15 de julio de 2015

Torre de Venzalá


En mágico equilibrio, resiste aún de puntillas un contrafuerte, los restos de un torreón, vigilando la campiña calatrava. 

Más próximas, desde el sopié del cerro que la encumbra, se extienden las más fértiles heredades tosirianas, que fueron de pan llevar; desamortizadas desde hace casi dos siglos y, sin embargo, algunas conservan vestigios eclesiales: Los Villares del Rosario, El Fraile, El Obispo, La Cañada de las Monjas… Y a la derecha, separado por otros señoríos, el recorte negro y azul de la sierra, la sorpresa cotidiana de Sierra Morena.

Víctima de los amantes y marchantes de la historia, la rodea un montón de piedras descartadas, revueltas, sobadas de una en una por la muchedumbre de eruditos, sabedores  o ignorantes, expoliadores de buena y mala fe que, cíclicamente, una generación sí otra no, nos ha ido dando por subir a escudriñar el pasado árabe o romano, o el íbero últimamente más en boga.

Y ahí está, viendo también pasar el tiempo, muchos más siglos que otras más cantadas, esperando el temblor de un tractor que la eche abajo.

No hay otro riesgo que la fuerza de la gravedad. No queda ya un solo constructor de cortijos al que temerle; pero sí quienes, desde la tumbona, disfrutan contemplando junto al pretil de la piscina la piedra mora, íbera o romana de Bastora, límpida y azul, con los destellos de los focos submarinos y el potente chorro del skimmer.

Desde Martos, la hemos visto esta mañana. Y estaba allí, vigilante y muerta, pero allí, testimonio todavía en pie de que, hoy, lo importante es estar y no tanto ser. En su caso, no más que un montón de piedras en lo alto de un cerro. Y  sin embargo, como el punto geodésico que le han puesto al lado,  reseña, referencia, catastral, de más de un alma tosiriana.





28 de mayo de 2015

El miedo



En estos días, da gloria ver a un venao taparse y perderse en cuestión de segundos. Da gloria incluso no verlos y volverte creyendo que la finca está falta de reses. En cuanto pierden el miedo, ya no es lo mismo. Es esencial que no falte, permanente e irresistiblemente arraigado en la impronta genética.

Gracias a él, la perdiz ha llegado a nuestros días, tal cual es, alguna todavía. De lejos, es el miedo lo que la salva obligándola a guardar una distancia infranqueable sin perdernos de vista, vigilando si hemos aprendido o no la técnica del caracol de Tragacete. Pero, al mismo tiempo, de cerca, es la perdición de la autóctona, que no sabe aguantarse mucho tiempo en una mata y se arranca, torpemente, en el peor momento, porque no puede continuar allí aplastada un segundo más. La de granja sin embargo, cuando se aplasta, ahí se queda aunque la pises, porque le falta miedo.

Fue a raíz de unas investigaciones que se hicieron en el Parque Nacional de Yellowstone, sobre los efectos de la desaparición del lobo, cuando se empezó a estudiar más seriamente la “ecología del miedo”. Sin lobos, los herbívoros aumentaron y el sobrepastoreo causó graves problemas de erosión llegando incluso a modificar el curso de los ríos. A mediados de los 90 se reintrodujeron los lobos y la población de herbívoros se estabilizó ocasionando nuevos y sorprendentes cambios en un ecosistema ya olvidado.

En Sierra Morena, no hacía falta .Gracias, muchas graciascientue se sepa que lo han dicho los americandota, ahn busca de otros lugares mrios, las cuales merecurrir a esos complejos estudios de la Universidad del Estado de Oregón. La gente de la sierra siempre supo que la caza y su intensidad modifica el comportamiento de las reses, sus desplazamientos, sus hábitos de alimentación, sus querencias… Pero, aún siendo evidente, no está de más que se sepa ahora que han sido unos sabios científicos de Oregón los que han dicho que las presas reducen su nivel de alerta si se caza poco, que la reducción del miedo tiene efectos catastróficos y que, por contra, la caza excesiva acaba convirtiendo el entorno en lo que han decidido denominar “paisaje del miedo”, paulatinamente abandonado en busca de otros lugares, con iguales o peores pastos, pero más tranquilos.

Es el miedo por ello un importante factor de equilibrio medioambiental. Da gusto ver la res que no te entra para tirarla a cascoporro, sino al galope o tapándose, sin dejar de sentir la caricia de las matas en las costillas, escamada, venteando y con los ojos bien abiertos. El miedo es esencial y, para mantenerlo, es importante realizar frecuentes cambios de estrategias, no cazar siempre lo mismo y del mismo modo.

El lince, por ejemplo, ha perdido ya prácticamente por completo el grado de cautela y se te queda mirando a ver qué eres y qué quieres, sabiendo que al cabo no será mucho más que una foto. Por nuestra parte, también hemos perdido el instinto depredador frente al lince, si acaso lo tuvimos algún día; repugnancia nos da ya simplemente imaginarlo metido en el visor. Pero lo que no podemos perder es la bravura de la perdiz, la audacia del venado, la osadía del cochino… el corazón en la boca y esos golpes de sangre en las sienes.

