Yo tengo tres, uno tipo maletita, que es el general y del que saco lo necesario para llenar los
otros dos dependiendo si voy de montería o de perdices. No digo lo que llevo en
el general porque no quiero cachondeos.
En el de las perdices, yo sólo echo cartuchos y la
cantimplora. Y en el de montería, solamente las balas y el cuchillo. Por tanto,
no sé para qué quiero tantas cosas en el morral general.
En los trasvases a
los otros, con los nervios y las prisas, las mil cosas nunca salen del morral general. Allí dentro quedan, siempre enredadas a la bufanda, revueltas con el pasamontañas, el traje de agua, la hachuela, otro cuchillo, un paquetito de vendas, unas tijeras, las tiritas, algo parecido a una brújula, la gorra con orejeras, los papeles de la perra, los
míos, los sobres de puestos viejos, unos guantes de piel, varios de quirófano, los prismáticos, el colimador, la navaja, otra multiusos, dos
mecheros, la linterna, otra gorra, los caramelos, los chicles, unas pastillas
para las migas marca Almax, otra linterna de Hong-Kong que se reata a la frente, una fiambrera vacía, el termo y un tubito de
aguardiente; todo ello algo peguntoso porque no sé si es que no cierra
bien el bote del agua oxigenada o el del gel antibacterial desinfectante, que
debe estar ya caducado; todo ello enrollado, con nudos imposibles, a las tiras de plástico para marcar las reses;
y lo que es peor, lioteado al rollo de papel higiénico
que quiero recordar fue blanco alguna vez, como los kleenexs que antes olían a
rosas y hoy a aguardiente, obviamente Castillo de Jaén.
Nada sirve para nada, pero gusta saber que tienes… ¡un buen
equipo! Y que está allí, en el maletero, a la sombra, sin faltas ni sobras, sin
uso desde hace años pero siempre dispuesto.
El morral de las perdices yo nunca me lo cuelgo, que para pegar bien los tiros hay que tener los hombros muy sueltos. Lo que hago es meter treinta cartuchos en los bolsillos del chaleco; y echar a andar, porque lo tuyo es andar, con la vista al frente y sin más tonterías que
las que la mente proyecta hacia delante y a los lados, a la distancia justa en
que la perdiz se arranca. Andando nunca echo nada de menos. Y en el puesto tampoco, si
acaso alguna vez el mechero o un pictolín, pero muerdes la hoja de un chaparro
y se te quitan las ganas.
Nunca tuve que volver al coche, pero si hay que volver se vuelve porque allí debe estar todo, por si se estrena algún día. Nada se olvida cuando se necesita tan poco. No obstante, sí fui testigo un día que íbamos de torcaces, de cómo al bajarnos del
coche e indicarle a mi compañero la encina en que debía de ponerse, se fue
hacia ella casi al trote, bien pertrechado, con su abultada mochila a la espalda, cargadita de
cartuchos… Y al no ver lo esencial, le pregunté por ella… Se miró el hombro y las dos
manos, mientras yo, por si acaso, registraba el maletero. Y en eso estaba cuando se me acercó por la espalda y me dijo compungido: No te canses, no la busques, me la he
dejado en Jaén. Ponte tú, que yo, desde aquí mismo, te iré avisando las palomas.
Es así la amistad, magnánima, desinteresada y pura. Como
aquel amanecer, desternillante, viéndole desde mi encina silbarme las torcaces... Y en los tiros, me temblaba el pulso con la risa.
Bien bien! ya vamos cogiendo ambiente
ResponderSuprimir¿de que marca es el gel antibacterial desinfectante por favor?
ResponderSuprimirEso no es un morral es el baúl de la Piquer.
ResponderSuprimirComenzamos con el segundo libro, pero que conste, que siempre le toca cargar los bártulos (mochila, catre, escopeta, rifle, etc.)al mismo, pero se hace con gusto.
ResponderSuprimirYa estoy que no duermo.
Me he levantado esta mañana a las 7, con la sana intención de acabar de una santa vez la mudanza, y el lógico cabreo de un Sábado sin monterías. Gracias a Dios, después de subir un mueble, y antes de empezar a subir libros (ardua tarea que seguro aumentaría el cabreo), he tenido la feliz idea de encender el cacharro y repasar los blogs de mis amigos.
ResponderSuprimirEl Tirantes, al que creía retirado después de su primer éxito literario, despierta de su letargo y nos regala hoy un fantástico remedio anticabreo. Me ha recordado que ya quedan muy pocos días para ver ese morral en mi coche y me ha hecho reir.
Gracias por la de hoy letrado.
(Pero aún me debes una por la de ayer...)
Pdta.: Este comentario es del Sábado, pero el ordenador no me dejaba publicarlo. Parece que ya está solucionado.
¡Bueno! ya empezamos,dia ocho en Venta Nueva,casi "na".
ResponderSuprimirJuanu creo que tú naciste con un color de piel, en un país equivocado, tu tenias que haber nacido en África.
ResponderSuprimirVenga que me tienes en ascuas, mañana te llamo y me cuentas.
ResponderSuprimirLoco ¿que Venta Nueva? ¿la que tú y yo sabemos o es otra?
ResponderSuprimirEn Venta Nueva, entrando a la derecha, hay un charco donde es posible que haya un par de sapos.
ResponderSuprimirUna delicia el libro, Pepe.
ResponderSuprimirIrónico, tierno, sentimental, íntimo ...y de un cazador, de menor y mayor. Te sientes identificado en muchos de los relatos y vivencias que describe a la perfección.
En la foto que abre el blog, detrás de PAM, del Villar, aparece otra despejada y oronda cabeza, que no es del recién conocido primo Rafa, de Carboneros, sino de otro villarengo que se deja ver poco por aquí.
Y al fondo, el primo marteño.
Gracias Paco, ya veo que hay que provocarte con fotos para que participes. He tenido que cambiarla por la del tiaco ese de Andújar, por su actualidad y para demostrar lo efectivo que son los tirantes que me pidió en secreto.
ResponderSuprimirNono: Mándamelos por Seur que los necesito el domingo.
Siento decepcionarte Jmor, pero los que tú me mandaste no me los pude poner, me quedaban algo cortos. Tuve que sustituirlos por la correa de los prismáticos. Pero no te preocupes que ya van para allá y te prometo que no he atendido a ninguna de las peticiones que he recibido para prestarlos, aunque algunas eran bastante suculentas (cinegéticamente hablando).
ResponderSuprimirNONO.
Impactante foto de cabecera.
ResponderSuprimirYa esta el maestro dando lecciones de azorero. No esta mal ese torrzuelo con ese conejillo.
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