27 de junio de 2016

Navailusión



Conocida durante algún tiempo como el Coto de los Calderones, el nombre pasó pronto al olvido en beneficio del primitivo, más exótico y misterioso, de Nava el Sach, cuyo origen dejó de intrigarnos al saber que sus primeros propietarios conocidos fueron navieros catalanes, los hermanos López y López.

En 1871, la vendieron a don Carlos Calderón y Vasco, general carlista a quien parece ser que las continuas refriegas e inseguridades de la época le impedían disfrutarla como quería. En 1876 acabó la guerra fratricida y, en cuanto regresó de su exilio francés, pudo conocer la finca. Debió ser entonces cuando comprendió realmente de qué clase de paraíso era dueño.

Don Carlos construyó la casa en 1882, pero falleció en 1891. La finca la heredó, primero, su sobrina doña Carolina, casada con el conde de Campogiro; y de ésta, su hija doña Carmen López de Ceballos, casada con don Jacobo Mazzuchelli, que fue a quién más se le empezó a ver por las inseguras lindes de entonces, espantando furtivos y bandoleros; para, en cuanto pudo, empezar a arrendarla a sociedades de monteros.

Todo esto lo sabemos por D. Luis García-Sánchez Berbel, en cuyo delicioso libro, “El Centenillo: un pueblo andaluz y minero”, cita las crónicas del catalán D. Manuel Saurí sobre las frecuentes visitas del rey Don Alfonso XII; visitas éstas que no le extrañan, dice, por ser ya entonces la finca más importante y privilegiada de Sierra Morena, pero sí que se atreviera a hacerlo precisamente cuando era propiedad de don Carlos Calderón; quien, en cuanto acérrimo defensor de la causa de don Carlos de Borbón, debía considerarlo usurpador del poder. Le sorprende por ello tanta invitación y que el rey aceptara montear tan amigablemente con Calderón en las apretadas soledades de Nava el Sach. Cosas de la caza.

Del otro don Alfonso, penúltimo dueño, auténtico creador de Nava el Sach y su leyenda, don Alfonso de Urquijo y Landecho; hablaremos otro día, cuando remita la ilusión que, además del nombre, también le debemos los serreños.

La inversión en ilusión no tiene efectos palpables en la cuenta de resultados. Con ilusión o sin ella, la renta al final siempre es la misma. En realidad, la  ilusión no existe más que en tu mente. Debe ser sólo oxígeno que va y viene del cerebro al corazón. Te duermes, se te olvida, te despiertas, te acuerdas y comienza de nuevo el bombeo que riega, inunda, se derrama por dentro y vivifica.

La ilusión no sirve para nada. Crece, eso sí, dentro de ti, pero no sirve más que para vivir... un día detrás del otro.

La desilusión dura dos días, o como mucho tres, justo lo que tarda en llegar otra ilusión nutriente que, sin embargo, sí puede durar varios días, incluso meses. En nuestro caso, hemos consumido ya unos cuantos y sólo nos quedan seis.

La diferencia queda dicha, la diferencia es vivir.


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