23 de febrero de 2015

Serreños


Nos juntamos unos cuantos el otro día y dijimos de nacer.
 
Así dicho, parece fácil pero no lo es. Conforme está el patio, hay que tener ganas, pensarlo, ilusionarse y decidirlo. Tienen que darse, además, las circunstancias de tiempo y lugar, a veces casi mágicas, como la picaílla del perdigón que escucha cantos dispersos todos los días y a ninguno atiende. Es una concreta mañana de sol cuando, deja de picotear, pone oído, se esponja, ahueca las alas y, de callada, con el verdín a medio embuchar y alguna brizna en el pico, se arranca a correr, ciego, sin taparse, abriendo los tamujos con el pecho, rodeando los lentiscos, guiándose por ese canto único que no puede dejar de atender.
¿Tú quieres cazar con nosotros?”, ha sido la única pregunta, tan simple y sorpresiva para algunos, como los unánimes “claro que sí, ya teníamos que estar puestos” que hemos ido anotando contagiándonos una ilusión festiva que, en dos días, se ha convertido en sobria responsabilidad.
¿Otra sociedad? Sí, otra sociedad. Lo sentimos mucho, no hemos tenido tiempo de pensar más que en el gusto, la confianza, el aliento y el derecho de treinta y cinco amigos que estaban ahí, como enmoñados, esperando la picaílla
Secretario, pasa lista, que vamos a echar a andar.


 

18 de enero de 2015

Cazorla


De lo que la caza nos quita, hablábamos anteayer, precisamente desde Burunchel a Arroyo Frío, donde nos amaneció del todo. Y luego, cuesta arriba, camino de la Nava de San Pedro, comenzamos a sumar lo que la caza nos da, a las faldas de los Poyos de la Mesa, con el trabajo hecho y la ilusión cumplida en el Cerrillo de la Potra.
Y así seguimos, por la Nava del Espino, la Fuente de la Umbría, Majaizquierdo y el Barranco de Guadahornillos, sin parar de sumar,  hasta encaramarnos, por fin, sobre las mágicas Navillas de Capazul. Nunca se acaba Cazorla. La sierra iba a más. Y porque se nos perdió la vista al fondo, en la nebulosa de la Laguna de Valdeazores, tuvimos que imaginarnos, arriba y borroso, el Barranco del Infierno y los fríos Campos de Hernán Perea. Blanca y verde, rubia y gris, la sierra entera.
Y yo me decía, qué íbamos a hacer nosotros aquí si no fuera por este hilo que nos une, nos anuda y nos trae. Y quiénes seríamos nosotros hoy sino tres desconocidos, cada uno en lo suyo y sin ninguna posibilidad de encontrarnos, querernos y entendernos, sin hablar, en estas soledades.
Nos había ido amaneciendo desde Burunchel y volvíamos a verla ahora, nítida, desde aquellas alturas: A Juanma le gustaba la caza como a nadie, te lo encontrabas, lo parabas, le hablabas de un perro nuevo que tenías y se le quitaban las prisas, tenías que ir a enseñárselo, lo miraba y lo veía ya trasteando el monte, latiendo un rastro, soñaba despierto las ladras y hacía que tú las soñaras también…
Seguimos ascendiendo, coronando aquellas riscas, y de vez en cuando divisábamos otra vez Burunchel, límpida. Y de nuevo nos volvía Hilario a hablar de él con la pena anudada en la garganta. Y atentos, sin dejar de escuchar, seguíamos hacia arriba, con los nervios a flor de piel, tristes e inquietos, sin apenas haber dormido, con el rifle al hombro y los ojos cada vez más abiertos, llenos de esperanza.
Ojalá me gustara a mi algo tanto como a ti la caza, me dijeron un día desarmándome.

Ojalá me gustara más, pensé responder. Ir a Cazorla y ser capaz de sentir aún más la sierra, ver más allá del verde y gris de los pinos salgareños sujetando un puntalón, sentir la vida que existió en las ruinas que se ha ido comiendo el monte, escuchar el rumor de las voces y las hachas en las hoyas, intuir las veredas y los pasos del serreño con la mochila a la espalda, reseca y negra, vacía, sierra arriba; para volver dos días después, de noche,  cargado, deslomado, hambriento y helado, directo a la lumbre, a descalzarse la nieve. 
Y ayer mismo, cuando vimos un terrano derrapar cortafuegos abajo, pensamos que de nuevo la caza nos quitaba algo. Eran muchas las prisas que traía. Paró en nuestro puesto y era él, el mejor. Se bajó solo del coche, sin ayuda. Lloraba y me abrazó. Y, gracias a Dios, hoy dice que quiere salir ya este sábado con sus perros; con los mismos que se quedaron solos, esperándole en el tiro, y hubo luego que subir a por ellos...
Demasiada coincidencia en tan pocos días, demasiada imprudencia tan seguida...

