabacana invariable, torpe y sucia como los charcos de sangre pisoteados.

Se echa la veda y se apagan los versos, cuando nadie te ve… Y es como una obsesión periódica mirar a ver si has sido o no enteramente leal. Debe ser un vicio importado de este oficio que ejercemos y nos obliga a una continua manifestación de lealtad que te deforma. Vicio se te antoja esta virtud cuando notas que eres leal con independencia de la calidad de la persona que ha depositado su confianza en ti. No quieres ser más leal con quien más se lo merece. Quieres ser pura y enteramente leal sin más, no sabes ya si por deformación profesional, por el mero placer de serlo o porque no sabes ser de otro modo.

Y acabas, cuando nadie te ve, envidiando a otros tan sanos, vacunados, inmunizados contra esta tonta enfermedad. 

Sueñas que cazas sin miedos, cuando nadie te ve, con amigos, sin envidias, con ilusión, sin trofeos, con ciega esperanza en la suerte, tan bendita cuando viene sin ayudas, sin la rabia semiautomática que nos contagia y amarga....

Valga la redundancia, sueño que cazo con amigos, cuando nadie me ve.