7 de enero de 2015

La Centenera de Churros Hunting

 
Me urgen con una crónica, la de la Centenera de Spínola, que en este caso no me corresponde hacer más que desde mi puesto, el 2 del Cerrejón; donde estuve cuatro horas al sol de enero, como en las Glorias, muy bien acompañado esta vez por Anastasio Sánchez, al rifle, y Javier Salazar a la cámara.
Nos toco en la esquina con Valdeleches, prácticamente fuera de la montería, al fondo a la izquierda, donde están siempre los lavabos; y sin embargo, nos divertimos como nunca, terrible adverbio que hasta a nosotros duele.
Sobre todo por Javier, yo quería haber tenido tiempo y ocasión de mostrarles el otro lado, remontar la cuerda de Los Valles, traspasarla y ver si brillaban o no sus ojos contemplando los barrancos despeñarse, preñados de quejigos y madroñas, hasta las venerables encinas de la ribera del Yeguas y sus verdes claros adehesados, fértiles, suaves, dulces, quietos como un belén.
Pero no pudo ser. No podíamos estorbar los convoyes de monteros recogiéndose y el esforzado trajín de las bestias y remolques. Tuvimos que volvernos sin la esencial visión del entorno que toda contienda requiere.

Y ni siquiera poniendo oído y todos los sentidos, pudimos escuchar bien la dicha en los cierres de Valdeleches y la Cabina, el fragor de las traviesas de Murillo y el Cortafuegos. El éxtasis correspondió a otros y, salvo a vista de pájaro sobre el plano, no pude enseñarles los dominios del campo de batalla frente al Yeguas y Pozas Nuevas.
Tuve que conformarme con transmitirles la emoción de las furtivas visitas previas, de puntillas y en silencio, la intensa ilusión jamás derrochada preparando una montería con amigos, entre amigos y para amigos, cosa rara.
En este grupo no existe Presidente, ni siquiera Junta Directiva, quise decir con cierta solemne sorna al inicio del sorteo. Yo soy solamente el auxiliar administrativo y me ha tocado dar las explicaciones oportunas, añadí. Y así, tras los oportunos agradecimientos, y algunas risas por mi deficiente pronunciación del término “Churros Junting”, fui aclarando los sumarios y humildes propósitos de una mañana fresca y luminosa, nerviosa y tímida, que se nos fue yendo de las manos hasta que se hizo de noche.
Esto hay que repetirlo, nos dijeron casi a todos al despedirse. Pero no, no vamos a repetir nada. Es imposible repetir conscientemente la misma magia.

Sentimos que creábamos algo, como mínimo afición en los nuevos; y rebrotes de ilusión en los más veteranos. Nada de eso estaba previsto, ni mucho menos, y ya es bastante. Si acaso, únicamente nos proponíamos volver los mismos, exactamente los mismos, por Navidad.
La lista está hecha y va a haber que guardarla.

Muchas gracias a todos.

 


29 de diciembre de 2014

Venturas y desventuras...


Recibí hace unos días en la sierra, donde mejor sabe todo, este relato que leí a la lumbre, en la pantalla del móvil, y que no pude traspasar en el acto por falta de medios telemáticos.
 
Lo releo hoy, aquí, sin ascuas, cenizas ni barro en las botas, y me sabe igual. Y aunque observo que ya ha sido publicado por Poncho Moraleda, el más rápido al rifle y a la pluma a ambos lados del Jándula, lo reproduzco por venir de quien viene y porque así lo ha querido el autor: “Si quieres, puedes colgarlo en tu blog, no en Facebook, por razones obvias, esto no lo entiende todo el mundo; al menos, mi secretaria, pasándolo en limpio se ha quedado in albis.”
 
Suena a reto, y me lo tomo como tal. Estamos un poco cansados de relatos épicos ilustrados con fotos de cochinos monstruosos, gamos gigantes y venados gloriosos. Estamos un poco hartos de esas caras de estreñimiento que muchos lucen en las habichuelas. Cazar no es ni mucho menos triunfar siempre. Cazar es fracasar un día sí y el otro también, y reír, sobre todo reír. 
 
VENTURAS Y DESVENTURAS DE UN FINDE MONTERO PRENAVIDEÑO
 

A Juan, a Diego, a Antonio, a Javi y a Germán y Perico, los samaritanos. Y a Alvarito


Pues señor -como empiezan los cuentos antiguos -el viernes 19 por la tarde, estaba inquieto e ilusionado por el fin de semana: sábado “Montealegre”, cupo corrido -me quedaban dos venados y un gamo- y domingo “el Rapao”; dos fincas señeras con los mejores recuerdos. Con la miel en los labios me fui para el campo, preparé los alchiperres, armas y viandas, todo al coche y ¡al canto de vísperas!: media botella de “Ercavio” -buen vino toledano- y un plato de jamón junto a la chimenea; tempranito, a la cama; soñé con mis dos venados, el gamo y algunas gamillas que saltaban y bailaban como los peces en el río.
 
El sábado a las siete tras el aseo mínimo José y yo cogemos el coche con mucha niebla hasta Andujar e iniciamos el ascenso al Cerro que subimos “con gran devoción” y “en llegando a San Ginés mirando a mano derecha", canto y Salve a la Morenita, en los vericuetos del jabalí alcanzamos a seguir hasta la finca a un suicida secretario camino del "Peñón" cabalgando “un amotillo” con frío pelón jugándose la vida en cada curva.
 
En la Junta fresquito, junto al río, sin carpa y con el menaje recién sacado del congelador, las migas ¡milagro! estaban en su punto, los huevos fritos como deben ser -yema clara y clara dura- agradable compañía y mejor charla; rezo, apercibimientos y advertencias -sermón de Juan Lillo en el desierto- sorteo; saco el primero, me toca el 3 de “el Cortijero", cierre y huida de “las Minillas" de grato recuerdo -dos gamazos y un buen venao- hace quince días; antes de cerrar, larga espera por un quítame allá esas rehalas.
 
El puesto, sucio de pinos, con dos canutos que subían del barranco y unas navillas querenciosas, hozadas de guarros; la cosa pintaba bien; de vecinos, en el 2, alguien de la propiedad que disparaba a modo, con mucho ruido y pocas nueces y en el 4 Diego Medina y su prole; testigo, el secretario; en Montealegre han resucitado esta vieja figura, a medio camino entre fiel/colaborador y espía/enemigo pagado, Juan “Motica” de apodo, zahorí, todo un pozo de ciencia serreña y más retranca que un portón. Transcurría la mañana sin coger siquiera el rifle, solo pasaron ciervas y gamas que yo, galante, dejaba pasar para que sigan las labores propias de su sexo –nunca me gustó matar hembras- ¡y los varones no llegaban! los guarros estarían con “solitario” y no comparecieron pese a estar citados en forma. Frisando la una, cruzan siete venaetes zagalones, cuernifinos y mal comidos, por la marcha que llevaban iban a tomar el Ave en la nueva estación de Villanueva de Córdoba; les envié una salva de compromiso en forma de saludo, nada; José ni hizo intención de coger el rifle, el paso que llevaban no les permitía detenerse ni para saludar.
 
Dimos cuenta del taco, con buena colaboración del secretario y una botella de “Habla del silencio”, vino extremeño, trujillano, muy apropiado para lances de caza, por lo del silencio que habla; los machos del Peñón de Montealegre no acudían a la cita salvo aquellos mozalbetes precipitados; los gamos tampoco secundaban a sus damas juguetonas; uno se asomó a una risca, lejos y debió pensar que no le apetecía el juego en que le iba el tipo, se volvió sin dar la cara.
 
Pasadas las dos, la hora de los grandes venados y de los mejores cochinos cuando dábamos la fiesta por amortizada, oigo a mi izquierda un ruido que venía del tendido del 4, jurisdicción de Diego; seis venados, seis, buen encierro para una corrida; todos buenos y el último un "pavo" con palmas de cinco puntas coronando, los seis se mostraron por el viso; justo en el puñetero viso; para mi pesar, yo veía el cielo azul, límpido, detrás de la silueta de aquel bicho mientras metía el codillo en la cruceta; mi corazón latía más de lo que aconseja mi cardióloga. “Estatuario”, porque ese debe ser su nombre, no se movía por nada del mundo, yo suplicaba en silencio que diera solo dos o tres pasos para enterrar la bala; nada; ¿cómo tirar así?; la trayectoria que seguiría el bicho cuando le diera la real gana de moverse me dejaba cinco metros -solo cinco metros- y lo taparía un pino, un grupo de pinacos de la época de Franco con los que no ha podido la memoria histórica, que me lo iba a quitar de la vista, quizás para siempre. Efectivamente, arreón y alza el vuelo, lo tiré de pico, como a las tórtolas, en los cinco dichosos metros que tenía; tan pronto mi ojo vio tierra detrás de aquella jodida paletilla, disparé, hizo un amago ¿lo habría herido? ¿caería?, José y el Secretario creían que sí, para mí que no; lo vimos cruzar, al trasluzón unas riscas y taparse. Lo tuve claro, había perdido un pavo de campeonato que ya empezaba hacerse mítico; registrado el terreno, “Motica” diagnosticó que no había sangre; el animal se encogió "de oído" por el susto y se fue a criar, mientras, al saltar la risca percibí que me hacía un corte de mangas.
 
Con las agujas del reloj frisando las tres, se esfumaron mis dos venados y mi gamo, cabreo in crescendo, recogimos; en la Junta Diego corre a felicitarme “por el gran venado que yo había matado” dándolo por hecho; él –juraba- lo dejó pasar para mí ó ¿le quedaba cupo? Yo no tenía perdón de Dios, aunque juro que sin tirar al vis, solo puede hacerlo en décimas de segundo, ¿cuántas explicaciones?. Fueron llegando los monteros y Diego predicaba para mi pesar las virtudes de aquel "pavo" y yo, compungido, sabiendo que no mentía; poca publicidad para tan gran tropiezo; me reconcomía poniendo a mal tiempo –una preciosa y tibia tarde preinvernal- buena cara.
 
La comida espléndida, por un día, los Villén cumplieron mejor que mi venado y mejor que yo; a la vuelta llegamos a ver a la Reina de la Sierra, rezamos una Salve y ella que es Madre, me sonrió; en la mirada también me pareció percibir una cierta ironía.
 
Llegamos a casa al filo de las siete; había que ir a misa y guardamos los rifles para no dejarlos en el coche; el cura explicó el evangelio del bueno de San José peor que lo hiciera Jose María Pardo por la mañana mientras esperábamos. De vuelta a casa recebé el morral de los estragos del día y tras un pan y aceite en la lumbre, a dormir, a olvidar a Estatuario y soñar con los que esperaban berreando en el Rapao.
 
Amaneció el Domingo ya camino del Cerro de nuevo, kilómetro 17,400 de la Carretera de Puertollano, a la izquierda; el Rapao, en el centro de la mancha, la Junta; desayuno frugal, de Domingo, sin migas y los huevos como siempre (manifiestamente mejorables) en el patio de la casa, que “es particular y si llueva se moja como los demás”, las mesas en cuesta y cojas, apretando la barriga para mantener el equilibrio de tazas, platos y copas; todavía duraba el cachondeito fino del lance del “pavo” del “Cortijero”. Sorteo, Juan adornado por la sombra de una cuerna de vaca; la mano inocente de José saca un buen puesto, el 4 de “las Losas”, orden de salida el último, tiene un gran pandero enfrente y los bichos cruzan en todas direcciones, dicen.
 
Dejamos en el 1 a mi primo Antonio Calabrús, en el 3 a Germán, Perico y sus niñas, llegamos al 4; el puesto bonito, en tres chaparrillos, buen aire y sol de lado, a la izquierda del camino, a unos cien metros; vamos a sacar los apechusques y al abrir el portón del coche, nos quedamos impertérritos ¿¿¿dónde están los rifles???, caigo en la cuenta que los saqué para ir a misa y esta mañana cogí solo el morral; ¡¡¡los rifles quedaron enfundados junto al armero!!!, a más de cien kilómetros, Jose y yo sufrimos una risa nerviosa que nos quita el habla, ante la increíble mirada del postor.
 
Decidimos que José vaya a pedir auxilio a los puestos vecinos: Perico, Germán -vecinos- Javier y Antonio –en la misma armada- eran los destinatarios de nuestra cuestación de ¡un rifle por el amor de Dios!
 
¿Me habrían pasado cosas en cuarenta años de sierra? Como ésta, ninguna; quedé rezando cuanto supe, instalando el puesto, abriendo los prismáticos y cogiendo piedras, si se acercaba algún venado, lo intentaría, podía haber suerte. Un cuarto de hora después vuelve José y ¡milagro de la solidaridad venatoria! y la fraternidad que caracteriza a los viejos morteros; San Humberto había acogido mis súplicas; José exhibía como una joya, un Remington 30.06 para zurdos que le había dejado Germán, quitándoselo de sus manos ¡eso es caridad! Compartirían el de Perico. A cargar; mi mano derecha buscaba lo que no encontraba: el cerrojo, con mil fatiguitas, lo dejé en disposición de tiro. Dicen que los gitanos no gustan de buenos principios.
 
No habían pasado diez minutos cuando en el paredón de enfrente a 250 metros, debuta un buen venado, me tiro el rifle a la cara, el visor 3-18x50 -yo utilizo menos aumentos- casi me permitía acariciarlo pero me obligaba a meter el ojo más de la cuenta; disparo tras averiguar como se quita el seguro y el bicho pegó un salto y cayó a los tres pasos, pensé ¡muerto!; uno del cupo. Los perros empezaron a mover la caza y vimos venaetes corriendo con sus ciervas como almas en pena; no había forma de que cumplieran, al pasar los perros por donde estaba el caído, junto a dos chaparrillas, nada cantan. En estas, un ruido detrás, dos o tres venados con cuatro o seis ciervas, a tiro, 100 metros; elijo el mejor, está rodeado de otros y otras, disparo y el bicho se estremece, se deshace el grupo, cada uno corre en una dirección, intento cargar, la mano derecha loca buscando el cerrojo, al final lo consigo y nuevo tiro, lo veo caer, el venado está allí ¡seguro!, los demás se han ido.
 
He hecho el cupo –bien está lo que bien acaba- pues había cedido mis dos ciervas a mi sobrino Javi, atacamos el taco, también había olvidado la Coca-Cola de José y en justa compensación hube de cederle una parte del Cune pequeñito que me supo a gloria y a poco. En estas oímos la voz del “Motica” nuestro secretario de ayer, que hoy aparece en funciones de “maestro de sierra”, grita que unos perros están liados con una cierva ¿qué cierva?; viene al puesto a beber agua y dice que lo que hay detrás es una cierva, José y yo juramos en arameo, somos objetores en matar ciervas que nada nos han hecho; he disparado a un venado mediano, con cuernos, voy al sitio y efectivamente en un gran charco de sangre, impropio de tan leve animal, hay un cierva, ¿y el venado? “Motica” insiste que yo he matado la cierva; ha sido de carambola, José no se lo creía y va a comprobarlo, a tocar sangre como Santo Tomás y vuelve sin dar crédito a lo visto; recapacito, vuelvo a ver la cierva, por si arranca algún reguero de sangre y sí, observo que un rastrillo. Veo a José gesticular mucho con “nuestro” rifle en la mano y a dos "pavos" corriendo, por prudencia no tira, al no localizarme y los venados se marchan muy dignos.
 
José estaba dispuesto a ir a visitar al primer venao, por si necesitaba los auxilios espirituales, pero en estas, va el tío y -como Lázaro- se levanta, tan pancho y en lugar de andar convaleciente, corre como alma que lleva al diablo. Puestas así las cosas, recuperábamos un venado del cupo; cabe esperar otro lance, después de tres tiros, le había cogido el tranquillo al del cerrojo zocato.
 
Al ratillo viene un bicho, loco de la vida, que no era para perder el sentido (once puntejas aunque abierto) que me saluda entre las jaras y al primer tiro lo pincho y en el segundo, también acierto; me dejó un recado: que me esperaba en el arroyo, en el quinto pino, la quinta puñeta, que al Rapao no llegaron las coníferas. Como no había secretario, para una vez que hace falta, casi tuve que nadar para ponerle la etiqueta e intentar desvelar el enigma del venado travestido en cierva; Germán dice que lo vio pasar, si era ese, que luego llegó a la Junta de carnes -no lo creo- era un bicho más feo que Picio, con los cuernos del revés, ¡lo que yo tiré era otra cosa! Estoy seguro, porque lo ví muy cerca y le di dos tiros, que compartió con la novia.
 
Resumen estadístico: vistos más de diez venados, tirados tres, cobrados uno ¡y una cierva!; otro se fue a criar y el otro, el que se dejó a su compañera en el camino, o era el feo o lo señalarán los buitres, guarda mediante.
 
En la Junta, mi primo Antonio exhibía orgulloso un gran venado, hicimos novio a Alvarito, del encaste Pardo/Moraleda que ha dado, da y dará días de gloria a la venatoria en Sierra Morena; tras las felicitaciones navideñas, cada mochuelo a su olivo; 2015 empieza por Navamuñoz. Con el “regomello” de sí nos tocará la lotería de Grupo nos separamos. Si toca, compraremos media sierra y los venados vendrán a buscar nuestro rifle cuando se nos olvide. No ha caído esa breva.
 
¡Lo que da de sí en aventuras, un fin de semana de caza mayor! Os lo cuento porque la venatoria tiene días de grandeza y de servidumbre; es mi regalo navideño -en día de Inocentes- a mis compañeros del Grupo Miranda. 

 

José Calabrús

15 de diciembre de 2014

Los Picos del Guadalmena


Puede ser que fuera que no tiramos las dos ciervas. Puede ser que fuera que venía con ellas, que se paró y que puso oído al trote hasta escuchar que se asomaban, reculaban y nos rodeaban sin más ruidos. Puede ser que fuera que registró en su mente la seguridad del collado y, una hora después, decidió que esa era la mejor huida. Todo puede ser. En la sierra, cualquier cosa puede ser.
Estaba yo subido en una piedra, cuando lo vi llegar por la izquierda. Enmontado todavía, mi compañero tiró. Salió al claro. Y tiró otra vez. Y otra más. Y me fui con él. Y al segundo tiro se sentó de culo. Debí echar un pie atrás y pisé el vacío. Con el rifle en una mano y, extrañamente, el cerrojo en la otra, caí sobre la otra piedra más lejana que mi torpe bota había buscado. En el aire, pensé que me desnucaba. Pero no, fue sólo la espalda la que recibió el golpe. Recuerdo a cámara lenta la caída hasta quedar inmóvil bocarriba y el inmediato salto como un resorte.
Tírale, remátalo, pude gritar a mi compañero en cuanto me subí a la misma piedra. Pero no lo veía, se lo tapaba la copa de la única encina del escaso claro. Seguía allí, sentado de culo, dudando y analizando quizás qué era lo que pasaba y de dónde venía. Como pude, metí una bala y el cerrojo en su sitio. Mientras tanto, se revolvió y fue a meterse en el mismo monte por donde había venido, pero antes de perderse tiré el tercero. Y desapareció.
Vicente y yo nos miramos. Está ahí, tiene que estar ahí, muerto o muriéndose. Lo dejé unos minutos enfriarse y fui al sitio. Pero no estaba. Regresé al puesto y allí tuvimos que estar otra hora más. Lo perdemos, decía mi compañero. Te juro que no, no como ni duermo esta noche hasta que lo encuentre, le respondía yo inocentemente, ignorante de lo que pasaría después.
Recogimos a las tres y, estrenando el chaleco naranja que nos regaló mi tocayo González Quesada en Valdelosdoblaos, me fui a rastrearlo como un bombero con zahones. A cien metros encontré la primera sangre. Tan sólo una vez tuve que desandar y retomar el rastro, clarísimo en el monte roto y en la forzada trocha, pero intermitente en la sangre salpicada cada vez más en regadera. Llevaba la boca rota. Y recordé cómo en el segundo tiro, viéndole sólo la cabeza y el cuello pensé estúpidamente en la cuerna.
El rastro se fue alegrando y, creyéndolo próximo, me subía de vez en cuando en alguna piedra para registrar mejor los alrededores. La sangre, muy seca al principio, se fue refrescando hasta un rojo intenso que ya mojaba bien los dedos. Debió estar un buen rato parado y debió ser de allí de donde lo levantó un perrete y, a la ladra, acudieron otros. Qué lástima perdernos esa tragedia que luego nos contaron del monte partiéndose y los perros volando hasta llegar la rehala entera. Y sujetarlo, y soltarse y seguir rompiendo jaras dejando los perros atrás. Y sujetarlo y soltarse... y revolverse barriendo el monte con las cuernas... Y sujetarlo hasta perder todas las fuerzas por los agujeros de las balas. Y echarlo al suelo. Y destrozarlo en venganza, enrabiados por la lucha presentada y la leña repartida.
Todo eso fue abajo del todo, en el espesinal del barranco, al  pie de los Picos del Guadalmena. Y entretanto, yo seguía ingenuamente el rastro esperando encontrarlo bajo cualquier chaparra, muriéndose encamado. Pero al cabo de un rato me sonó extrañamente el móvil con el nombre de Perico en la pantalla: ¿Tú llevas un chaleco naranja y estás rastreando un venao? Pues date la vuelta que como bajes donde está se te hace de noche.
Frustrado y sin embargo feliz llegué al puesto. Pero antes de abrazar a mi compañero quise que él también disfrutara una parte del rastreo. Volvimos. Y como un indio a otro, le fui mostrando los resbalones, la sangre seca, las esquirlas de hueso, la sangre fresca, la jara quebrada y reventada en ese libro que es la sierra, sólo abierto e inteligible cuando sabes cómo acaba.
Cuando llegamos a la junta, el venado ya estaba allí, rodeado. Habéis matado un venado inválido, nos decían. Cuatro tiros, las orejas y los bajos devorados, las patas rotas y embarradas, y tantas heridas y tarascadas sucias de rabia, hacían parecer antiguo un combate tan brutal como reciente.




4 de diciembre de 2014

De Valdelosdoblaos y El Risquillo


En Valdelosdoblaos, soñábamos, como decía ayer, con llegar tarde a la comida, pero no fue así. No hubo que rastrear, todo se quedó en su sitio, al tiro y en el mismo tiro. Y además nos tocó muy cerca de la casa, en el puente, el 4 de la Traviesa de la Pista; un puesto que, en agosto, no sabíamos donde colocar y que subimos, bajamos, resubimos y corrimos hacia el arroyo y contra el arroyo, eludiendo las copas de los chaparros y buscando ver bien un cerrete por donde luego no pasó una res. Allí estuvimos pataleando más rato que en ninguno sin saber, obviamente, que nos iba a tocar en suerte y que, gracias al último toque instintivo, acercándolo al carril, pudimos tirar lo que tiramos.
 
Se presentó escoltado y revuelto entre siete venados bonitos, de los que gusta matar, dicen. Pero éste superaba con diferencia ese nivel. Fue fácil distinguirlo entre los otros, porque sólo mostraban las cuernas y medio cuello al pararse, asombrados, cuando vieron el coche escondido en un matojón del camino. Y porque nos quedamos alelados, tuvo que ser alguien desde dentro quien nos dijo: si te esperas a verlo entero pasará lo de siempre, el grande desaparecerá y sólo saldrán de la hoya los otros siete. Y debió ser por eso por lo que le apuntamos a la oreja, sin ningún entretenimiento, en cuanto nos miró. Y allí se quedó, desmayado, de espaldas, bocarriba, sin enterarse, con los cuernos clavados en el barrillo del pasto.
 
Ya habíamos matado otro antes de los que gusta matar, dicen, de doce puntas y en su sitio, al otro lado del arroyo, y no nos habíamos acercado a verlo. Pero con éste no pudimos resistir la tentación y nos fuimos a él… y, quitándonos el sombrero, nos arrodillamos y… En fin, todo ese ritual que no hay más remedio que exagerar cuando se está solo en el puesto y que emociona tanto como avergüenza contarlo aquí.
 
Luego llegó el gamo que, al caer, casi nos tira un trípode que, como siempre, de nada nos sirvió. Y con él nos dijimos para adentro, ya no tiramos más. Y siendo el cupo de tres venados, dejamos correr a otros dos muy buenos y muy largos; a otros siete de los que gusta matar, dicen; y a otro ocho de los que gusta ver que te miran de reojo, que se aceleran, que se encogen, que aprietan los riñones, que torpean sólo unos segundos en el arranque y enseguida cogen un galope destartalado que da gloria ver con el rifle al hombro.
 
Y al día siguiente, nos fuimos al Risquillo con el Nono, que no es mala compaña para ningún sitio, pero mucho menos para este antiguo paraíso montero, tan leído. Nos tocó en la linde con Las Tapias, en un crecido jaral sobre el que vimos volar las cuernas de unos cincuenta venaos, de los que gusta matar. Aparcando el coche estaba Nono cuando fallé uno y maté otro. Pero esa es otra historia, que debería contar él, no vaya a ser que yo disfrute aquí tanto contándola como allí con él y, encima, se me enfade.

24 de noviembre de 2014

Entre Casablanca y Valdelosdoblaos


No existe la montería ideal, pero no hay que dejar de buscarla. Y, evidentemente, es preciso empezar por las personas. Algunos lo ignoran, lo demuestran cada día, menospreciando el tesoro que encarnan las que ya tienen, cubriendo bajas al salto, vendiendo puestos al volateo y, además, ignorando que son también personas las que están detrás de las fincas, de la guardería, de los perros, de los caterings y de todo lo demás.
 
Y aunque en casi todos los órdenes de la vida los contrarios son complementarios, en esto de la caza no puede haber nunca parte contraria. Nada merece la pena si no hay una persona detrás que sea de tus mismas yerbas y que sueñe, o persiga al menos, lo que tú.
 
No hay que decir más que no nos gustan los cercones, ni las granjas, ni los tiros al viso, ni las juntas donde nadie se conoce. No hace falta repetirlo más pero, ya puestos, hay que seguir concretando preferencias y tener claro que no queremos matar todos lo mismo. Hacer el cupo en serie y en todo lugar, no es la caza que queremos. Necesitamos días de vacío y ver que ha sido otro quien, en el puesto de al lado, ha matado el venado grande, o el cochino que no quiso llegar al tuyo porque le vino mal cruzar de un salto un regato miserable, o porque quiso, a última hora, darle la vuelta a un lentisco y, ya puesto, prefirió no sofrenarse y seguir recto, el maldita madre. 
 
En Casablanca, hemos ido aprendiendo a acertar con las personas. Somos los que somos, estamos lo que estamos y nos hemos mostrado tal cual somos. Aquí estamos, hemos dicho. Y la propiedad, y la guardería, no ha tenido más remedio que reconocernos y verse en nosotros mismos, que no queremos otra cosa que disfrutar la caza con las cartas bocarriba.
 
Se presenta, pues, Valdelosdoblaos, al otro lado de la linde, también con las cartas bocarriba. Y si hay que ver los venados y cochinos, solamente patas arriba, en el puesto de al lado; se recoge y se enfunda el rifle con la alegría de que tú también estabas allí, dispuesto a no tirar lo mismo que el de enfrente, porque el de enfrente no eres tú, ni tira como tú, ni siente como tú, pero es tu amigo.

Y si hay que comer, se come, y si hay que reír, se ríe. Y si hay que cazar, se caza. Y si hay que mentir, se miente. Pero, ay, el día que nos toque llegar tarde a la comida…
  

 





 

 

12 de noviembre de 2014

Esta noche, en otro formato


 
Carlos Illera, experto en locución y doblaje profesional, compañero montero, del Jándula y de Tradición, y mejor persona, me ha regalado su voz y este enlace para un relato que publiqué aquí hace algún tiempo: "Esta noche..."

 

3 de noviembre de 2014

Tinajones


Pasado Castellar, fue formándose la caravana y, poquito antes de llegar a Venta Nueva, divisando ya sus llanos querenciosos, cogimos el carril de Los Engarbos. Desde entonces, larga y amarilla, una nube de polvo fue atravesando la sierra y nos llevó a Tinajones.
 
El primer abrazo, como debe ser, al Presidente, porque sigue siéndolo, por derecho propio. Y el último al Tomy, también por derecho propio. Se portó bien, no obstante, espectacularmente con el desayuno y con la comida, y a regañadientes con su amistad. También supo ser, seguramente más por su hermano Luis que por él mismo, un magnífico vecino de puesto, gracias también a que habían sido marcados con varios cerros de por medio.
 
Mi compañero Vicente, tiró un venado a casi 400 metros y le rompió una mano. Cuesta arriba, empezó a cojear remontando en dirección a los Villenes. Quise desesperadamente impedírselo con varios tiros, uno de los cuales le destrozó un jamón, pero siguió remontando, peleó con los perros ya en el viso y se dejó caer hacia el puesto vecino. En lugar de acudir yo mismo al pleito, porque no estaba el horno para bollos, decidí más inteligentemente mandar al secretario con una etiqueta con mi nombre. El hombre volvió, muy serio y taciturno, con la etiqueta de Ferrón en la mano rogándome que tachara mi nombre del reverso porque uno de los dos hermanos le había dicho que con ese nombre no se marcaba el venado. Fue fácil sobreañadir en rotulador rojo: “Tomy, como suba, te enteras”. Y obviamente, el venado, aunque era de Vicente, apareció en la junta con mi nombre.
 
En cuanto al mío, se había descolgado una hora antes de lo alto del cerro de enfrente, con los perros detrás. La distancia era considerable y lo tiré a pulso, pero acusó el tiro y se metió en una mata. Ningún perro fue capaz de arrimarse. Al poco rato, salió por su propio pie y bajó hasta el río con un rosario de podencos ligeros, ninguno amastinao. Se metió en un chilanco donde empezó una pelea demasiado respetuosa por parte de los perros, a la que tuve que acudir. Lo dejé muerto dentro del agua y cuando, al término de la montería, fui luego a sacarlo y señalarlo, me estremeció algún tonto sentimiento ecologista al divisar el chilanco tinto de sangre y las ranas, rojas también, desde la orilla al sol saltando al agua.
 
No sé si será por las ganas que todos teníamos de vernos y de que salieran las cosas bien; pero, como nuestro puesto, la montería fue un éxito en todos los sentidos.
 
Se estaba necesitando, lo estábamos necesitando. Enhorabuena, amigos.